sábado, 18 de junio de 2011

Cuando el falso dios es un problema.

Jn 3:16-18

Tampoco hoy celebramos una fiesta dedicada a Dios, celebramos que Dios es una fiesta todos los días, que es algo muy distinto. La fiesta es siempre alegría, relación, vida, amor. El creyente es aquel que se ha sentido invitado a esa fiesta que es Dios y está dispuesto a participara en ella con todo el ser. El dogma de la Trinidad, tenía que habernos liberado del Dios Poder y habernos lanzado al Dios Amor. El Dios todopoderoso es lo contrario del Dios trino. Dios es amor y sólo amor. Solamente en la medida que seamos capaces de amor, podremos conocer a Dios. Se nos dice que es el dogma más importante de nuestra fe católica, y sin embargo, la inmensa mayoría de los cristianos no pueden comprender lo que quiere decir. La Trinidad nos enseña que sólo vivimos, si convivimos. Nuestra vida debía ser un espejo que en todo momento reflejara el misterio de la Trinidad.

Pero para llegar al Dios de Jesús, tenemos que superar el nuestro falso. Sí, el falso dios en quien todos hemos creído y en gran medida, seguimos creyendo los cristianos:

El dios interesado por su gloria, incluso cuando hace algo para sacarnos de la miseria
El dios todopoderoso que si no elimina el mal es porque no le da la gana.
El dios que salva a uno de una enfermedad o peligro si alguien reza por él, pero que deja hundido en la miseria al que no tiene valedor alguno.
El dios ofendido que exige la muerte de su hijo para poder perdonar el ser humano.
El dios que premia a los que hacen lo que él quiere, pero condena a los que no.
El dios celoso de la moral sexual, pero que no le preocupa mucho la injusticia.
El dios que nos exige amar al enemigo pero que a los suyos los manda al infierno.

Debemos estar muy alerta, porque tanto en el AT como en el nuevo podemos encontrar trazos de este falso dios. Jesús experimentó al verdadero Dios, pero fracasó a la hora de hacer ver a sus discípulos su vivencia. En los evangelios encontramos chispazos de esa luz, pero los seguidores de Jesús no pudieron aguantar el profundo cambio que suponía sobre el Dios del AT. Muy pronto se olvidaron esos chispazos y el cristianismo se encontró más a gusto con el Dios del AT que le daba las seguridades materiales que anhelaba. La Trinidad no es una verdad para creer sino la base de nuestra experiencia cristiana. Una profunda vivencia del mensaje cristiano será siempre una aproximación del misterio Trinitario. Sólo después de haber abandonado siglos de vivencia, se hizo necesaria la reflexión teológica sobre el misterio. Los dogmas llegaron como medio de evitar errores en las formulaciones formales, pero lo verdaderamente importante fue siempre la necesidad de vivir esa presencia de Dios en el interior de cada cristiano. Se cometió un grave error, cuando a partir del s. IV, se empezó a dar más importancia a los teólogos que a los místicos. La Trinidad quiere expresar el misterio del AMOR-VIDA misma de Dios que se nos comunica.

Lo más urgente en este momento para el cristianismo, no es explicar mejor el dogma de la Trinidad, y menos aún, una nueva doctrina sobre Dios Trino. Tal vez nunca ha estado el mundo cristiano mejor preparado para intentar una nueva manera de entender el Dios de Jesús o mejor, una nueva espiritualidad que ponga en el centro al Espíritu-Dios, que impregna el cosmos, irrumpe como Vida, aflora decididamente en la conciencia de cada persona y se vive en comunidad. Sería, en definitiva, la búsqueda de un encuentro vivo con Dios. No se trata de demostrar la existencia de la luz, sino de abrir los ojos para ver.

Puede ser útil recordar lo que dijimos el domingo pasado sobre la Trinidad. No debemos pensar en tres entidades haciendo y deshaciendo, separada cada una de las otras dos. Nadie se podrá encontrar con el Hijo o con el Padre o con el Espíritu Santo. Nuestra relación será siempre con el Dios UNO. Es urgente tomar conciencia de que cuando hablamos de cualquiera de las tres personas relacionándose con nosotros, estamos hablando de Dios. En teología, se llama “apropiación”, (¿indebida?) esta manera impropia de asignar acciones distintas a las tres personas. El lenguaje que utilizamos puede ser útil, siempre que no lo tomemos al pie de la letra. Ni el Padre sólo crea ni el Hijo sólo salva ni el Espíritu Santo santifica por su cuenta; Todo es siempre “obra” del Dios Uno.

Refiriéndonos a cada una de las tres personas, queremos explicar los aspectos distintos que encontramos en la creación. Dios crea como uno, pero nosotros podemos descubrir mejor el sentido de esa creación si descubrimos que cada persona deja su impronta en las criaturas: El Padre le comunica una profundidad misterio¬sa, abismal, insondable. El Hijo, una dimensión de luz y de inteligibilidad. El Espíritu una perspectiva de comunión y amor. Desde la partícula más ligera, el hidrógeno (un protón, un neutrón, un electrón formando un átomo) hasta el universo en su conjunto, están reflejando el ser de Dios. Y aún así, nos será imposible comprender todo el misterio que encierra la creación.

Nada de lo que podemos pensar o decir sobre Dios es adecuado a su ser. Cualquier definición o cualquier calificativo que atribuyamos a Dios son incorrectos. Todo lo que sabemos racionalmente de Dios es un estorbo para vivir su presencia vivificadora en nosotros. He descubierto que, con frecuencia, los ateos están más cerca del verdadero Dios que los creyentes. Ellos por lo menos rechazan la creencia en todos los ídolos. Los creyentes no solemos ir más allá de unas ideas (ídolos) que hemos fabricado a nuestra medida. Callar sobre Dios, es siempre más exacto que hablar. Dicen los orientales: “Si tu palabra no es mejor que el silencio, cállate”. Las primeras líneas del “Tao” rezan: El Tao que puede ser expresado no es el verdadero Tao; el nombre que se le puede dar, no es su verdadero nombre. ¡Cuánta palabrería se evitaría si tuviéramos esto en cuenta!

Un ejemplo de lo que acabamos de decir sería nuestro discurso sobre los “atributos” de Dios. Dios es esencia simplicísima, no puede tener partes ni cualidades. Todo lo que tiene, lo es. En Él todo constituye su esencia. No se puede decir que es bueno. Es la bondad. No se puede decir que es misericordioso, es la misericordia, etc.De la misma manera, siempre que aplicamos a Dios contenidos verbales, aunque sean los de “ama”, “perdonó”, “salvará”, nos equivocamos, porque en Dios los verbos no se conjugan; no tiene tiempos ni modos. Dios no tiene “acciones”. Dios todo lo que hace los es. Si ama, es amor. Pero al decir que es amor, nos equivocamos también, porque le aplicamos lo que nosotros entendemos por amor, y en Dios el AMOR, es algo muy distinto que en nosotros. Es un amor que no podemos comprender, aunque sí experimentar. Este experimentar que Dios es amor, sería lo esencial de nuestro acercamiento a Él. Los primeros cristianos emplearon siete palabras diferentes para hablar del amor. Al amor que es Dios lo llamaron ágape. Nuestro amor es una cualidad, que podemos tener o no tener. En Dios es su esencia, es decir, no puede no tenerlo, porque dejaría de ser.

Vivir la experiencia de Dios Trino, sería convivir. Estamos hechos para el encuentro y la comunicación. Sería experimentarlo: 1) Como Dios, ser absoluto. 2) Como Dios a nuestro lado presente en el otro. 3) Como Dios en el interior de nosotros mismos, fundamento de mi propio ser. Acercarse a Dios es descubrir la Trinidad. La experiencia del Dios cristiano (el que se reveló en Jesús) nos empujaría a ser como Él, Padre, Hijo y Espíritu a la vez. En cada uno de nosotros se tiene que estar reflejando siempre la Trinidad. Debemos empezar por descubrir a Dios en nosotros, como parte de nuestro ser. Pero no se agota ahí. Descubrimos a Dios con nosotros en los demás. Pero no se agota ahí. Descubrimos también a Dios que nos trasciende y en esa trascendencia completamos nuestra imagen de Dios.Hoy no tiene ningún sentido la disyuntiva entre creer en Dios o no creer. Todos tenemos nuestro Dios o dioses. Hoy la disyuntiva para los que se dicen creyentes y los que se proclaman ateos es creer en el Dios de Jesús o creer en un ídolo. La mayoría de los cristianos no vamos más allá del ídolo que nos hemos fabricado a través de los siglos. Lo que rechazan los ateos, es nuestra idea de Dios que no supera nuestro teísmo interesado. Después de darle muchas vueltas a tema, he llegado a la conclusión que es más perjudicial para el ser humano el teísmo que el ateismo.

El Dios revelado por Jesús, es amor. Pero ¡ojo! No es un ser que ama sino el amor mismo. En Dios el amor no es una cualidad como en nosotros, sino su esencia. Si dejara de amar un solo instante a un solo ser, dejaría de existir. Esto es la esencia del evangelio. La mejor noticia que podía recibir un ser humano es que Dios no puede apartarle de su amor. Esta es la verdadera salvación que tenemos que apropiarnos. Es también el fundamento de nuestra confianza en Dios. Confianza absoluta y total porque, aunque quisiera, no puede fallarnos. En esa confianza consiste la fe. Porque Dios ES amor, está incapacitado para condenar. Sólo puede salvar. No confiar en esa salvación de Dios, es estar ya condenado.

José A. Pagola.

martes, 14 de junio de 2011

El cristiano ante Dios

Juan 3: 16-18

No siempre se nos hace fácil a los cristianos relacionarnos de manera concreta y viva con el misterio de Dios confesado como Trinidad. Sin embargo, la crisis religiosa nos está invitando a cuidar más que nunca una relación personal, sana y gratificante con él. Jesús, el Misterio de Dios hecho carne en el Profeta de Galilea, es el mejor punto de partida para reavivar una fe sencilla.

¿Cómo vivir ante el Padre? Jesús nos enseña dos actitudes básicas. En primer lugar, una confianza total. El Padre es bueno. Nos quiere sin fin. Nada le importa más que nuestro bien. Podemos confiar en él sin miedos, recelos, cálculos o estrategias. Vivir es confiar en el Amor como misterio último de todo.

En segundo lugar, una docilidad incondicional. Es bueno vivir atentos a la voluntad de ese Padre, pues sólo quiere una vida más digna para todos. No hay una manera de vivir más sana y acertada. Esta es la motivación secreta de quien vive ante el misterio de la realidad desde la fe en un Dios Padre.

¿Qué es vivir con el Hijo de Dios encarnado? En primer lugar, seguir a Jesús: conocerlo, creerle, sintonizar con él, aprender a vivir siguiendo sus pasos. Mirar la vida como la miraba él; tratar a las personas como él las trataba; sembrar signos de bondad y de libertad creadora como hacía él. Vivir haciendo la vida más humana. Así vive Dios cuando se encarna. Para un cristiano no hay otro modo de vivir más apasionante.En segundo lugar, colaborar en el Proyecto de Dios que Jesús pone en marcha siguiendo la voluntad del Padre. No podemos permanecer pasivos. A los que lloran Dios los quiere ver riendo, a los que tienen hambre los quiere ver comiendo. Hemos de cambiar las cosas para que la vida sea vida para todos. Este Proyecto que Jesús llama "reino de Dios" es el marco, la orientación y el horizonte que se nos propone desde el misterio último de Dios para hacer la vida más humana.

¿Qué es vivir animados por el Espíritu Santo? En primer lugar, vivir animados por el amor. Así se desprende de toda la trayectoria de Jesús. Lo esencial es vivirlo todo con amor y desde el amor. Nada hay más importante. El amor es la fuerza que pone sentido, verdad y esperanza en nuestra existencia. Es el amor el que nos salva de tantas torpezas, errores y miserias.

Por último, quien vive "ungido por el Espíritu de Dios" se siente enviado de manera especial a anunciar a los pobres la Buena Noticia. Su vida tiene fuerza liberadora para los cautivos; pone luz en quienes viven ciegos; es un regalo para quienes se sienten desgraciados.

José Antonio Pagola

jueves, 9 de junio de 2011

Pentecostés

Juan 20,19-23

Los textos que leemos este domingo hacen referencia al Espíritu, pero de muy diversa manera. El relato de Lc no debemos entenderlo como una crónica periodística. Es teología que debemos descubrir más allá de la literalidad del discurso. Pablo aporta una idea genial al hablar de los órganos al servicio del cuerpo. Hoy podemos apreciar mejor la profundidad del ejemplo porque sabemos que la vida mantiene organizadas y da unidad a billones de células que vibran con la misma vida. Cuando un número relativamente pequeño de células se empeña en desarrollarse al margen de esa integración, ocasionan la muerte de todas las demás y la suya propia (cáncer). Un ejemplo de lo que el Espíritu hace con todos los seres humanos, todos formamos una unidad mayor y más fuerte aún que la que expresa cualquier forma de vida biológica. El evangelio de Jn escenifica también otra venida del Espíritu, pero mucho más sencilla que la de Lc. Esas distintas “venidas” nos advierte de que en realidad, Dios-Espíritu-Vida no tiene que venir de ninguna parte. Está siempre en nosotros sin posible separación.

No estamos celebrando una fiesta en honor del Espíritu Santo ni recordando un hecho que aconteció en el pasado. Estamos tratando de descubrir y vivir una realidad que está tan presente hoy como hace dos mil años. La fiesta de Pentecostés es la expresión última de la experiencia pascual. Los primeros cristianos tenían muy claro que todo lo que estaba pasando en ellos era obra del Espíritu-Jesús-Dios. Vivieron la presencia de Jesús de una manera más real que su misma presencia física. Ahora, era cuando Jesús estaba de verdad realizando su obra de salvación en cada uno de los fieles y en la comunidad. Recordemos que una vez muerto, Jesús Dios y el Espíritu son una única realidad.

De acuerdo con la teología más tradicional, la distinción entre las tres personas de la Trinidad sólo tiene efecto en sus relaciones “ad intra” es decir, en sus relaciones entre ellas mismas. Cuando se relacionan “ad extra”, es decir, con el resto de la creación, se comportan siempre como UNO, Dios. Lo que los escolásticos no llegaron a vislumbrar es que no puede existir nada “extra” Dios, porque nada de lo que existe puede estar fuera de Él. Cuando decimos ‘Espíritu Santo’, debemos entender Dios-Espíritu, no una entidad que anda por ahí haciendo de las suyas separada del Padre y del Hijo. Esta simple consideración evitaría la mayoría de los errores que arrastramos sobre el Espíritu Santo. Mi relación con Dios no es la relación de un yo con un . Se trata más bien, de la relación de mi yo con el YO, que es la quintaesencia de mi propio yo. Ésta es la experiencia de todos los místicos.

El Espíritu es una realidad tan importante en nuestra vida espiritual, que nada podemos hacer ni decir si no es por él. Ni siquiera decir: “Jesús es el Señor” Ni decir “Abba”, si no es movidos desde Él. Pero con la misma rotundidad hay que decir que nunca podrá faltarnos la acción del Espíritu, porque no puede faltarnos Dios en ningún momento. El Espíritu no es un privilegio ni siquiera para los que creen. Todos tenemos como fundamento de nuestro ser a Dios-Espíritu, aunque no seamos conscientes de ello. El Espíritu no tiene dones que darme. Es Dios mismo el que se da, para que yo pueda ser.

Cada uno de los fieles está impregnado de ese Espíritu-Dios que Jesús prometió a los discípulos. Sólo la persona es sujeto de inhabitación. Los entes de razón como instituciones y comunidades, participan del Espíritu en la medida en que lo tienen los seres humanos que las forman. Por eso vamos a tratar de esa presencia del Espíritu en las personas. Por fortuna estamos volviendo a descubrir la presencia del Espíritu en todos y cada uno de los cristianos. Volvemos a ser conscientes de que, sin él, nada somos.

Ser cristiano no consiste en aceptar una serie de verdades teórica, ni en cumplir una serie de normas morales, ni siquiera en llevar a cabo unos cuantos ritos sagrados. Todo eso no sirve de nada si no llegamos a una vivencia personal de la realidad de Dios-Espíritu que nos empuja desde dentro a la plenitud de ser. Es lo que Jesús vivió. El evangelio no deja ninguna duda sobre la relación de Jesús con Dios-Espíritu: fue una relación “personal”; Se atreve a llamarlo papá, cosa inusitada en su época y aún en la nuestra; hace su voluntad; le escucha siempre, etc. Todo el mensaje de Jesús se reduce a manifestar su experiencia de Dios como Espíritu. El único objetivo de su predica­ción fue que también nosotros lleguemos a esa misma experiencia.

El Espíritu nos hace libres. “No habéis recibido un espíritu de esclavos, sino de hijos que os hace clamar Abba, Padre”. El Espíritu tiene como misión hacernos ser nosotros mismos. Eso supone el no dejarnos atrapar por cualquier clase de esclavitud alienante. El Espíritu es la energía que tiene que luchar contra las fuerzas desintegradoras de la persona humana: “demonios”, pecado, ley, ritos, teologías, interese de un "yo" fenoménico, miedos. A veces hemos entendido la acción del Espíritu como coacción externa que podría privarnos de libertad. Hay que tener en cuente que estamos hablando de Dios que obra desde lo hondo del ser y acomodán­dose totalmente a la manera de ser de cada uno, por lo tanto esa acción no se puede equiparar ni sumar ni contraponer a nuestra acción, ser trata de una moción que en ningún caso violenta ni el ser ni la voluntad del hombre.

Si Dios-Espíritu está en lo más íntimo de todos y cada uno de nosotros, no puede haber privilegiados en la donación del Espíritu. Dios no se parte. Si tenemos claro que todos los miembros de la comunidad son una cosa con Dios-Espíritu, ninguna estructura de poder o dominio puede justificarse apelando Él. Por el contrario, Jesús dejó bien claro que la única autoridad que quedaba sancionada por él, era la de servicio. "El que quiera ser primero sea el servidor de todos." O, "no llaméis a nadie padre, no llaméis a nadie Señor, no llaméis a nadie maestro, porque uno sólo es vuestro Padre, Maestro y Señor."

El Espíritu es la fuerza de unión de la comunidad. En Pentecos­tés, las personas de distinta lengua se entienden, porque la lengua del Espíritu es el amor, que todo el mundo puede comprender; lo contrario de lo que pasó en Babel. Este es el mensaje teológico. Dios-Jesús-Espíritu hace de todos los pueblos uno, “destruyendo el muro que los separaba, el odio”. Durante los primeros siglos fue el Dios-Jesús-Espíritu el alma de la comunidad. Se sentían guiados por él y se daba por supuesto que todo el mundo tenía experiencia de su acción. Jesús promueve una fraternidad cuyo lazo de unidad es el Espíritu-Jesús-Dios. Para las primeras comunidades, Pentecostés es el fundamento de la Iglesia naciente. Está claro que para ellas la única fuerza de cohesión era la fe en Jesús, que seguía presente en ellos por el Espíritu. La pérdida de la tensión escatológica y el abandono de la vivencia, lleva a una reinterpreta­ción de lo cristiano, en términos tomados de la ética greco-romana. A partir de la paz de Constantino, el marco de la acción cristiana queda reducido y encerrado en el espacio de la Iglesia jerarquizada. Ésta deja de ser comunidad de Espíritu para convertirse en estructura jurídica.

Es muy difícil armonizar esta presencia del Espíritu en cada miembro de la comunidad con la obediencia tal como se ha interpretado y se sigue interpretando con demasiada frecuencia. En nombre de esa falsa obediencia, se ha utilizado la autoridad para hacer personas sin voluntad propia y completa­mente dóciles a los caprichos del superior de turno. Lo que se ha pretendido con esa obediencia es sometimientos aberrantes en provecho de la institución o de personalidades autoritarias que utilizan a Dios como instrumento de dominio de los demás. En estos casos, no es la voluntad de Dios la que se busca, sino someter a los demás a la propia voluntad. La verdadera autoridad no se justifica por el Espíritu, sino por la necesidad de la comunidad humana. Pablo propone una comunidad enriquecida por la diversidad de sus miembros.“Obediencia” fue la palabra escogida por la primera comunidad para caracterizar la vida y obra de Jesús en su totalidad. Pero cuando nos acercamos a la persona de Jesús con el concepto equivocado de obediencia, quedamos desconcertados porque descubrimos que no fue obediente en absoluto, ni a sus familia ni a los sacerdotes ni a la Ley ni a las autoridades civiles. Pero se atrevió a decir: “mi alimento es hacer la voluntad del Padre.”

El único camino para salir del peligro de una falsa obediencia es que entremos en la dinámica de la escucha del Dios-Espíritu que todos poseemos y nos posee por igual. Tanto los superiores como los inferiores, tenemos que abrirnos a la trascendencia y tratar cada día de escuchar al Espíritu y dejarnos guiar por él. Conscientes de nuestras limitaciones, no solo debemos experimentar la presencia en nosotros de Dios-Espíritu, sino que tenemos que estar también atentos a las experiencias pasadas, presentes y pretéritas de los demás. Creernos por encima de los demás anulará toda escucha del Espíritu.

José A. Pagola

martes, 7 de junio de 2011

¿Somos creyentes o ateos?

Tema 4
Curso Entre la duda y la fe.
Miércoles 8 Junio

I. Las creencias de Jesús.

Los testimonios de los que afirmaron conocer a Jesús fue que en él había una asombrosa congruencia. Lo que el decía y lo que él pensaba estaba en armonía con lo que hacia. Jesús fue un maestro. Y cómo maestro quiso cambiar las convicciones o creencias de sus oyentes. ¿Qué tipo de creencias crees que estaba interesado en cambiar: las públicas, las privadas o las básicas?

Como todo buen maestro Jesús estaba interesado en las creencias básicas de sus discípulos. Estaba interesado en mostrarnos como eran las cosas en verdad. Cuando la realidad que vivimos nos importa entonces nuestra fe tiene que servir para algo. Nuestra fe se convierte en el motor de cambio.

Pero no basta con saber que tipo de creencia tenemos para cambiar las cosas. Tampoco podemos saber que le pasaba a Jesús por su mente cuando decía lo que decía o hacía lo que hacia. Intentar hacer ese ejercicio es especular.

Pero los discípulos sabían algo sobre Jesús: vivía la realidad de Dios y anunciaba lo que creía. Por ejemplo, él creía que Dios siempre estaba a su lado y le amaba. Para Jesús esto era una creencia básica. Jesús creía tanto esto como nosotros creemos en la ley de gravedad.

Los discípulos veían a Jesús y pensaban: Me gusta ese tipo. Me gustaría poder vivir así. Y cuando ellos comenzaron a tratar de reproducir los actos de Jesús entonces entendieron que sus enseñanzas tenían sentido cuando las ponían en práctica. La generosidad funcionaba mejor que el acaparar. El perdón funcionaba mejor que la venganza.

El crecimiento de los discípulos tuvo el siguiente gráfico:

Primero tuvieron fe en Jesús------------después empezaron a tener la fe de Jesús

II. ¿Qué significa tener fe?

Tener fe incluye entre otras cosas albergar algunas creencias. La fe incluye una actitud de esperanza y confianza. No obstante, en su misma esencia, la fe significa confiar en una persona.

El cristianismo, en general, con sus enseñanzas dominicales y encuentros durante la semana intenta que la gente confié en Jesús para la eternidad; sin que primero aprendan a confiar en él en sus vidas diarias. Si nos remitimos a la sicología, entonces este método no funciona. Y es que este método produce creyentes que dicen confiar en Jesús y que hasta a lo mejor creen en él; pero que su vida diaria no refleja esta confianza ni creencia. Por tanto tenemos cristianos que no están viviendo como Jesús lo haría.

Ya sabemos que es arduo vivir como Jesús si no tenemos algunas creencias básicas en la manera de confiar y de vivir. A gente así Santiago le escribe: Hermanos míos, ¿de qué sirve alegar que tenemos fe, si no tiene obras? ¿Acaso podrá salvarlo esa fe?...Pues bien, muéstrame tu fe sin las obras, y yo te mostraré la fe por mis obras? Stgo. 2: 14, 18.

III. El problema de las obras.

Nuestra realidad esta saturada de personas que se dicen cristianas, pero que resultan comportarse como egoístas, como codiciosos, como jueces. Otros cristianos se comportan con humildad y generosidad. Y si los vemos con el envoltorio no hay mucha diferencia entre ambos grupos. Es más, ambos grupos dicen confiar en Jesús. Pero sus mapas mentales, sus creencias básicas, las que les permiten ver la vida tal como es, están tan separados como la noche y el día. Y por tanto producen dos tipos diferentes de personas, dos tipos diferentes de almas, aunque digan el mismo credo.

Hay personas con un credo muy público, muy ortodoxo. Hay personas con convicciones privadas que son ciento por ciento ortodoxas; pero que en su mapa mental les conduce a la avaricia, al egoísmo, a la arrogancia, a la falta de amor. Como veremos hay buenos credos que te llevan por el camino equivocado.

Hay otras personas con un credo poco ortodoxo. Su teología está llena de dudas e incertidumbres, sin embargo su mapa mental en cuestiones de generosidad, perdón, gracia y amor está mucho más cerca de las creencias básicas de Jesús que el del grupo anterior.

¿Qué grupo de persona tu crees que tiene más fe? ¿Cuál de los dos grupos muestra más señales de ser creyentes? Parece ser que muchos ateos son creyentes sin saberlo, así como muchos creyentes son ateos sin saberlo. Y es que podemos creer sinceramente en la existencia de Dios; pero vivir como si no lo hubiera.

Jesús nunca le dijo a sus discípulos: Crean en mis argumentos, sino que les dijo: Síganme. Pero seguir a Jesús implica correr riesgos. Podemos seguir a Jesús y decidir construir nuestra casa con paja, o con ramas, o con ladrillos. Hacer un camino siempre tiene sus sorpresas. Construir una casa también. Y es que no sabemos como soportará las tormentas. Pero el hecho es que todos construimos algo: una casa, una familia, una profesión, una relación. ¿Pero, tendremos alguna vez un hogar?

viernes, 3 de junio de 2011

¿De verdad queremos ser cristianos?

Mt 28,16-20

Si hemos vislumbrado en alguna medida lo que nos decía Jn los dos domingos pasados, en esa medida, se nos hará muy cuesta arriba entender la fiesta de hoy y la de los tres domingos siguientes. La subida de Jesús al cielo, la venida del Espíritu, la Trinidad, la Eucaristía están presentadas por los textos litúrgicos como realidades externas que se dieron en otro tiempo. Mal orientados por los textos, la inmensa mayoría de los cristianos las entendemos mal. No podemos seguir utilizando un lenguaje que responde a una visión mítica de la realidad. Cuando se creía que Dios estaba en lo más alto, que el hombre estaba en el medio y que el demonio estaba en lo más bajo, el lenguaje utilizado se entendía perfectamente. De Jesús se dice expresamente: Bajó del cielo, se hizo hombre, descendió a los infiernos y volvió a subir. Nuestra manera de entender la realidad ha cambiado drásticamente. Hoy no nos dice nada un cielo o un infierno como lugares de referencia.

Debemos entender la ascensión como parte del misterio pascual que es una única realidad. Ni la resurrección, ni la ascensión, ni el sentarse a la derecha del Padre, ni la glorificación, ni la venida del Espíritu, son hechos separados. Se trata de una realidad única que está sucediendo en este mismo instante. Los conceptos que le aplicamos son los que utilizamos en esta vida para determinar realidades temporales. La realidad trascendente a la que los aplicamos no tiene lugar ni tiempo; se queda fuera del alcance de los sentidos. Decir de Jesús después de muerto: a los tres días, a los ocho días, a los cuarenta días, a los cincuenta días, no tiene sentido ninguno. Hablar de Galilea o de Jerusalén, o decir que está sentado a la derecha de Dios. Entendido literalmente es absurdo.

Esto no quiere decir que sea una realidad inventada. Todo lo contrario, esa es la ÚNICA REALIDAD. Es la realidad sujeta al tiempo y al espacio la que no tiene consistencia alguna. Esa realidad intangible ha tenido una repercusión real en la vida de los cristianos, y eso sí se puede descubrir a través de los sentidos y constatar históricamente. Esa realidad no temporal, no localizable es la que hay que tratar de descubrir para que tenga también en nosotros la misma eficacia transformadora. Si seguimos creyendo que es un acontecimiento que sucedió a una hora determinada, en un día determinado, en un lugar determi¬nado, ¿Qué puede significar para nosotros hoy? ¿Es simplemente un recuerdo, una celebración como la celebración de un cumpleaños? Esta es la clave que yo quiero resaltar hoy. Es un tema importante porque puede marcar la diferencia entre recordar y vivir.

Las realidades espirituales, por ser atemporales, pertenecen al hoy como al ayer, son tan nuestras como de Pedro o Juan. No han sucedido hace dos mil años, sino que están sucediendo en este instante. Son realidades que están afectando a nuestra propia vida. Puedo vivirlas yo como las vivieron los apóstoles. Es más, el único objetivo del mensaje evangélico, es que todos lleguemos a vivirlas como las vivieron ellos. La ascensión del hombre Jesús, empezó en el pesebre y terminó en la cruz cuando exclamó: “Todo está cumplido”. Ahí terminó la trayectoria humana de Jesús y sus posibilidades de crecer como criatura, de elevarse sobre sí mismo. Después de ese paso no existe el tiempo, por lo tanto, no puede suceder nada para él. Es todo como un chispazo instantáneo que dura toda la eternidad. Él había llegado a la meta, a la plenitud total en Dios. Precisamen¬te por haberse despegado de todo lo que en él era caduco, transitorio, terreno, sólo permaneció de él lo que había de Dios, y por tanto se identificó con Dios totalmente, absolutamente. Esa es también nuestra meta. El camino también es el mismo; por el descubrimiento de lo divino, llegar al don total de sí mismo.

¿De verdad queremos ser cristianos? ¿Tenemos la intención de recorrer la misma senda, de alcanzar la misma plenitud, la misma meta? ¿Estamos dispuestos a dejarnos aniquilar en esa empresa, a aceptar que no quedará nada de lo que creo ser? Es duro, pero no puede haber otro camino. Si renuncio al don total de mí mismo, renuncio a alcanzar la meta. Como en Jesús, ese don total sólo será posible cuando descubra que Dios Espíritu se me ha dado totalmente, y está en mí para llevar a cabo esa obra de amor.Tal vez nos conformemos con quedarnos pasmados mirando al cielo y esperando que él vuelva por nosotros. Esa es la mejor manera de hacer polvo todo el quehacer de Jesús en esta tierra. La idea de que Dios o Jesús o el Espíritu pueden hacer en un momento determinado algo por mí, ha desvirtuado la religiosidad cristiana. Dios, Jesús y el Espíritu lo están haciendo todo por mí en todo instante. Yo soy el que tengo que hacer algo en un momento determinado para descubrir esa realidad y hacerla mía viviéndola.

El relato de Mt que acabamos de leer, es un prodigio de síntesis teológica. No hay en él ninguna alusión a la subida al cielo, ni a dejar de verlo. Consta simplemente, de una localización dada, una proclamación de poder y tres ideas básicas. Situar la escena en un monte sin nombre, es una indicación suficiente de que lo que le interesa no es el lugar, sino el simbolismo. El monte significa el ámbito de lo divino, donde está Dios y donde quiere situar también a Jesús. Que Mt lo sitúe en Galilea, tiene también un significado muy importante. En Galilea había comenzado Jesús su predicación. Es allí donde Mt quiere localizar el comienzo de la predicación de la Iglesia naciente. Quiere resaltar que Judea había rechazado a Jesús y no era ya el lugar donde debía uno encontrarse con Dios.

La primera idea que resalta es la de la glorificación de Jesús. “Se me ha dado todo poder en el cielo y en la tierra”. Jesús no pudo decir que se le ha dado todo poder, porque lo primero que hizo después del bautismo fue rechazar todo poder como la mayor de las tentaciones. Esta ambivalencia del lenguaje nos ha despistado de tal manera que es muy difícil aclararse. No puede haber un poder bueno y otro malo. Todos son perversos sobre todo el religioso. Quiere indicar la máxima exaltación posible. No podemos entenderlo en sentido de poder coercitivo o glorificación externa. Se trata de expresar que ha alcanzado la plenitud absoluta por haberse identificado con Dios en el don total de sí mismo. Debemos tener en cuenta que la primera interpretación del misterio pascual, que ha llegado hasta nosotros, está formulada en términos de exaltación y glorificación; antes incluso de hablar de resurrección. Los textos quieren dejar muy claro que mientras mayor ha sido la humillación, más resaltará la gloria.

La segunda es el envío a predicar. También tiene un carácter absoluto “todos los pueblos”. El tema de la misión es crucial en todos los relatos pascuales. La primera comunidad intentan justificar lo que era ya práctica generalizada de los cristianos. El predicar el “Reino de Dios”, no es un capricho de unos iluminados, sino mandato expreso de Jesús. Todo cristiano tiene como primera obligación, llevar a los demás el mensaje de su Maestro. Sin embargo, en los Hechos se plantean muy seriamente si se debía aceptar a los gentiles a la fe o se les tenía que obligar primero a ser judíos. Si hubieran recibido de Jesús un encargo tan claro y directo, no hubieran tenido motivos para la duda.

La formula: “En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo”, nos está hablando de una larga andadura en teología pascual. Es impensable que se utilizara desde el principio. La primera fórmula del bautismo fue: “En el nombre del Señor Jesús”.Más importante es la particularidad de la enseñanza. No se trata de enseñar doctrinas ni ritos ni normas morales sino de instar a una manera de proceder. Esto está muy de acuerdo con la insistencia de los evangelios en las obras como manifestación de la presencia de Dios en Jesús, y como consecuencia de la adhesión a Jesús. Si tenemos en cuenta que el núcleo del evangelio es el amor, comprenderemos que en la práctica, lo primero que tiene que manifestarse en un cristiano, es ese amor.

La tercera idea es también clave en la comprensión del misterio pascual. “Yo estaré con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo”. Fue el tema del evangelio de los dos domingos pasados: “no os dejaré desamparados”. Sin esta presencia sería imposible llevar a cabo la tarea encomendada. Ya los evangelios habían dejado claro que todo lo que hizo Jesús era obra del Padre o que era el Espíritu el que actuaba en él. Ahora sigue siendo Dios en sus tres dimensiones el que va a continuar la obra de salvación a través de sus seguidores. Hay que resaltar que el final del evangelio de Mt, sea precisamente la promesa de Jesús de estar siempre con nosotros. Recordar que Jesús habla de enviar al Espíritu, de quedarse él con nosotros, de que el Padre vendrá a cada uno. Son maneras de hablar que no deben confundirnos. Los tres “vendrán” a mi conciencia cuando me dé cuenta de que están ahí. En realidad no tienen que venir de ninguna parte porque la realidad trascendente ni está aquí ni está allí.


José A. Pagola