sábado, 9 de marzo de 2013

Fuí extranjero y me acogistes.



Mateo 25:35

Jesús no excluye a nadie, a todos anuncia la Buena Noticia de Dios, y esta Buena Noticia nos está urgiendo antes que nada a que se haga justicia a los más pobres y humillados. Por eso la venida de Dios es una suerte para los que viven explotados, y muchas veces una amenaza para los causantes de esa explotación.

Jesús declara de manera rotunda que el reino de Dios es para los pobres. Tiene ante sus ojos a aquellas gentes que viven humilladas en sus aldeas; conoce bien el hambre de los niños desnutridos; ha visto llorar de rabia a los campesinos cuando los recaudadores se llevan lo mejor de sus cosechas. Son ellos los que necesitan escuchar antes que nadie la noticia del Reino: “dichosos los que ahora tenéis hambre, porque seréis saciados; dichosos los que ahora lloráis, porque reiréis”

Jesús los declara dichosos, incluso en esa situación injusta que padecen, no porque pronto serán ricos como los grandes propietarios, sino porque Dios esta ya viniendo para suprimir la miseria, terminar con el hambre y aflorar una sonrisa en sus labios. El se alegra ya con ellos. No les invita a la resignación, sino a la esperanza. No quiere que se hagan falsas ilusiones, quiere que recuperen su dignidad. Todos tienen que saber que Dios es el defensor de los pobres, de los excluidos, que ellos son sus preferidos.

Cuando Jesús nos habla de pobreza y exclusión no lo hace  en abstracto, habla de los pobres con los que trata mientras recorre las aldeas y ve familias que sobreviven malamente, gentes que luchan por defender su honor, su dignidad, gentes sin hogar, marginados por la sociedad y la religión.Hombres y mujeres sin posibilidades de un futuro mejor.

Y Dios se pone de su parte, Dios defiende a los que nadie defiende. Para Dios, lo primero es hacer justicia a los pobres,  "Él hace justicia a los oprimidos, da pan a los hambrientos, libera a los condenados, el Señor protege a los inmigrantes, sostiene a la viuda y al huérfano".

Y nosotros, ¿qué hacemos?

Dios nos está pidiendo un cambio profundo. Su anuncio del Reino es para despertar esperanza y llamarnos a todos a cambiar de manera de pensar y de manera de actuar. Hay que "entrar" en el reino de Dios dejándonos  transformar por su dinámica y empezar a construir la vida tal como Dios la quiere.
Y lo que Dios quiere es un pueblo libre de toda esclavitud extranjera, donde TODOS puedan disfrutar de una manera pacífica y justa de la tierra, de una casa, de un trabajo justo y digno, sin ser explotados por nadie.

Para entrar en su Reino primero necesitamos salir de nuestro egocentrismo, de creernos superiores a los demás, necesitamos salir del imperio  que tratan de imponernos los jefes de las naciones, los poderosos del dinero.

No se trata solo de una conversión personal, individual de cada persona. Necesitamos introducir un nuevo modelo de comportamiento social, un cambio de comportamiento que nos lleve a todos a una vida más digna y segura.Que nos lleve a construir la gran familia que Dios quiere ver crecer en el mundo.

Una familia en la que no estamos unidos por lazos de sangre ni de intereses económicos, donde no defendemos un status social, donde no cabe la marginación y sí tiene cabida la acogida al OTRO con su diversidad cultural , su idioma diferente, sus costumbres y tradiciones de su lugar de origen.
           
La familia que Dios quiere es una familia abierta y acogedora, en la que hay igualdad para todos y una acogida servicial a los últimos. Donde nadie se hace  llamar padre ni maestro porque sólo hay un Padre y un Maestro cercano al que seguir y que nos hace a todos hermanos y hermanas. Nadie está sobre los demás, nadie es señor de nadie.

¡Si el otro se convirtiera realmente en mi hermano!
¡Y si el otro se convirtiera realmente en mi hermano!

¿No es esta la cuestión que hay que plantearse ante el debate que circula en los medios?
Si el otro se convirtiera realmente en mi hermano, ¿podría yo poner en cuestión la fe que le hace vivir?
¿Podría yo burlarme de una manera u otra de sus creencias?
Si el otro se convirtiera realmente en mi hermano, ¿podría yo hablar de libertad sin vivir el respeto? ¿Podría yo rechazarle con actos de violencia contra su persona o sus bienes?
Si el otro se convirtiera realmente en mi hermano, ¿podría yo permitirme hablar de él negativamente a sus espaldas? ¿Podría yo permitirme destruir incluso hasta su intimidad?

Si el otro se convirtiera realmente en mi hermano, le podría encontrar en verdad, podríamos hablar simplemente, incluso sin estar de acuerdo en todo.
Si el otro se convirtiera realmente en mi hermano, su encuentro me haría crecer; y estoy seguro que él también crecería. Si el otro se convirtiera en mi hermano, nuestras miradas podrían cruzarse y una sonrisa verdadera iluminaría nuestros rostros. Si el otro se convirtiera realmente en mi hermano, ¡qué mundo tan apasionante podríamos construir!

Jesús no pudo ni quiso poner en marcha una sociedad fuerte, organizada, sin fisuras, solo quiso poner en marcha  un movimiento sanador que fuera transformando el mundo en actitud de SERVICIO Y AMOR.
Un movimiento de hermanos y hermanas capaces de vivir sirviendo a los últimos, a los excluidos, a los que no tienen nada, capaces de acoger y dar la bienvenida,  con los brazos abiertos, con respeto y dignidad, a los que con nosotros desean vivir.

Fui forastero y me acogiste. Ellos, nosotros, vosotros, todos unidos, somos el mejor símbolo y la semilla más eficaz del reino de Dios, semilla de amor y acogida, de fraternidad sincera y serena. Así sea.

Mercedes Arias.

No hay comentarios:

Publicar un comentario