miércoles, 27 de enero de 2010

Los pobres de espíritu.

Mt. 5:3
Domingo 31.01.10

Creemos que es la propia Escritura la que nos ayuda a traducir las Escrituras. Creemos que en el AT podemos encontrar las herramientas necesarias para interpretar las bienaventuranzas.

Habitualmente cuando decimos que alguien es pobre pensamos inmediatamente en que no tiene recursos materiales. P. e. los haitianos son pobres. Pero con alguna gradualidad, dado que el pobre no encontraba otro refugio que en Dios, la pobreza comenzó a tener implicaciones espirituales y a significar depender con humildad de Dios. Cuando en el libro de los Salmos se nos hace referencia al pobre que clama a Dios y que es incapaz de librarse por sí mismo y que por tanto busca en Dios la salvación se nos está describiendo un estado de pobreza espiritual.

Por tanto ser pobre en espíritu es reconocer nuestra pobreza espiritual, nuestra bancarrota espiritual delante de Dios. Ser pobre en espíritu es aceptar la idea de que somos pecadores y el juicio de Dios está delante de nosotros. Somos personas que no tenemos nada que ofrecer, nada que abogar, nada con lo cual podamos comprar el favor de Dios.

La oración del publicano en el templo, que Jesús nos narra como una parábola: Dios sé propicio a mí que soy pecador…es el idioma del pobre en espíritu. Decía Calvino: Quién se reduce a sí mismo a nada, y descansa en la gracia de Dios, es un pobre en espíritu. Pero esto, claro, es un mensaje políticamente incorrecto en nuestra cultura. Tenemos que pensar que somos algo porque tenemos cosas.

La bienaventuranza de esta mañana nos dice que a tales personas el reino de Dios les será otorgado. Y es que el reino de Dios que ofrece salvación es un regalo que recibimos gratis sin merecerlo. Y este tipo de regalo tiene que recibirse con humildad. No como algo que nos hemos ganado.

Es muy sintomático que Jesús inicié su discurso sobre el Reino de Dios hablando precisamente sobre los pobres en espíritu, contradiciendo a los juicios humanos de su época y a las expectativas nacionalistas del Reino de Dios.

La Palabra nos dice que el Reino les será dado a los pobres, no a los ricos. A los débiles, no a los poderosos. A los niños pequeños que aceptan las cosas con humildad, no a los soldados que se jactan de poder alcanzarlo con la fuerza. En los días de Jesús no entraron al Reino los fariseos que se creían puros y merecedores de la gracia de Dios, ni los zelotes que anhelaban imponer sus ideas políticas mediante la fuerza y la sangre; sino los publicanos y las prostitutas. Esta gente cómo no tenían nada que ofrecer a Dios le clamaron por misericordia y El les oyó.

Quizás un ejemplo escritural de lo que les expongo lo encontramos en el libro del Apocalipsis. Allí encontramos unas cartas dirigidas a algunas iglesias del Asia Menor, lo que hoy es Turquía y Grecia. Si leemos la que está dirigida a Laodicea, en Ap. 3: 17 encontramos lo siguiente:

Porque tú dices: Yo soy rico, y me he enriquecido, y de ninguna cosa tengo necesidad; y no sabes que tú eres un desventurado, miserable, pobre, ciego y desnudo.

Esta iglesia visible, bien organizada, cristiana según sus fundadores en verdad no era cristiana en nada. Estaba autosatisfecha y era superficial. Sus miembros eran mendigos, ciegos y desnudos; según Jesús. Pero la tragedia de la iglesia de Laodicea, era que ellos no lo aceptaban ni se veían así. La iglesia de Laodicea se veía rica, no pobre, en espíritu.

En nuestros días, la condición única para recibir el Reino de Dios es reconocer nuestra pobreza espiritual. Y es que Dios sigue enviando a la gente rica a sus casas vacíos. Sin nada en las manos ni en el corazón.

Y es que la única manera de levantarnos hacia el Reino, de tocar al cielo, de elevarnos hacia donde Dios está es hundiéndonos en nosotros mismos.

Amén.

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