lunes, 4 de abril de 2011

Nuestra esperanza.

Juan 11, 1-45


El relato de la resurrección de Lázaro es sorprendente. Por una parte, nunca se nos presenta a Jesús tan humano, frágil y entrañable como en este momento en que se le muere uno de sus mejores amigos. Por otra parte, nunca se nos invita tan directamente a creer en su poder salvador: «Yo soy la resurrección y la vida: el que cree en mí, aunque muera, vivirá... ¿Crees esto?»

Jesús no oculta su cariño hacia estos tres hermanos de Betania que, seguramente, lo acogen en su casa siempre que viene a Jerusalén. Un día Lázaro cae enfermo y sus hermanas mandan un recado a Jesús: nuestro hermano «a quien tanto quieres» está enfermo. Cuando llega Jesús a la aldea, Lázaro lleva cuatro días enterrado. Ya nadie le podrá devolver la vida.

La familia está rota. Cuando se presenta Jesús, María rompe a llorar. Nadie la puede consolar. Al ver los sollozos de su amiga, Jesús no puede contenerse y también él se echa a llorar. Se le rompe el alma al sentir la impotencia de todos ante la muerte. ¿Quién nos podrá consolar?

Hay en nosotros un deseo insaciable de vida. Nos pasamos los días y los años luchando por vivir. Nos agarramos a la ciencia y, sobre todo, a la medicina para prolongar esta vida biológica, pero siempre llega una última enfermedad de la que nadie nos puede curar.

Tampoco nos serviría vivir esta vida para siempre. Sería horrible un mundo envejecido, lleno de viejos y viejas, cada vez con menos espacio para los jóvenes, un mundo en el que no se renovara la vida. Lo que anhelamos es una vida diferente, sin dolor ni vejez, sin hambres ni guerras, una vida plenamente dichosa para todos.

Hoy vivimos en una sociedad que ha sido descrita como "una sociedad de incertidumbre" (Z. Bauman). Nunca había tenido el ser humano tanto poder para avanzar hacia una vida más feliz. Y, sin embargo, nunca tal vez se ha sentido tan impotente ante un futuro incierto y amenazador. ¿En qué podemos esperar?

Como los humanos de todos los tiempos, también nosotros vivimos rodeados de tinieblas. ¿Qué es la vida? ¿Qué es la muerte? ¿Cómo hay que vivir? ¿Cómo hay que morir? Antes de resucitar a Lázaro, Jesús dice a Marta esas palabras que son para todos sus seguidores un reto decisivo: «Yo soy la resurrección y la vida: el que crea en mí, aunque haya muerto vivirá... ¿Crees esto?»

A pesar de dudas y oscuridades, los cristianos creemos en Jesús, Señor de la vida y de la muerte. Sólo en él buscamos luz y fuerza para luchar por la vida y para enfrentarnos a la muerte. Sólo en él encontramos una esperanza de vida más allá de la vida.

José Antonio Pagola

jueves, 31 de marzo de 2011

Encontrarnos con la luz

Jn 9,1-41

Todos somos ciegos hasta que hemos aceptado la luz. Si después del recorrido, confiesas a Jesús como el Señor, están en condiciones de ser bautizados.

Todo el relato de Juan en esta mañana es simbólico. Con él se está proponiendo un proceso que lleva al hombre de las tinieblas a la luz; de la opresión a la libertad; de no ser nada a ser hombre cabal. Jesús tiene que alejarse del templo huyendo de los fariseos que querían apedrearle por haber dicho: “Yo soy la luz del mundo”. Lo repite y lo va a demostrar con hechos, dando la vista al ciego. Jesús no le consulta antes, porque siendo ciego de nacimiento, no sabe lo que era la luz y por lo tanto, no puede desearla de manera especial. Sin embargo no suprime su libertad, le ofrece la oportunidad, pero la decisión queda en sus manos. Tendrá que ir a lavarse a la piscina, para llegar a ser él mismo. Los demás personajes siguen en su ceguera: fariseos, apóstoles, paisanos, padres son símbolos de la dificultad de aceptar la luz cuando amenaza con iluminar lo que no queremos ver.

Dice Juan que Jesús mezcla la tierra con la saliva. Aquí está la clave de todo el relato. El ciego es ahora un “ungido”, como Jesús. El hombre carnal ha sido transformado por el Espíritu. La duda de la gente sobre la identidad del ciego, refleja la novedad que produce el Espíritu. Siendo el mismo, es otro. Hay gran diferencia entre el hombre sin iniciativa ni libertad y el hombre libre. De ahí que el ciego utilice las mismas palabras que tantas veces en Jn utiliza Jesús para identificarse: "Soy yo". Esta fórmula refleja la identidad del hombre transformado por el Espíritu. Descubre la transformación que se ha operado en su persona y quiere que los demás la vean.

La doble mención de untar-ungir y la de la piscina, término que era utilizado para designar la fuente bautismal, nos muestra que se está construyendo este relato a partir de los ritos de iniciación (bautismo) de la primera comunidad. No se había mencionado que el ciego era mendigo (pedía limosna, sentado). Estaba inmóvil, impotente, dependiendo de los demás. Este punto de partida es clave para resaltar el punto de llegada. Jesús le va a dar la movilidad y la independencia. Le hace hombre cabal. Tampoco se menciona que era sábado hasta mediada la narración. Jesús no tiene en cuente esa circunstancia a la hora de hacer bien al hombre. Amasar barro estaba explícitamente prohibido por la interpretación farisaica de la Ley. El amasar el barro el día séptimo, prolonga el día sexto de la creación. Jesús termina la creación del hombre.

A los fariseos no les interesa el hecho de la curación, sino el cómo; porque ahí se podía descubrir la infracción. No se alegran del bien del hombre; lo humano se analiza sólo a través de lo legal. Los fariseos acuden a los padres para desvirtuar el hecho que no pueden negar. Los padres no tenían culpa, pero tienen miedo. Son gente sometida, en tinieblas. La pregunta es triple: ¿Es vuestro hijo? ¿Nació ciego? ¿Cómo recobró la vista? El hecho es tan evidente que, por sí mismo está acusando a los fariseos. Los padres responden a las dos primeras preguntas, pero a la tercera, la más importante, no se atreven a responder. El miedo les impide aceptar cualquier complicidad con el hecho. Ante los fariseos, los padres temen que pueda considerarse un crimen que el ciego vea, por ello quieren eludir toda responsabilidad. Tiene miedo de ser expulsados de la institución. Están atemorizados, porque no pueden imaginar que exista otra salida.

Al fallarles la argucia empleada con los padres, intentan confundir al ciego. Quieren, por todos los medios, conseguir la lealtad del ciego aún en contra de la evidencia. Condenan a Jesús en nombre de la moral oficial y pretenden que le condene también el que ha sido curado. Ellos lo tienen claro, Dios no puede estar de parte del que no cumple la Ley. Dios no puede actuar contra el precepto ni siquiera en benefició del hombre. Quieren hacerle ver que la vista de que ahora goza es contraria a la voluntad de Dios. Siguen defendiendo su postura negando la evidencia. Enemigos de la luz, con la mentira pretenden extinguirla

Al contrario que los padres, el ciego no tiene miedo de expresar lo que piensa ante los jefes. El hombre no quiere meterse en cuestiones teológicas. A las teorías teológicas, opone los hechos. Puede que se haya quebrantado la Ley, pero lo que ha sucedido es tan positivo para él, que se tiene que hacer la pregunta: ¿No estará Jesús por encima del sábado? Ha experimentado el amor gratuito y liberador. Él sabe ahora lo que es ser un hombre cabal y, gracias a eso, sabe también lo que es Dios. Él ahora ve, los maestros están ciegos. Descubre que en Jesús, está presente Dios. El hombre utiliza una teología admitida por todos. Dios no puede conceder a un descreído, realizar una obra tan extraordinaria.

Los fariseos están tan seguros de su Ley, que no dudan en negar la misma realidad. Pero al ciego le es imposible negar lo que personalmente ha vivido. Por no negar su propia experiencia ni renunciar al bien que ha recibido, lo expulsan. Con su mentira han querido apagar la luz-vida. Al no conseguirlo, el hombre no puede permanecer dentro del ámbito de la muerte-tiniebla que es la sinagoga. Lo mismo que Jesús tuvo que salir del templo, el ciego que ha recibido la luz, tiene que salir de al sinagoga.

"Fue a buscarlo", no significa un encuentro fortuito, sino el fruto de una actividad con la intención de encontrar algo o a alguien. El contraste salta a la vista. Los fariseos lo expulsan, Jesús lo busca. No le dice, como al inválido de la piscina, que no vuelva a dejarse someter, porque ya había superado la prueba manteniéndose firme ante los fariseos. Con su pregunta va a acabar la obra de iluminación que había comenzado. La acción de Jesús había hecho descubrir al ciego una nueva manera de ser hombre, cuyo modelo era "el Hombre". Jesús quiere que tome conciencia de esta realidad.

El relato termina con la plena aceptación de Jesús. "Se postró” es el mismo verbo con que se designa la adoración debida a Dios 4,20-24. El gesto de postrarse para adorar a Jesús no es infrecuente en los sinópticos, sobre todo en Mt, pero éste es el único pasaje de Jn en que aparece. Jesús, el Hombre, es el nuevo santuario donde se verifica la presencia de Dios. El ciego, expulsado, encuentra el verdadero santuario, Jesús, donde se rinde el culto en espíritu y verdad, anunciado a la Samaritana. Este culto no se puede dar a Dios más que en el hombre, porque consiste en la práctica del amor.

Termina el relato con una proclamación solemne de Jesús: “para un juicio he venido yo a este mundo: para que los que no ven, vean y los que creen ver se queden ciegos”. Naturalmente, estas no son palabras de Jesús sino de los cristianos de finales del s. I. clara alusión a los fariseos que se revuelven contra Jesús. ¿También nosotros estamos ciegos? Para ellos, los conocedores y cumplidores de la Ley, que tenían por ciegos a los demás, era inconcebible que alguien pudiera tenerles por ciegos. Pero la respuesta de Jesús deja muy clara la realidad sangrante: Los que más cerca se creen de Dios, son los que menos le conocen. Esto debía hacernos pensar, porque también puede pasarnos a nosotros.

José Antonio Pagola.

miércoles, 30 de marzo de 2011

Rut ó ¿qué es lo que nos hace sentirnos unido a una persona?

Tema 8 El Antiguo Testamento y el arte de la resiliencia
Miércoles 30 Marzo

I. Introducción.

Trata a las personas como si fueran lo que podrían ser,
y ayúdales a convertirse en lo que podrían llegar a ser.
J. W. Goethe

La calidad de nuestras relaciones define en gran parte la calidad de nuestra vida. Las personas resilientes se caracterizan además por saberse autorregular por tener habilidades sociales. Su conocimiento personal de ellos y de su entorno le permite evaluar las motivaciones y las reacciones de otras personas, así como la de ellos mismos. Las personas resilientes no dudan en acudir por ayuda cuando la situación lo requiere. No dudan en hablar con los demás y contar su experiencia de vida. Pero a la vez saben desmarcarse de las exigencias desmesuradas de los demás o tratar de cumplir las expectativas ajenas.

Las personas no resilientes nunca se evalúan, nunca se preguntan el por qué de sus reacciones. Las personas no resilientes nunca piden ayuda en medio de la crisis, son de las que creen que sus trastornos de conductas se curan solos, como un catarro. Las personas no resilientes quieren cumplir con las exigencias de los demás, les gusta que hablen bien de ellos y hacen todo lo posible por llamar la atención sobre ellos.

II. ¿Qué sabemos de Rut?

Rut es un personaje bíblico que aparece en el libro que recibe su nombre en el AT. Su nombre significa compañera. El libro de Rut, es el octavo de la Biblia y uno de los más cortos. La moabita, con quien se casó Mahlón después de morir su padre Elimélec. Mahlón, su madre Noemí y su hermano Kilión vivían en Moab. Un hambre obligó a la familia a abandonar Belén de Judá, su ciudad natal. Con el tiempo, los dos hermanos murieron, y las dejaron viudas y sin hijos. Al enterarse de que Dios había vuelto a manifestar su favor a Israel, Noemí emprendió viaje de regreso a Judá acompañada por sus dos nueras. (Rut 1:1-7; 4:9, 10.)
Rut era de origen moabita, pero casada con un israelita que se expatría huyendo de la miseria. Es nuera de Noemí, ya viudas, ambas están en la miseria. Regresan juntas a Canaán. Rut rebusca en lo que desechan los cosechadores y va a parar al campo de Booz en Belén. A instancias de su suegra, Rut se acuesta a los pies de Booz, quien la toma por esposa y reúne todo lo que fue de Elimelec, marido de Noemí.
Se la cuenta en la genealogía de Jesús, según el Evangelio de San Lucas. Según el libro de Rut era la bisabuela del Rey David, el libro termina precisamente con una genealogía que acaba en él.
III. Tejiendo redes.


Vivir y relacionarse con personas forma parte de nuestra vida. Por eso constantemente estamos ofreciendo y recibiendo estima. Al menos una persona equilibrada. Las redes sociales (familia, trabajo, universidad, iglesias, partidos, club….) ofrecen estabilidad emocional y nos dan la posibilidad de tener un lugar fijo en la vida. No importa si la familia es grande o pequeña, no importa si el colegio es publico o privado, no importa el tamaño de la iglesia, lo que la gente busca es calidad en sus relaciones no cantidad.

Para todos es sabido que no podemos elegir a la familia ni a los parientes, pero si la manera en que los tratamos. Una persona es resilientes cuando no espera que los demás acudan a ellos, sino cuando sale al encuentro de las personas y se ofrece para ayudarles o escucharles.

IV. Elementos que me ayudan a estar unido a otras personas.

a. Empatía: Es la muestra de un interés real por las situaciones en que viven otras personas. Es la capacidad de ponerse en el lugar de los demás, de representar sus maneras de pensar, de sentir sus sentimientos y actitudes. La mayoría de las veces lo que más se dice en una disputa emocional es: Tú no me entiendes. ¿Cuál fue la actitud de Rut hacia Noemí?

La empatía no solo se puede mostrar hacia los demás sino que es importante hacia dentro. Y es que hay personas que no son capaces de expresar ni traducir sus emociones a los demás.

b. Flexibilidad social: La manera en que captamos las emociones de los demás y cómo las interpretamos define nuestra manera de relacionarnos con los demás.

c. Vinculación y compromiso: Las personas resilientes saben que no pueden vivir aisladas, sino que necesitan la compañía. Las personas con trastornos de personalidad y heridas emocionales optan por la soledad como una trinchera. ¿Por qué Rut no abandona a Noemí?


Próximamente
Tema 9: Lot y los indicadores de una deficiente habilidad relacional.

lunes, 28 de marzo de 2011

Caminos hacia la fe.

Juan 9, 1-41

El relato es inolvidable. Se le llama tradicionalmente "La curación del ciego de nacimiento", pero es mucho más, pues el evangelista nos describe el recorrido interior que va haciendo un hombre perdido en tinieblas hasta encontrarse con Jesús, «Luz del mundo».

No conocemos su nombre. Sólo sabemos que es un mendigo, ciego de nacimiento, que pide limosna en las afueras del templo. No conoce la luz. No la ha visto nunca. No puede caminar ni orientarse por sí mismo. Su vida transcurre en tinieblas. Nunca podrá conocer una vida digna.

Un día Jesús pasa por su vida. El ciego está tan necesitado que deja que le trabaje sus ojos. No sabe quién es, pero confía en su fuerza curadora. Siguiendo sus indicaciones, limpia su mirada en la piscina de Siloé y, por primera vez, comienza a ver. El encuentro con Jesús va a cambiar su vida.

Los vecinos lo ven transformado. Es el mismo pero les parece otro. El hombre les explica su experiencia: «un hombre que se llama Jesús» lo ha curado. No sabe más. Ignora quién es y dónde está, pero le ha abierto los ojos. Jesús hace bien incluso a aquellos que sólo lo reconocen como hombre.

Los fariseos, entendidos en religión, le piden toda clase de explicaciones sobre Jesús. El les habla de su experiencia: «sólo sé una cosa: que era ciego y ahora veo». Le preguntan qué piensa de Jesús y él les dice lo que siente: «que es un profeta». Lo que ha recibido de Él es tan bueno que ese hombre tiene que venir de Dios. Así vive mucha gente sencilla su fe en Jesús. No saben teología, pero sienten que ese hombre viene de Dios.

Poco a poco, el mendigo se va quedando solo. Sus padres no lo defienden. Los dirigentes religiosos lo echan de la sinagoga. Pero Jesús no abandona a quien lo ama y lo busca. «Cuando oyó que lo habían expulsado, fue a buscarlo». Jesús tiene sus caminos para encontrarse con quienes lo buscan. Nadie se lo puede impedir.

Cuando Jesús se encuentra con aquel hombre a quien nadie parece entender, sólo le hace una pregunta: «¿Crees en el Hijo del Hombre?» ¿Crees en el Hombre Nuevo, el Hombre plenamente humano precisamente por ser expresión y encarnación del misterio insondable de Dios? El mendigo está dispuesto a creer, pero se encuentra más ciego que nunca: «¿Y quién es, Señor, para que crea en él?»

Jesús le dice: «Lo estás viendo: el que te está hablando, ése es». Al ciego se le abren ahora los ojos del alma. Se postra ante Jesús y le dice: «Creo, Señor». Sólo escuchando a Jesús y dejándonos conducir interiormente por él, vamos caminando hacia una fe más plena y también más humilde. José Antonio Pagola

jueves, 24 de marzo de 2011

¿Cómo adoras tú a Dios?

Juan 4: 1-45

Este evangelio es muy distinto de los sinópticos. En Jn todo son símbolos; a través de los cuales, quiere trasmitirnos la teología, más avanzada de todo el NT. Esto no quiere decir que el hecho no haya sucedido. Seguramente sucedieron cosas parecidas más de una vez.

El de hoy es un relato eminentemente teológico. Es una catequesis en toda regla que invita a un seguimiento de Jesús como dador de verdadera Vida. Los cambios que propone en la manera de relacionarse el hombre con Dios, nos debían hacer pensar un poco. Ni en este templo, ni en Jerusalén, ni en ningún otro templo se puede dar el verdadero culto a Dios. Lo que entendemos por culto, en la inmensa mayoría de los casos no es más que idolatría. Es decir, un intento de domesticar a Dios, materializando nuestra relación con Él.

Jesús se encuentra de paso por Samaría que era la parte central de toda la tierra prometida. Judea, Samaría y Galilea eran una misma nación, antes de la división entre Judea y Palestina. Aunque tenía los mismos antecedentes religiosos, su trayectoria había sido muy distinta. Por eso en tiempos de Jesús, los samaritanos eran despreciados por los judíos, que los consideraban herejes. El peor insulto para un judío era llamarle samaritano.

"Se quedó sentado" es más que un simple “se sentó”. Jesús va ocupar el lugar del pozo. Él es el manantial (agua, vida) que va a ocupar el puesto de la ley el templo y la tradición. Esta sustitución del templo y la Ley por Jesús, es la clave de todo el relato.

Llega "una mujer" No tiene nombre, es la representante de la región de Samaría que va a apagar su sed en la tradición (el pozo). Jesús está solo. Se trata del encuentro del Mesías con Samaría, la prostituta, la infiel. El profeta Oseas de Samaría había denunciado la prostitución de esta tierra, que en su tiempo era el reino de Israel, por oposición al de Judá.

"Dame de beber". Jesús toma la iniciativa confesando la necesidad perentoria que tiene cualquier ser humano para conservar su vida biológica. Ni rastro de prepotencia. Se acerca a la mujer implorando ayuda. Ella tiene lo que a él le falta y necesita.

Es lógica la extrañeza de la mujer. Jesús acaba de derribar una barrera infranqueable. Al acercarse con una petición, desbarata el complejo de superioridad de los judíos; se presenta como un ser humano más, sin pretensiones por el hecho de ser judío. Reconoce que ella, una mujer samaritana, puede ofrecerle algo indispensable.

Jesús le ha pedido un favor, pero está dispuesto a corresponder con otro mucho mayor. Jesús se muestra por encima de las circunstancias que envuelven a judíos y samaritanos; se niega a reconocer la división, causada por las ideologías religiosas. La mujer no conoce más agua que la del pozo, figura de la ley, que sólo se puede conseguir con el esfuerzo humano. No ha descubierto que existe un don de Dios gratuito.

El agua-Espíritu que promete Jesús, se convierte en manantial que continuamente da vida. Así desarrolla a cada humano desde su dimensión personal. No se trata de añadidos externos (Ley). La Ley despersonali¬za, el Espíritu es siempre personalizante. El Hombre recibe Vida en su raíz misma, en lo profundo de su ser, no por acomodarse a normas externas. Su fuerza "salta" es garantía de plenitud. Siendo en todos y cada uno, la misma agua es creadora de unidad-amor. Como el agua necesaria para la vida hay que extraerla de lo hondo de la tierra, el agua del Espíritu hay que sacarla de lo hondo de uno mismo. La mujer sabe lo que cuesta sacar agua del pozo y la insatisfacción que produce, porque tiene que venir cada día a sacarla. Aunque no comprende bien como puede realizarse, se abre al don que le promete Jesús porque responde a su anhelo más íntimo.

El sentido de los versículos, que se refieren a los maridos, hay que buscarlo en el trasfondo profético, que nos lleva a la infiel relación de Samaría con Dios. En Os 1,2 la prostituta y en Os 3,1 la adúltera, son la imagen del reino de Israel que tenía a Samaría como capital. Su prostitución consistía en haber abandonado al verdadero Dios.

En hebreo se usaba el termino "Ba´al" (dueño, señor) para designar al esposo, pero era también el nombre de una divinidad pagana. El simbolismo es claro. La mujer que representa a Samaría ha tenido cinco dioses, y el que tiene ahora (Yahvé) al compartirlo, es espurio y tampoco es su (Ba´al). Esta es otra de las claves del relato.

Samaría la adúltera representada por la mujer, está insatisfecha con su pasado, descubre una posible solución en la propuesta de Jesús, pero antes, tiene que tomar conciencia de su infidelidad para poder superarla. Samaría se ha entregado a otros maridos-señores-dioses (ba´alim). Está pues alejada de Yahvé. La única solución es recuperar su verdadero esposo (Dios). Os 2,18: “Aquel día... me llamarás esposo mío, ya no me llamarás baal mío. Le apartaré de la boca los nombres de los baales”. Jesús está diciendo a la mujer que su culto está prostituido, eso explica que ella pase más tarde al tema del templo.

“No tengo marido”. La mujer reconoce su situación. Pretendían dar culto al Dios de los judíos, pero al admitir otros dioses, en realidad habían roto con él. En Jesús se personifica la actitud de Dios que no ha roto con ella, sino que la busca. El agua tradicional (Ley) no había apagado la sed. La búsqueda les había llevado a la multiplicidad de maridos-señores-dioses. El agua que da Jesús es el encuentro definitivo con el Dios verdadero.

La Samaritana descubre que Jesús es un profeta, no porque le ha adivinado su vida, sino por la profundidad del planteamiento religioso. La imagen de profeta que tiene la mujer es la de (Dt 18,15) profeta semejante a Moisés (Taheb) que restauraría el verdadero culto. La mujer sigue aferrada a la tradición "nuestros padres". Piensa que hay que encontrar la solución sin salir de lo antiguo, que es la única realidad que conoce. No ha descubierto aún la novedad de la oferta de Jesús. Jesús no parte de la perspectiva de la mujer, sino de otra muy distinta. También el templo de Jerusalén está prostituido. Las dos alternativas son equivocadas. Su oferta es algo nuevo. Se trata de un cambio radical. Jesús mismo será el lugar de encuentro con Dios. Dios adquiere un nombre nuevo "Padre". Esta paternidad excluye privilegios y exclusiones. Esta relación con Dios directa, sin intermediarios, hará posible la unidad de todos.

"Dios es Espíritu" Espíritu, desde la mentalidad griega, significa un ser no material. Desde la mentalidad judía, significa que Dios es fuerza, dinamismo de amor, vida para los hombres. El agua viva es la experiencia constante de la presencia y el amor del Padre. Padre, porque comunica su propia Vida y trasforma al hombre en espíritu. Dios mismo desarrolla su proyecto creador en cada hombre.

“En espíritu y en verdad”. El culto deja de ser vertical, pues Dios está en el Hombre. El culto antiguo exigía del hombre una renuncia de sí, era una humillación del hombre, una disminución ante un Dios soberano. El nuevo culto no humilla, sino que eleva al hombre, haciéndole cada vez más semejante al Padre. El culto antiguo subrayaba la distancia; el nuevo la suprime, consiguiendo que el hombre salga de su situación de opresión y de muerte. Dios no necesita ni espera dones. Los samaritanos no esperaban un Mesías rey ungido de la casa de David. Esperaban un "Taheb" (el que retorna), el profeta semejante a Moisés, el maestro de la Ley. Los samaritanos aceptan a Jesús y le piden que se quede un tiempo con ellos. Los herejes están más cerca de Dios que los ortodoxos judíos.

Jose Antonio Pagola