viernes, 15 de agosto de 2014

La desesperación es una incubadora de la fe.

Mateo 15: 21-28

La mujer cananea es una de dos personas quienes Jesús alaba su gran fe. El primero es el centurión en Mateo 8, quien dice que Jesús no tiene que venir en persona para curar a su criado, que la palabra sola es suficiente. Jesús exclama: De cierto os digo que ni aun en Israel he hallado tanta fe (8,10).
En Mateo 15 Jesús hace una excursión al norte a la región de Tiro y Sidón, y allí esta mujer cananea, que no es judía, ni israelita y le pide que cure a su hija. Después de un rechazo inicial, la persistencia y la fe de esta mujer impresionan a Jesús y dice: ¡Mujer, grande es tu fe (15,28)!
¿Qué podemos aprender de esta mujer con una gran fe?
Nos llaman la atención las personas que tienen poca fe, en contraste con el centurión y la mujer cananea que tienen una gran fe. En dos ocasiones Jesús reprende a los doce discípulos por su poca fe. En el capítulo 8, justo después del relato del centurión de mucha fe, los discípulos se encuentran en una tormenta que amenaza hundir el barco. Despiertan a Jesús, y él les dice: ¿Por qué teméis, hombres de poca fe?
Más adelante, en el capítulo 16 después de que Jesús ha alimentado a 4000 personas, los discípulos se encuentran sin pan y comienzan a discutir. Jesús pregunta: ¿Por qué discutís entre vosotros, hombres de poca fe, que no tenéis pan?
Los discípulos son israelitas, y judíos, son llamados por Jesús y le siguen como discípulos, pero les reprende por su poca fe. Pero alaba la fe del centurión y de la mujer cananea. Todos estos tienen fe, pero unos tienen poca y otros tienen mucha. Nosotros que hemos hecho confesión de fe, que somos bautizados, que asistimos con regularidad a la celebración dominical, que decimos ser creyentes, ¿tenemos mucha fe o poca? ¿Hay vecinos y gente en la sociedad que no han hecho confesión de fe, que no son bautizados, que no asisten nunca a ninguna capilla, que no profesan ser creyentes, pero que tienen mucha fe?
La desesperación es la incubadora de la fe. No es la única, pero es una muy importante. A veces, aun para personas fieles en la iglesia, una circunstancia amenazante despierta la fe o les lleva a una dimensión nueva y más profunda de ella.
A veces en medio de las crisis que tocan a la puerta que nuestra fe se hace profunda y echa raíz. Y quizás nos podamos hacer una pregunta: ¿Por qué es tan necesaria una crisis o un sentido de desesperación para experimentar la fe profunda? Cuando uno no está en crisis, es confiado en sí mismo. Se siente independiente. Uno piensa que con los recursos que tiene le puede con cualquier situación.
Hemos de darnos cuenta que la fe tiene un aspecto humillante. La esencia de la fe es la confianza plena en el otro, que es el opuesto de depender de uno mismo. Nos cuesta pedir favores. Preferimos ser autosuficientes. ¿No te has sentido humillado pedir ayuda a alguien? La fe atenta contra nuestro orgullo. Pero la mujer de nuestra historia pide ayuda.
Pero cuando uno está tan desesperado como esta mujer cananea, dejamos el orgullo al lado, nos humillamos y nos acudimos a Jesús. Dejamos toda pretensión al lado, reconocemos nuestra inutilidad e impotencia, y esta es la buena tierra para cultivar la fe. La fe es la dependencia, la entrega de uno mismo al otro, la confianza plena en el otro, y resistimos fuertemente todo esto porque queremos ser autosuficientes, pretendemos ser potentes y no impotentes, deseamos poder vivir sin Dios.
En realidad, la fe no es tan humillante. Al principio parece así, pero cuando uno ha caminado en la fe por un tiempo descubre que es totalmente al contrario. Porque la fe es un instrumento de relación, una relación con Dios, con un Dios que nos ama.
La fe tiene una finalidad. La mujer grita: ¡Señor, Hijo de David, ten misericordia de mí!. Todos estos títulos son títulos de soberanía y autoridad. Y cuando nos enfocamos en la soberanía plena de Dios, que le corresponde, nos sentimos humillados. Pero la realidad es que Dios ejerce su soberanía en un contexto de amor. Jesús ama a esta mujer. Ella le ve como un soberano y se enfoca su fe en él como soberano, pero seguramente no termina allí. A través de la humildad, que es necesaria para la fe, descubrimos un amor profundo, incondicional que nos acepta y nos transforma.
La fe se inicia con una sumisión a un soberano potente que puede hacer lo que nosotros no podemos hacer, pero nos lleva a una relación de amor que inspira una confianza plena donde nos descansamos en los brazos del Señor. La fe se inicia con un sentido de desesperación, y nos lleva a un sentido de plenitud.
¿Es así tu fe? Te invito a compartir la fe de la mujer cananea.


Mark Abbott

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