miércoles, 9 de diciembre de 2009
Foto de familia
El domingo 6 de Diciembre se procedió a realizar la foto de familia de la Iglesia una vez finalizada la Celebración dominical.
La posesiones y dineros de las iglesias, patrimonio de los pobres (2). El salario de los pastores
Los pastores y pastoras no cobran grandes sueldos por su trabajo. Esa es la verdad. Y lo afirmo a pesar de la dificultad de no conocer el sueldo medio de un pastor evangélico en nuestro país, no existen estudios al respecto. Sólo conozco con certeza lo que cobra el que aquí escribe. Por otra parte, bien es verdad que la mayoría de las iglesias evangélicas estipularán el sueldo de su pastor en base a su membresía y a las cualificaciones del pastor seleccionado. Un pastor cobrará una cantidad, mientras otro recibirá otra. La desigualdad económica se ha hecho un hueco en el espacio ministerial evangélico. Cosas del libre mercado... Pero eso es harina de otro costal.
En primer lugar, me gustaría decir que, en mi opinión, la tarea ministerial tiene que ver con vocación y no con remuneración. Mal empieza el que se plantea el ministerio cristiano con criterios económicos. Calvino tiene mucho que enseñarnos al respecto. Ya hemos escrito sobre el “principio de las cuatro partes”. Decíamos, en la anterior entrega , que el 50% por cierto de las rentas y los dineros de la Iglesia deberían ir directamente a solventar las situaciones de pobreza y necesidad, mientras que sólo -pensarán algunos- un 25% se destinaba al sueldo del ministro eclesiástico.
Calvino escribe que los “antiguos” ponían mucho cuidado en que “los ministros, que deben servir de ejemplo a los demás de sobriedad y templanza, no tuviesen salarios excesivos de los cuales pudieran abusar para lujo y delicadezas, sino que simplemente proveyesen a sus necesidades” (IRC, IV,IV,6). Más adelante escribe el reformador que “si alguno comenzaba a excederse y se pasaba de la raya en la abundancia, la suntuosidad y la pompa, al momento era amonestado” por sus colegas, “y si no se corregía era depuesto” de su ministerio pastoral (IRC, IV,IV,7).
¡Cómo han cambiado los tiempos! Desde mis inicios en el camino de Jesús de Nazaret, siempre me sorprendió -y me sigue sorprendiendo- la imagen de algunos “ministros eclesiásticos” que, más que parecer seguidores de Jesús de Nazaret, se asemejan a hombres de éxito, cuasi ejecutivos de alto standing, auténticos figurines...
Los pastores y pastoras del pueblo de Dios debemos tener en cuenta que las posesiones y los dineros de la Iglesia son patrimonio de los pobres y ello debe iluminar nuestros apetitos económicos y estilos de vida. Me explicaré, el sueldo de los pastores subirá en estrecha relación a lo que ascienda el 50% de lo que, según el principio de las cuatro partes, corresponde a los pobres. Más claro todavía, si una iglesia quiere pagar a su pastor o pastora, por poner una cantidad redonda, mil euros brutos debe considerar que para combatir la pobreza debería dedicar dos mil euros. Os aseguro que, de ser así, las iglesias cambiarían su rostro y mostrarían, sin necesidad de discursos, que están -junto a sus pastores- al lado de los pobres.
Concluyo con el recuerdo de lo que enseñaba a mis estudiantes de teología: la situación de los levitas, en el texto canónico, estaba unida de forma indisoluble al destino y situación de los pobres del pueblo de Dios. Vienen a mi memoria dos versículos del libro de Deuteronomio en el que aparecen los levitas (¿pastores del pueblo de Dios?) insertos en el grupo de los extranjeros, huérfanos y viudas (Deut. 26:12,13). Lo que, en mi opinión, implica que su destino estaba ligado a los que podríamos calificar como grupos en peligro de exclusión social. Si el pueblo de Dios era pobre, los levitas eran pobres. Si los levitas eran pobres, el pueblo de Dios era pobre. Si los levitas era “ricos”, y el pueblo de Dios era pobre, algo no funcionaba. Y viceversa.
Uno de los puntos por los que pasa la renovación de la Iglesia, sin duda, tiene que ver con el aspecto económico y especialmente con la opción que pastores y pastoras, en compañía del pueblo de Dios, hagan por los pobres “ad intra” y “ad extra”.
Ignacio Simal
En primer lugar, me gustaría decir que, en mi opinión, la tarea ministerial tiene que ver con vocación y no con remuneración. Mal empieza el que se plantea el ministerio cristiano con criterios económicos. Calvino tiene mucho que enseñarnos al respecto. Ya hemos escrito sobre el “principio de las cuatro partes”. Decíamos, en la anterior entrega , que el 50% por cierto de las rentas y los dineros de la Iglesia deberían ir directamente a solventar las situaciones de pobreza y necesidad, mientras que sólo -pensarán algunos- un 25% se destinaba al sueldo del ministro eclesiástico.
Calvino escribe que los “antiguos” ponían mucho cuidado en que “los ministros, que deben servir de ejemplo a los demás de sobriedad y templanza, no tuviesen salarios excesivos de los cuales pudieran abusar para lujo y delicadezas, sino que simplemente proveyesen a sus necesidades” (IRC, IV,IV,6). Más adelante escribe el reformador que “si alguno comenzaba a excederse y se pasaba de la raya en la abundancia, la suntuosidad y la pompa, al momento era amonestado” por sus colegas, “y si no se corregía era depuesto” de su ministerio pastoral (IRC, IV,IV,7).
¡Cómo han cambiado los tiempos! Desde mis inicios en el camino de Jesús de Nazaret, siempre me sorprendió -y me sigue sorprendiendo- la imagen de algunos “ministros eclesiásticos” que, más que parecer seguidores de Jesús de Nazaret, se asemejan a hombres de éxito, cuasi ejecutivos de alto standing, auténticos figurines...
Los pastores y pastoras del pueblo de Dios debemos tener en cuenta que las posesiones y los dineros de la Iglesia son patrimonio de los pobres y ello debe iluminar nuestros apetitos económicos y estilos de vida. Me explicaré, el sueldo de los pastores subirá en estrecha relación a lo que ascienda el 50% de lo que, según el principio de las cuatro partes, corresponde a los pobres. Más claro todavía, si una iglesia quiere pagar a su pastor o pastora, por poner una cantidad redonda, mil euros brutos debe considerar que para combatir la pobreza debería dedicar dos mil euros. Os aseguro que, de ser así, las iglesias cambiarían su rostro y mostrarían, sin necesidad de discursos, que están -junto a sus pastores- al lado de los pobres.
Concluyo con el recuerdo de lo que enseñaba a mis estudiantes de teología: la situación de los levitas, en el texto canónico, estaba unida de forma indisoluble al destino y situación de los pobres del pueblo de Dios. Vienen a mi memoria dos versículos del libro de Deuteronomio en el que aparecen los levitas (¿pastores del pueblo de Dios?) insertos en el grupo de los extranjeros, huérfanos y viudas (Deut. 26:12,13). Lo que, en mi opinión, implica que su destino estaba ligado a los que podríamos calificar como grupos en peligro de exclusión social. Si el pueblo de Dios era pobre, los levitas eran pobres. Si los levitas eran pobres, el pueblo de Dios era pobre. Si los levitas era “ricos”, y el pueblo de Dios era pobre, algo no funcionaba. Y viceversa.
Uno de los puntos por los que pasa la renovación de la Iglesia, sin duda, tiene que ver con el aspecto económico y especialmente con la opción que pastores y pastoras, en compañía del pueblo de Dios, hagan por los pobres “ad intra” y “ad extra”.
Ignacio Simal
jueves, 3 de diciembre de 2009
El principio de las cuatro partes. I
Estamos finalizando 2009. Las iglesias e instituciones cristianas ya llevan tiempo trabajando en la tarea de preparar sus presupuestos. Es, pues, un buen momento para hablar de dinero.
Algunos, espero que los menos, pensarán al leer el título de mi columna que ha salido de un teólogo de la liberación o de un pertinaz izquierdista. Nada más lejos de la realidad. Fue Calvino, el reformador de origen francés, que en su deseo de regresar a las fuentes del cristianismo escribió: “Los obispos antiguos han formulado muchos cánones y reglas con los cuales les parecía que exponían las cosas más por extenso de lo que están en la Escritura, sin embargo acomodaron toda su disciplina a la regla de la Palabra de Dios, de tal modo que se puede ver fácilmente que no ordenaron nada contrario a aquella” (IRC, IV, capítulo IV, 1). De ahí que dijera, en concordancia con esos cánones, “que todo cuanto la Iglesia tenía en posesiones, o en dinero, era patrimonio de los pobres” (IRC, IV, IV,6).
Nuestro reformador recupera para nosotros, cristianos del siglo XXI, la forma en que “los antiguos” diseñaban las líneas generales de su presupuesto económico. Reconocían la necesidad de sostener a sus pastores, de mantener sus “templos”, pero sobre todo tenían la convicción de que el centro de todo su presupuesto debía tener unos protagonistas principales: los pobres y los extranjeros.
Escribe Calvino que en la antigüedad se distribuía “la renta de la Iglesia en cuatro partes: la primera para los ministros; la segunda, para los pobres; la tercera, para reparación de las iglesias y cosas similares; y la cuarta para los extranjeros y pobres accidentales”. Cualquier lector, o lectora, adivinará que el 50% de las posesiones y los dineros de la Iglesia iban destinadas íntegramente a los desposeídos y necesitados. ¿Alguien imagina una iglesia que destine el 50% de su presupuesto a combatir la pobreza “ad intra” y “ad extra”..?
Y ahí está el meollo de la cuestión. No conozco iglesias, ni instituciones -esas que denominamos, infelizmente, “para-eclesiales”, que destinen la mitad de su presupuesto a proyectos que logren que los pobres y excluidos dejen de serlo.
Tal vez, en el inicio del calendario cristiano (tiempo de adviento), las iglesias, y sus instituciones, deben comenzar a caminar por senderos nuevos, distintos a los acostumbrados. Senderos que hablen, en voz más que alta, de solidaridad y compromiso con la realidad de la pobreza y la exclusión social.
¿Qué sucedería si el 50% de nuestros presupuestos fueran destinados a luchar contra la pobreza..? Posiblemente, y ante la respuesta a esa pregunta, comprobaremos que el patrimonio de los pobres, al contrario de lo que nos sugiere Calvino, son las migajas que caen de la mesa de nuestras iglesias. Ellos son actores secundarios en nuestros presupuestos eclesiales. ¡Lástima!
Ignacio Simal
Algunos, espero que los menos, pensarán al leer el título de mi columna que ha salido de un teólogo de la liberación o de un pertinaz izquierdista. Nada más lejos de la realidad. Fue Calvino, el reformador de origen francés, que en su deseo de regresar a las fuentes del cristianismo escribió: “Los obispos antiguos han formulado muchos cánones y reglas con los cuales les parecía que exponían las cosas más por extenso de lo que están en la Escritura, sin embargo acomodaron toda su disciplina a la regla de la Palabra de Dios, de tal modo que se puede ver fácilmente que no ordenaron nada contrario a aquella” (IRC, IV, capítulo IV, 1). De ahí que dijera, en concordancia con esos cánones, “que todo cuanto la Iglesia tenía en posesiones, o en dinero, era patrimonio de los pobres” (IRC, IV, IV,6).
Nuestro reformador recupera para nosotros, cristianos del siglo XXI, la forma en que “los antiguos” diseñaban las líneas generales de su presupuesto económico. Reconocían la necesidad de sostener a sus pastores, de mantener sus “templos”, pero sobre todo tenían la convicción de que el centro de todo su presupuesto debía tener unos protagonistas principales: los pobres y los extranjeros.
Escribe Calvino que en la antigüedad se distribuía “la renta de la Iglesia en cuatro partes: la primera para los ministros; la segunda, para los pobres; la tercera, para reparación de las iglesias y cosas similares; y la cuarta para los extranjeros y pobres accidentales”. Cualquier lector, o lectora, adivinará que el 50% de las posesiones y los dineros de la Iglesia iban destinadas íntegramente a los desposeídos y necesitados. ¿Alguien imagina una iglesia que destine el 50% de su presupuesto a combatir la pobreza “ad intra” y “ad extra”..?
Y ahí está el meollo de la cuestión. No conozco iglesias, ni instituciones -esas que denominamos, infelizmente, “para-eclesiales”, que destinen la mitad de su presupuesto a proyectos que logren que los pobres y excluidos dejen de serlo.
Tal vez, en el inicio del calendario cristiano (tiempo de adviento), las iglesias, y sus instituciones, deben comenzar a caminar por senderos nuevos, distintos a los acostumbrados. Senderos que hablen, en voz más que alta, de solidaridad y compromiso con la realidad de la pobreza y la exclusión social.
¿Qué sucedería si el 50% de nuestros presupuestos fueran destinados a luchar contra la pobreza..? Posiblemente, y ante la respuesta a esa pregunta, comprobaremos que el patrimonio de los pobres, al contrario de lo que nos sugiere Calvino, son las migajas que caen de la mesa de nuestras iglesias. Ellos son actores secundarios en nuestros presupuestos eclesiales. ¡Lástima!
Ignacio Simal
Se hace camino al andar.
2º Domingo de Adviento.
Tengo algunos recuerdos de mi infancia que en estos días han vuelto. Recuerdo cuando salíamos de viaje hacía la costa sur en las vacaciones que la carretera entre las montañas me parecía infinita. Que nunca se acababa. Que nunca llegaríamos al final. Siempre la carretera. Siempre la carretera. Yo quería ver el mar, pero el mar demoraba en verse en el horizonte.
Les invito a que veamos lo que nos cuenta Lucas 3: 1-6:
1En el año quincea del gobierno del emperador Tiberio, Poncio Pilato era gobernador de Judea, Herodes gobernaba en Galilea, su hermano Filipo gobernaba en Iturea y Traconítide, y Lisanias gobernaba en Abilene. 2 Anás y Caifás eran los sumos sacerdotes. Por aquel tiempo habló Dios en el desierto a Juan, el hijo de Zacarías, 3 y Juan pasó por toda la región del río Jordán diciendo a la gente que debían convertirse a Dios y ser bautizados,i para que Dios les perdonara sus pecados. 4 Esto sucedió como el profeta Isaías había escrito:
“Se oye la voz de alguien que grita en el desierto: ¡Preparad el camino del Señor;
abridle un camino recto! 5 Todo valle será rellenado, todo monte y colina será nivelado, los caminos torcidos serán enderezados y allanados los caminos escabrosos.
6 Todo el mundo verá la salvación que Dios envía.
Este es el texto indicado para esta mañana y me recuerda que, a veces, nosotros somos como los que hacen un viaje, no nos importa el paisaje, sino llegar. Nos impacienta la demora, queremos ver el final ya.
Vivimos días agitados. Andamos en estos días sin esperarnos unos a otros y luego nos quejamos de que vamos solos. Incluso nos quejamos de que no encontramos a Dios. ¿Será que Dios se ha enfadado con nosotros?
Tenemos algunas certezas teológicas. Una de ellas es la sensación de que creemos que Dios anda siempre escondido. Que se esconde de nosotros. Pero no, no está escondido. Lo que pasa es que no sabemos donde encontrarlo. Y la realidad es que Dios no está donde nosotros quisiéramos que estuviera.
Según las Escrituras Dios se manifiesta donde quiere y cuando él quiera. Acudirá a nuestro encuentro pero no de la forma que nosotros deseamos, no de la forma que nosotros queremos oírle. Dios está en el nuestro mundo, en nuestra historia personal y sólo ahí, en el mundo y en la historia, lo vamos a encontrar.
Y para encontrarle debemos andar el camino de nuestra vida pero no de forma repetitiva ni de manera solitaria. Los caminos se hacen andando. Y en los caminos nos tropezamos con gentes. En los caminos podemos facilitar que la gente se encuentre con Dios.
Ya no somos niños, aunque haya días que nos comportamos como ellos. Nosotros esperamos con ilusión y esperanza. Eso es también Adviento.
Nuestra vida está llena de niños- Algunos son pequeños y otros son grandes. Pero todos necesitan de nuestro cuidado. A veces somos nosotros esos niños que requieren que nos quieran y nos cuiden, porque estamos perdidos. Por mucho que algunos se empeñen en decirnos malos augurios, el amor siempre es posible. Nuestra vida está relaciona con la manera que pensamos y decidimos. Si has decidido pensar que la gente te engaña, entonces todos a tu alrededor serán engañadores. Si crees que el camino es duro antes de salir de casa, pues lo será y nadie podrá demostrarte lo contrario. No hay peor ciego que el que no quiere ver.
El mensaje paulino de adviento es: cambia tu manera de pensar, para que cambie tu manera de vivir.
Tengan paz.
Tengo algunos recuerdos de mi infancia que en estos días han vuelto. Recuerdo cuando salíamos de viaje hacía la costa sur en las vacaciones que la carretera entre las montañas me parecía infinita. Que nunca se acababa. Que nunca llegaríamos al final. Siempre la carretera. Siempre la carretera. Yo quería ver el mar, pero el mar demoraba en verse en el horizonte.
Les invito a que veamos lo que nos cuenta Lucas 3: 1-6:
1En el año quincea del gobierno del emperador Tiberio, Poncio Pilato era gobernador de Judea, Herodes gobernaba en Galilea, su hermano Filipo gobernaba en Iturea y Traconítide, y Lisanias gobernaba en Abilene. 2 Anás y Caifás eran los sumos sacerdotes. Por aquel tiempo habló Dios en el desierto a Juan, el hijo de Zacarías, 3 y Juan pasó por toda la región del río Jordán diciendo a la gente que debían convertirse a Dios y ser bautizados,i para que Dios les perdonara sus pecados. 4 Esto sucedió como el profeta Isaías había escrito:
“Se oye la voz de alguien que grita en el desierto: ¡Preparad el camino del Señor;
abridle un camino recto! 5 Todo valle será rellenado, todo monte y colina será nivelado, los caminos torcidos serán enderezados y allanados los caminos escabrosos.
6 Todo el mundo verá la salvación que Dios envía.
Este es el texto indicado para esta mañana y me recuerda que, a veces, nosotros somos como los que hacen un viaje, no nos importa el paisaje, sino llegar. Nos impacienta la demora, queremos ver el final ya.
Vivimos días agitados. Andamos en estos días sin esperarnos unos a otros y luego nos quejamos de que vamos solos. Incluso nos quejamos de que no encontramos a Dios. ¿Será que Dios se ha enfadado con nosotros?
Tenemos algunas certezas teológicas. Una de ellas es la sensación de que creemos que Dios anda siempre escondido. Que se esconde de nosotros. Pero no, no está escondido. Lo que pasa es que no sabemos donde encontrarlo. Y la realidad es que Dios no está donde nosotros quisiéramos que estuviera.
Según las Escrituras Dios se manifiesta donde quiere y cuando él quiera. Acudirá a nuestro encuentro pero no de la forma que nosotros deseamos, no de la forma que nosotros queremos oírle. Dios está en el nuestro mundo, en nuestra historia personal y sólo ahí, en el mundo y en la historia, lo vamos a encontrar.
Y para encontrarle debemos andar el camino de nuestra vida pero no de forma repetitiva ni de manera solitaria. Los caminos se hacen andando. Y en los caminos nos tropezamos con gentes. En los caminos podemos facilitar que la gente se encuentre con Dios.
Ya no somos niños, aunque haya días que nos comportamos como ellos. Nosotros esperamos con ilusión y esperanza. Eso es también Adviento.
Nuestra vida está llena de niños- Algunos son pequeños y otros son grandes. Pero todos necesitan de nuestro cuidado. A veces somos nosotros esos niños que requieren que nos quieran y nos cuiden, porque estamos perdidos. Por mucho que algunos se empeñen en decirnos malos augurios, el amor siempre es posible. Nuestra vida está relaciona con la manera que pensamos y decidimos. Si has decidido pensar que la gente te engaña, entonces todos a tu alrededor serán engañadores. Si crees que el camino es duro antes de salir de casa, pues lo será y nadie podrá demostrarte lo contrario. No hay peor ciego que el que no quiere ver.
El mensaje paulino de adviento es: cambia tu manera de pensar, para que cambie tu manera de vivir.
Tengan paz.
miércoles, 2 de diciembre de 2009
La comunión de los santos.
Vigilia ecuménica en Sabiñánigo
Efesios 2: 14-22
Adviento entra en nuestras vidas con sus dramas de fe. Adviento nos recuerda que hoy somos libres. Y somos libres precisamente por el encuentro liberador con la Palabra.
Estamos ante uno de dos de los cuadros en los que Pablo que define al cristianismo y en ambos se os fijáis bien Jesús tienen un papel principal: Jesús es el pacificador y la Iglesia es una comunidad de gentes.
Jesús es el pacificador (v.14). Cristo es nuestra paz por lo que hizo: derramó su sangre en la cruz y se ofreció para estar unido a su pueblo; ¿pero que hizo? Ha echado abajo una pared de separación que existía entre los judíos y los gentiles. Una pared anticuada. Fuera de época. ¿Y por qué lo hizo? Para crear algo nuevo, podría ser la respuesta más teológica. Para reconciliar, podría ser la respuesta más espiritual. Una reconciliación que pasa por abolir la enemistad y la Ley de los mandamientos expresada en ordenanzas (v.15).
Es imposible dejar de ver la manera paulina de pasar de algo viejo a algo nuevo. No podemos pasarlo por alto. Si la Ley había abierto una brecha en la humanidad, por ejemplo entre judíos y gentiles (v.16), Cristo une lo que estaba separado, creando algo novísimo con la gente. Pero no de cualquier tipo de gente, sino una comunidad de gente nueva: una nueva humanidad que tiene en el centro de su vida al propio Jesucristo (v.19).
Y esa nueva humanidad se conoce por tres cosas: es el Reino de Dios, es la familia de Dios, es el templo de Dios.
Me pregunto si hoy hay algo más urgente en la extensión del evangelio que la iglesia sea lo que debe de ser y se le vea como tal, por la obra de Cristo: una comunidad modélica, una humanidad nueva, una familia de hermanos y hermanas reconciliados que aman al Padre y se aman unos a otros, sin duda se trata de la morada del Espíritu.
Cuando esto ocurra el mundo creerá que Cristo es el pacificador. Sólo entonces Dios recibirá la gloria.
Decía Ireneo de Lyón: La gloria de Dios es la vida del hombre, pero Dios es la vida del hombre.
Tengan paz.
Efesios 2: 14-22
Adviento entra en nuestras vidas con sus dramas de fe. Adviento nos recuerda que hoy somos libres. Y somos libres precisamente por el encuentro liberador con la Palabra.
Estamos ante uno de dos de los cuadros en los que Pablo que define al cristianismo y en ambos se os fijáis bien Jesús tienen un papel principal: Jesús es el pacificador y la Iglesia es una comunidad de gentes.
Jesús es el pacificador (v.14). Cristo es nuestra paz por lo que hizo: derramó su sangre en la cruz y se ofreció para estar unido a su pueblo; ¿pero que hizo? Ha echado abajo una pared de separación que existía entre los judíos y los gentiles. Una pared anticuada. Fuera de época. ¿Y por qué lo hizo? Para crear algo nuevo, podría ser la respuesta más teológica. Para reconciliar, podría ser la respuesta más espiritual. Una reconciliación que pasa por abolir la enemistad y la Ley de los mandamientos expresada en ordenanzas (v.15).
Es imposible dejar de ver la manera paulina de pasar de algo viejo a algo nuevo. No podemos pasarlo por alto. Si la Ley había abierto una brecha en la humanidad, por ejemplo entre judíos y gentiles (v.16), Cristo une lo que estaba separado, creando algo novísimo con la gente. Pero no de cualquier tipo de gente, sino una comunidad de gente nueva: una nueva humanidad que tiene en el centro de su vida al propio Jesucristo (v.19).
Y esa nueva humanidad se conoce por tres cosas: es el Reino de Dios, es la familia de Dios, es el templo de Dios.
Me pregunto si hoy hay algo más urgente en la extensión del evangelio que la iglesia sea lo que debe de ser y se le vea como tal, por la obra de Cristo: una comunidad modélica, una humanidad nueva, una familia de hermanos y hermanas reconciliados que aman al Padre y se aman unos a otros, sin duda se trata de la morada del Espíritu.
Cuando esto ocurra el mundo creerá que Cristo es el pacificador. Sólo entonces Dios recibirá la gloria.
Decía Ireneo de Lyón: La gloria de Dios es la vida del hombre, pero Dios es la vida del hombre.
Tengan paz.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)