jueves, 14 de octubre de 2010

Estoy enfermo, pero no maldito.

A los dos años de la primera quimioterapía por cáncer de estómago el médico me dá la noticia que hay metástasis. Que la enfermedad avanza ahora en los pulmones. Cuando los procesos se aceleran y el tiempo se acorta, se aprovechan horas de dormir sin sueño para pensar y reflexionar.
Primeramente quiero decir que en un mundo enfermo no es fácil estar sano. También quiero decir que el cáncer es una enfermedad, pero no es una maldición. Muchas personas se curan y con los años será una enfermedad crónica como otras. Así que no hay que temer a decir la palabra cáncer.
En mi caso ha sido un reto. Una especie de lucha para mirar hacia el futuro. Ya sé que es una lección dura; pero peor sería estar enfermo y no haber aprendido nada de la vida. Sería como haber perdido el tiempo. La primera cosa que he aprendido es a ser agradecido. Así que doy gracias a Dios por mostrarme la otra cara de mi humanidad: la de la enfermedad.
Mucha gente no sabe que he llevado una vida díficil, peleona, tensa, polémica. De hecho no me he reservado nada para mí y siempre me fui a la cama cansado. Si de algún pecado he de arrepentirme ahora es el de haber intentado imponer mis criterios y visión de la vida a los demás. Así que también he aprendido a pedir perdón a todos aquellos a quienes cause mal por mi actitud.
He aprendido que una cosa es evangelizar y otra religiosizar. Así que le pediría a la Iglesia, con humildad, que retome el evangelio, que lo vuelva a leer; porque sin duda alguna en algo nos hemos equivocado.
He aprendido a que soy frágil. A que soy débil. Y que no hay error en confesarlo. Que también los pastores nos enfermamos y morimos como las ovejas. Pero es en medio de este estado de agotamiento físico que Dios se hace patente. En los amigos, en la familia, en los desconocidos, en todos estos he visto la mano de Dios y la sombra de su compañía. Cuando tienes personas tan válidas así, entonces despedirse es más soportable.
Y por último he aprendido que no vale la pena quejarme tanto de mi suerte y sí mirar mi experiencia en este mundo como un regalo. Que ya solo aspiro a estar unido a Dios. Que esto y no otra cosa es la salvación que nos habían prometido.
Cuando hableís de mí o me recordeís no lo hagaís como alguien que ha muerto, sino como alguien que ha hecho un viaje con fe.
Les abrazo.

Jesús Santamaría.

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