martes, 21 de enero de 2014

Hablando de la santidad entre las nubes grises y el sol.

Mt. 12: 46-50

A veces salgo a caminar por el Canal Imperial con algún amigo. A veces aprovecho que alguien me está escuchando para quejarme, para hablar de mis dolores, para señalar las nubes grises que hay en el horizonte de mí fe. Pero mi amigo insiste en hablar del sol.
Qué duras e incomprensibles resultan esas palabras que Mateo pone en labios de Jesús, también citadas, casi textualmente, en los evangelios de Lucas y de Marcos. La misma idea aparece en otros párrafos de los evangelios sinópticos, donde Jesús  dice haber venido a traer enfrentamientos entre hijo y padre, hija y madre, nuera y suegra, etc. En fin, una especie de apocalipsis para las relaciones familiares tal como las entiende nuestra cultura.
Pero este capítulo junto con el anterior lo que intentan es decirnos la oposición que encuentra Jesús en su ministerio público. La exigencia de romper vínculos de sangre y con la tierra aparece constantemente en el Antiguo Testamento. Desde Abraham, llamado a dejar el país de Ur, a Moisés, criado fuera de su familia hebrea, a los judíos, obligados a vagar durante cuarenta años por el desierto antes de llegar a la tierra prometida, sin olvidar el exilio en Babilonia y las numerosas diásporas. Son muchas las vivencias de destierros y migraciones, con sus luces y sombras, que hoy siguen estando presentes en el mundo que conocemos.
Con este pasaje en la mano, alguien como Agustín de Hipona, podría afirmar que Jesús valoraba mucho más el parentesco del alma que el de la carne y que es más importante para María haber sido fiel discípula de Cristo que haber sido la madre de Cristo. Pero les invito a que hagan una lectura más profunda, una lectura donde de ningún modo se desvalorice a María ni a la familia, sino una lectura para que los discípulos entiendan que no sólo cuentan los lazos de sangre, pues si así fuera estaríamos todos excluidos de la familia de Dios, sino que cuentan también y mucho el ser un discípulo. Ser un santo de nuestros días.
Hoy en día hablar de santidad resulta poco menos que chocante para la sensibilidad contemporánea, tan ocupada en temas más importantes. Lo urgente de nuestros días ha relegado la santidad al campo de lo mítico e incluso de lo anecdótico. De hecho ya nadie recuerda el significado originario de la palabra santidad. Y de los santos que hablamos son los que aparecen como seres de leyenda, cuyas pálidas imágenes adornan los oscuros rincones de muchas capillas y catedrales.
Para muchos bautizados el tema de la santidad se presenta no menos que como un horizonte lejano y ajeno, como un ideal muy digno, pero totalmente inalcanzable. En nuestro cristianismo existe una profunda veneración y respeto hacia aquellos hombres y mujeres que hicieron de su vida cristiana un testimonio heroico. les llamamos héroes de la fe; pero también se les percibe como un grupo de elegidos, una suerte de aristocracia espiritual para quienes están exclusivamente reservados los más altos montes donde habita el sr. Dios. ¿Y nosotros qué? ¿Podemos ser santos?
Mi respuesta es: ¡Sí! Definitivamente si. Por los siglos de los siglos si. Todos estamos llamados a ser santos. Dios mismo nos ha elegido en Él antes de la fundación del mundo, para ser santos en su presencia, en el amor (Ef 1, 4). Ése es el camino de plenitud al cual nos invita el Señor Jesús: Sed perfectos como es perfecto vuestro Padre celestial (Mt 5, 48). No basta, pues, con ser buenos, con llevar una vida común como nuestros vecinos, sin hacerle mal a nadie. Jesús nos invita a conquistar una porción de tierra muchísima más grande: el continente de la santidad. Ésa es la grandeza de nuestra vocación: Porque ésta es la voluntad de vuestro Dios: vuestra santificación. (1Tes 4, 3).
¿Qué decimos cuando proclamamos, si es que alguna vez lo hacemos?: creemos en la comunión de los santos Pues estamos diciendo a los cuatro vientos dos cosas: queremos caminar con Dios y queremos estar cerca de nuestros hermanos. Y es que nos hemos creído cuando la Palabra de Dios dice en Hebreos 12: 14: sin santidad nadie verá a Dios.
Pero en un mundo con nubes grises en el cielo y noticias de división y luchas entre hermanos nosotros, esta noche y aquí establecemos una señal: hablamos del sol que saldrá mañana entre los Pinares de Venecia. Hablamos de buenas noticias. Compartimos lo que Jesús está haciendo con nosotros. Oramos juntos, sabiendo que allí donde hay dos o tres reunidos en el nombre de Jesús, él está presente.
Esos que hablan del sol mientras caminan bajo un cielo nublado son los santos de nuestros días. Esos, que a pesar de los espinos y las ortigas hablan de la esperanza son los santos de este tiempo. Necesitamos gente así. Aquí y ahora.

Augusto G. Milián




lunes, 20 de enero de 2014

Un gran convento laico.

La vida ciudadana en Ginebra en la segunda mitad del s. XVI, llegó a ser una bibliocracia, pese a la dificultad de que sus regulaciones,para el control de toda la población, no puediera fundamentarse en los textos evangélicos.
Indicaciones de la vida diaria:
1. Vestir sin lujo.
2. Evitar los bailes.
3. Moderar el lenguaje,
4. expulsar de las bibliotecas los libros frívolos.
5. Prohibido los juegos de azar.
6. Prohibido las bebidas alcoholícas.
7. Todo individuo expuesto a la embriaguez, a la danza o por oposición a la Palabra de Dios debería sujetarse a un severo control.
8. Para evitar todo recuerdo del catolicismo romano, todo niño nacido después del 1550 debería llevar por nombre el de un personaje bíblico.
Indicaciones para las prácticas cristianas:
1. Prohibido los cánticos que no fueran salmos.
2. La asistencia  a los servicios religiosos era obligatorio.
3. Vivir en un estado de oración silenciosa.
4. Mantener el espíritu libre de cualquier lazo carnal.
5. La celebración cristiana consistia en oraciones, lectura de la Biblia, el sermón y canto de salmos.
6. En las capillas no debía haber ornamentos.
7. Prohibido el uso de altares.
8. Prohibido el uso de cruces.
9. Tan sólo un púlpito o una simple mesa.
Así, Ginebra, con trece mil habitantes en esta época, bajo un férreo control, podría llegar a ser un gran convento laico.

Joseph M. Walker.


Algo nuevo y bueno.

El primer escritor que recogió la actuación y el mensaje de Jesús lo resumió todo diciendo que Jesús proclamaba la buena noticia de Dios. Más tarde, los demás evangelistas emplean el mismo término griego euanggelion y expresan la misma convicción: en el Dios anunciado por Jesús las gentes encontraban algo nuevo y bueno.
¿Hay todavía en ese Evangelio algo que pueda ser leído, en medio de nuestra sociedad indiferente y descreída, como algo nuevo y bueno para el hombre y la mujer de nuestros días? ¿Algo que se pueda encontrar en el Dios anunciado por Jesús y que no proporciona fácilmente la ciencia, la técnica o el progreso? ¿Cómo es posible vivir la fe en Dios en nuestros días?
En el Evangelio de Jesús los creyentes nos encontramos con un Dios desde el que podemos sentir y vivir la vida como un regalo que tiene su origen en el misterio último de la realidad que es Amor. Para mí es bueno no sentirme solo y perdido en la existencia, ni en manos del destino o el azar. Tengo a alguien a quien puedo agradecer la vida.
En el Evangelio de Jesús nos encontramos con un Dios que, a pesar de nuestras torpezas, nos da fuerza para defender nuestra libertad sin terminar esclavos de cualquier ídolo; para no vivir siempre a medias ni ser unos vividores; para ir aprendiendo formas nuevas y más humanas de trabajar y de disfrutar, de sufrir y de amar. Para mí es bueno poder contar con la fuerza de mi pequeña fe en ese Dios.
En el Evangelio de Jesús nos encontramos con un Dios que despierta nuestra responsabilidad para no desentendernos de los demás. No podremos hacer grandes cosas, pero sabemos que hemos de contribuir a una vida más digna y más dichosa para todos pensando sobre todo en los más necesitados e indefensos. Para mí es bueno creer en un Dios que me pregunta con frecuencia qué hago por mis hermanos.
En el Evangelio de Jesús nos encontramos con un Dios que nos ayuda a entrever que el mal, la injusticia y la muerte no tienen la última palabra. Un día todo lo que aquí no ha podido ser, lo que ha quedado a medias, nuestros anhelos más grandes y nuestros deseos más íntimos alcanzarán en Dios su plenitud. A mi me hace bien vivir y esperar mi muerte con esta confianza.

Ciertamente, cada uno de nosotros tiene que decidir cómo quiere vivir y cómo quiere morir. Cada uno ha de escuchar su propia verdad. Para mí no es lo mismo creer en Dios que no creer. A mí me hace bien poder hacer mi recorrido por este mundo sintiéndome acogido, fortalecido, perdonado y salvado por el Dios revelado en Jesús.

Jose Antonio Pagola.

lunes, 13 de enero de 2014

Poema a los amigos.

No puedo darte soluciones
Para todos los problemas de la vida.
No tengo respuesta
para tus dudas o temores,
Pero puedo escucharte
Y compartirlo contigo.
No puedo cambiar
Tu pasado ni tu futuro,
Pero cuando me necesites
Estaré junto a ti.
No puedo evitar que tropieces
Solamente puedo ofrecerte mi mano
Para que te sujetes y no caigas.
Tus alegrías,
Tus triunfos y tus éxitos no son míos,
Pero disfruto sinceramente
Cuando te veo feliz.
No juzgo tus decisiones
Que tomes en la vida,
Me limito a apoyarte
Y a ayudarte si me lo pides.
No puedo trazarte límites
Dentro de los cuales debes actuar
Pero si te ofrezco ese espacio necesario
Para crecer.
No puedo evitar tu sufrimiento
Cuando alguna pena
Te parta el corazón,
Pero puedo llorar contigo
Y recoger los pedazos,
Para armarlo de nuevo.
No puedo decirte quien eres
Ni quien deberías ser
Solamente puedo
Amarte como eres
Y ser tu amigo.
En estos días pensé
En mis amigos y amigas
No estabas arriba,
Ni abajo, ni en el medio.
No encabezabas
Ni concluías la lista.
No eras el número uno
Ni el número final.
Y tampoco tengo
La pretensión de ser el primero
o el segundo en tu lista
Basta que me quieras
Como amigo, gracias por serlo.


Jorge L. Borges.

lunes, 6 de enero de 2014

Una palabra.

Una palabra,
una palabra cualquiera puede
ocasionar una discordia.
Una palabra cruel 
puede destruir,
una palabra brutal 
puede golpear y matar,
Una palabra agradable 
puede suavizar el camino
una palabra a tiempo puede ahorrar un esfuerzo,
una palabra alegre 
puede iluminar el día.
Una palabra 
con amor y cariño
puede curar y bendecir.