martes, 1 de marzo de 2011

Dios lo ha querido.

Esta frase la he escuchado por radio con motivo de la muerte reciente de un personaje público y también en multitud de entierros a los que he asistido. Parece que creyentes y no creyentes, en aquella hora en que se ha decir alguna cosa a la familia o a los amigos del difunto, esta apelación a la voluntad de Dios es la palabra más apropiada. Expresa resignación e invita a la familia a conformarse. “Es la voluntad de Dios” quiere decir: ya no hay nada que hacer. Resignaos.

Cada vez que la oigo siento que hay algo en mi que se rebela. No la puedo aceptar ni soportar, esta frase, en este contexto. Primero, porque muy a menudo no es otra cosa que una frase estereotipada en boca de aquellos que no tienen nada que decir y se resisten a permanecer callados, como hicieron al principio los amigos de Job. Se sienten obligados a dar algún tipo de consuelo y quizás piensan que esta apelación a la voluntad de Dios es lo que se ha de hacer. En seguido lugar, porque no creo que sea la voluntad de Dios. No me puedo tragar la imagen de un Dios que juega a matar: ahora éste en un accidente, ahora el otro con una enfermedad, y el otro con un tiro en la sien. No puedo aceptar de ninguna manera que todo lo que pasa en el mundo lo hayamos de atribuir a la voluntad de Dios. No y no. Creo que la mayoría de las cosas que pasan en el mundo están totalmente en contra de la voluntad de Dios y El no las quiere. Dios no quiere la muerte de Labordeta, ni de las víctimas de los atentados terroristas, ni las de los accidentes de circulación, ni de las luchas fratricidas en el Medio Oriente, para citar sólo unos ejemplos actuales. Dios no quiere la enfermedad ni la muerte, ni el dolor ni la desgracia. “Yo he venido –nos dirá Cristo- para que tengan vida y la tengan en abundancia”. Invocar la voluntad de Dios para explicar la desgracia, el dolor y la muerte es una blasfemia indigna de ser repetida y, mucho menos por cristianos que conocen al Dios y Padre de Jesús.

Se nos dirá: ¿No pasa todo porque Dios quiere? ¿No es El la razón última de todo? ¿No es el responsable? Es cierto que nunca tenemos todas las respuestas, pero si consultamos una concordancia bíblica y buscamos los textos que hablan de la voluntad de Dios, veremos hasta que punto lo que Dios quiere es la vida y la salvación. “Dios no quiere la muerte del hombre, sino que se arrepienta y viva” (Ez 18,32)

La vida es la vida. Tal como es, con todas sus miserias y tragedias. Vivimos una vida imperfecta, maltratada y deteriorada por el pecado, una vida que tiene poco que ver con el proyecto inicial de Dios: “El universo –nos dirá Pablo- está sometido al fracaso, no voluntariamente, sino porque alguien lo ha sometido, pero mantiene la esperanza que también él será liberado de la esclavitud de la corrupción y obtendrá la libertad y la gloria de los hijos de Dios. Sabemos que hasta ahora todo el universo creado gime y sufre dolores de parto…” (Ro 8,20-21). No podemos atribuir esta imperfección de la vida a la voluntad de Dios, como si Dios quisiera que fuera así. La volunta de Dios es la redención y la salvación de los hombres.

Es evidente que en este presente que estamos viviendo hay una voluntad permisiva de Dios. Dios tolera este mundo que se ha declarado independiente y se ha apartado de sus caminos. Dios no fuerza al hombre a ser bueno. Dios no vulnera nuestra voluntad. En Romanos (3,25) Pablo nos habla de la paciencia de Dios, de su tolerancia con lo que pasa en el mundo y de su volunta de salvarnos.

Hay todavía otra frase que escuchamos muy a menudo, cuando damos testimonio de la obra de Dios. Dice: Si Dios es tan poderoso, ¿por qué no lo resuelve todo? Y es notable que lo digamos nosotros, los hombres y las mujeres tan celosos de nuestras libertades, los que no queremos que nadie nos obligue. Que si se nos dijera que deberíamos ser polichinelas manejadas por Dios, sólo capaces de hacer lo que Dios quiere, pondríamos el grito en el cielo. No hay derecho, diríamos. ¡No somos libres! ¡No somos personas! Y tendríamos razón. Quizás dejaríamos entonces de sufrir, pero también dejaríamos de ser seres responsables.

Si alguna vez habéis de acompañar a una familia que ha sufrido un pérdida dolorosa, no recurráis a frase hechas, que no dicen nada. Es mejor callar que dar falsas respuestas. El consuelo a la familia será la compañía, estar a su lado, compartir el dolor. Mudos ante el misterio de la muerte y del sufrimiento. Sólo invitarlos a mirar hacia arriba, a remontar la vida, a buscar el objetivo final, a encontrar a Dios,

Enric Capó

No hay comentarios:

Publicar un comentario