lunes, 10 de diciembre de 2012

Me gusta/No me gusta.

Me gusta.
Me gusta que existan cosas que me gusten, porque son las que consiguen hacerme latir el corazón en un día de paro cardíaco.
Me gusta que me llamen por mi nombre, sin diminutivos, parentescos ni eufemismos mediocres que definen lo que soy y no quién soy. Me gusta por tanto, llamar al pan pan y al vino, vino.
Me gusta Chavela Vargas. Las guirnaldas de luces minúsculas en sitios oscuros y sentarme centrada y más bien delante en la sala de cine
Me gusta el ronroneo de Darío, mi gato, cuando quiere acurrucarse debajo de mi cuello, como si fuera una medalla peluda y verle cerrar los ojos cuando lo tengo frente a frente.
La poesía del olvidado Pedro Beltrán. El color azul.
Las conversaciones con mi hermana. De esas que no arreglan el mundo pero que me dejan la sensación de haberlo hecho.
El humor absurdo, el humor negro. También los chistes gráficos.
El pan, el queso, el vino y el chocolate.
Me gusta tener amigos hasta en el infierno. Aunque amigos, son pocos, pero presumo de ellos.
Ir de tapas a “la Republicana” Verle las tripas a un reloj
Me gusta la forma de mover sus manos, observarle por el rabillo del ojo, su mirada interrogante…
El olor de las tomateras envueltas en frescura después de una tormenta Las piedras austeras del Románico , su sencillez y orden sobrio.
El morro blandito y aterciopelado de un caballo y notar su respiración en la palma de mi mano. Y la cabeza rugosa de los terneritos antes de asomar los cuernos
Me gusta la biografía de Santiago Ramón y Cajal, plagada de anécdotas y pensamientos que nunca me dejan indiferente.
Desayunar en vaso ancho de cubata, un buen café con leche y galletas a destajo.
Me gusta escuchar “La Bohème”, con el volumen alto, en el sofá de mi casa, un día festivo, preferiblemente por la mañana.
Recordar cómo me dormía de niña en el regazo de mi abuela, donde el mundo se paraba y nada malo podía pasarte.
Los cortos de cine y el cine de autor.
El sonido de una moto de gran cilindrada al arrancar y el de un coche al decelerar.
Me gusta escuchar una buena explicación de algo que no entiendo o que despierte mi interés.
Leer una y otra vez el poema “Desnuda” de Roque Dalton.
La luz entrando por las vidrieras de colores. El olor inequívoco de las bibliotecas.
La bondad de los desconocidos, bueno ésta, más que gustarme, me deja perpleja.
Cruzar el túnel de Somport y perderme en el sur de Francia, como suelo decir, por mi pequeño rincón del mundo.

No me gusta.

No me gusta suspender un examen de conciencia
No me gusta la altivez de las personas absurdas y maleducadas, especialmente cuando se trata de salud o economía.
Que hablen de ti como si no estuvieras presente
La mirada sin tapujos de la mesa de al lado cuando el camarero te sirve el plato
Esa vocal entre la “a” y la “e” que pronuncian por Andalucía.
Las que se visten y maquillan como recién sacadas del circo para ir a una boda o los que comen en un buffet como si hubieran ayunado una semana
Las gamuzas de pelo para limpiar el polvo
Tragarme las mil fotos del viaje de fin de semana a Cuenca de la parejita enamorada
Las risotadas con campanilla
Los mediáticos del corazón, ni sus chiquillos de ojos pixelados, ni sus éxitos ni contiendas ni sus jodiendas varias
La gente que cierra los ojos la hablar. ¿A dónde creen que van?
Los payasos (incluidos los mimos y los políticos).
Las mariposas de cerca.
Los neologismos aceptados por la RAE por uso popular
Los tirantes de plástico, de esos que se venden como invisibles.
Los recordatorios de comunión, especialmente si incluyen foto de la criatura. Tampoco dejo atrás las fotos de boda, como las que lucen debajo del Batallador cogiditos de la mano, ni las figurillas que inmortalizan el momento. El último, un bebé cargado de peladillas fabricado a cascoporro. Y claro, tú miras esa especie de albóndiga de porcelana con los ojos pintados casi en la frente y media cuenca vacía y te haces cruces pensando hasta dónde puede llegar la maldad de la mafia china.
Los anuncios de Cocacola, que venden felicidad y paz mundial, en lugar una bebida marrón que hincha la tripa. (de McDonals y sus felices visitas en familia para ver las futuras hamburguesas prefiero no hablar)
Los argumentos en contra del pensamiento, pusilánimes y tóxicos de pragmatismo, como “el toro ha nacido para esto” “cualquier tiempo pasado fue mejor” o “si existiera Dios no permitiría las guerras y las hambrunas”
No me gusta ver la cuadrilla de adolescentes a las puertas del Paraninfo, levantando un puño ignorante de significado, mientras hacen uso del móvil con la otra mano.
No me gusta que se recuerde la “España profunda” cuando muchos días creo, que no hemos tocado fondo.
 

Ana Baquedano

lunes, 3 de diciembre de 2012

Aprendiendo a esperar.



Mateo 14:22-32

Esperar con paciencia no es el fuerte de la sociedad aragonesa. Cuando estas con el coche delante del semáforo lo puedes comprobar. No somos un pueblo paciente. Nos gusta accionar el claxon, usar el microondas, la mensajería instantánea, la comida rápida, no nos gusta esperar en el teléfono, o en la tienda o en correos, o en urgencias.

A nosotros no nos gusta esperar por eso si un pasaje de Mateo nos resulta atractivo es ese donde Jesús es el Señor de Respuesta Rápida. En tres ocasiones el autor de este evangelio usa la palabra enseguida y siempre relacionada con Jesús. El hizo que los discípulos se adelantaran en la barca enseguida, cuando el camina sobre las aguas y los discípulos creen que es un fantasma él les responde en seguida y por último cuando Pedro comienza a caminar sobre las aguas y se hunde, Jesús extiende su mano enseguida.

Parece ser que los actos de Jesús son inmediatos en el tiempo. Pero la historia que hemos escuchado tiene que ver con la espera. Jesús se acerca a los discípulos cuando él considera oportuno. Y es que para Mateo es importante que los lectores aprendan a esperar.

Otro momento de espera es cuando Pedro decide abandonar la barca y caminar sobre las aguas. El sabe que no lo puede hacer solo. Por eso pide permiso a Jesús. O sea, esperar por la luz verde del semáforo. Parece ser que caminar sobre las aguas no es tan fácil. Requiere paciencia. Entrenamiento.

Pero si miran algunos detalles verán que el viento sobre el lago no se calma hasta que ha acabado el episodio con los discípulos en la barca. ¿Por qué Jesús no calmo antes el viento? ¿Por qué lo hizo al final después que los discípulos habían pasado miedo? ¿Quizás Pedro no se hubiera hundido con tanto viento? Pero Jesús pensó que se podía esperar un poco.

Quiero que se fijen en algo que hacen los discípulos durante el ministerio de Jesús: Esperan. Dios nunca actúa según nuestros ritmos. Y es que esperar puede convertirse en lo más difícil a lo que somos llamados. No nos gusta que Dios nos haga esperar. Queremos una persona para compartir nuestra vida ya. Queremos un hijo ya. Queremos un trabajo ya. Queremos que se haga justicia ya. Queremos que la depresión se acabe ya. Queremos que los demás cambien ya. Queremos que los ancianos nos entiendan ya. Pero la vida no es así. Nuestro paso por la tierra está llena de esperas. O al menos en la Biblia es así.

Dios le dice a Abraham que tendría un hijo, que sería el padre de una gran nación. Pero Israel tuvo que esperar 400 años. Dios le dijo a Moisés que le guiaría hasta la tierra prometida, pero el pueblo tuvo que esperar 40 años en el desierto. En las Escrituras la palabra fe y la palabra esperar están ligadas íntimamente. A veces se usan indistintivamente.
En el AT encontramos 43 veces que se le ordena al pueblo esperar. Esperen en el Señor. Y la última palabra que se escribe en el NT tiene que ver con la espera. Ap. 22.20 Jesús le dice a Juan que él venía pronto. Quizás para nosotros se está retardando, pero a la luz de la eternidad Jesús viene pronto. Así que lo único que podemos hacer es resistir.

Los evangelios nos cuentan lo que pasó la mañana del domingo tras la muerte de Jesús. Antes que las mujeres llegaran con los aceites a la tumba de Jesús la piedra fue removida. Aparentemente nada había cambiado en el mundo. Poncio Pilato seguía en su palacio, el sumo sacerdote seguía asumiendo el control del Templo. Pero algo había cambiado. Se había abierto una abertura en la historia de los hombres y las mujeres. Una abertura pequeña. Del tamaño de una puerta.

Así que cada vez que estoy dispuesto a enfrentarme a la injusticia, cada vez que elijo no hacer el mal, cada vez que comparto con alguien las buenas noticias del Reino de Dios, cada vez que comparto una comida con alguien y le invito a que me vea por dentro; esa abertura se hace un poco más grande. La oscuridad se hace menor. La luz puede alcanzar otro espacio.

Cada día veo corredores por el Parque Grande. Corren rápido. Y si paseo por el Pirineo puedo ver quebrantahuesos que suben y suben hasta donde ya no les puedo ver. Es difícil ser alguien que solo camina cuando estoy rodeado de corredores o de quebrantahuesos. Sin embargo, caminar es a veces lo único que puedo hacer. Esperar es lo único que a veces puedo ofrecer a Dios. Y confío en que El entienda mi caminar y mi espera. Aunque a mi no me gusta ahora. Y es que quiero las cosas ya.

Un día llegará la libertad. Pero no ahora. Ahora tendremos batallas, penas, sufrimientos, noticias de muertes. Pero un día todo eso acabará. Así que les animo a seguir caminando porque lo que esperamos es tan importante como lo que esta ocurriendo mientras esperamos.

Hay que esperar. Hay que tener fe.

A veces tenemos más preguntas que respuestas. Toma 2.



¿Necesitamos templos los cristianos?

  Las primeras comunidades cristianas no tenían templos. Se reunían en las casas.  Y fue ya tras la designación del cristianismo como religión oficial (s.IV) cuando fue prohibido hacerlo así y se  eempezaron a construir templos.  Los primeros cristianos no necesitaban templos. ¿Los necesitamos nosotros?

¿No tuvo Jesús una relación difícil con el templo y sus sacerdotes? ¿No enseñaba Jesús al aire libre, no oraba een  la montaña? ¿No leemos en Hechos que el Altísimo no habita en edificios construidos por hombres    ssegún Hechos 7, 48?

¿No será que mantenemos tradiciones paganas de templos donde habitan dioses? ¿No será que es más fácil   rcreer sagrado un espacio que los hombres y mujeres, en los que sí habita Dios? ¿No será que nos conviene en   un espacio donde esconder lo sagrado para no comprometer el resto de nuestra vida? ¿No será que nesitamos algo visible porque no nos atrevemos a conocer lo invisible? ¿No será que es más fácil construir una iglesia que una comunidad?

Miguel Ángel Nievas.                                                                                                                            Zaragoza

A veces tenemos más preguntas que respuestas. Toma 1.



¿        ¿Fracción del pan o lavatorio?

El evangelista Juan, nada sospechoso de frivolidad, omite en su relato de la última cena la fracción del pan. En su lugar describe con detalle cómo Jesús, en mitad de la cena y no al principio, se arrodilla y lava los pies de sus discípulos. Y después les explica por qué.
¿No estaba Juan cuando Jesús hizo la fracción del pan? ¿O es que a los otros evangelistas no les llamó la atención que Jesús lavara los pies de sus apóstoles en mitad de la cena? ¿No serán ambos rituales equivalentes y Juan incorpora el lavatorio porque ya los primeros cristianos han empezado a sacralizar la fracción del pan?
¿No será que el mensaje central de esa cena era yo me entrego por completo, haced vosotros lo mismo? ¿No será que preferimos la fracción del pan porque es más moderada, y no nos compromete a nada?

¿No será que es más fácil discutir de transustanciación, o de las condiciones para acceder a ella? ¿Por qué nadie se plantea recordar a Jesús sirviendo a los demás?
Miguel Ángel Nievas.                                                                                                                             Zaragoza
 

Abrir caminos nuevos.



Lucas 3, 1-6

Los primeros cristianos vieron en la actuación del Bautista al profeta que preparó decisivamente el camino a Jesús. Por eso, a lo largo de los siglos, el Bautista se ha convertido en una llamada que nos sigue urgiendo a preparar caminos que nos permitan acoger a Jesús entre nosotros.
Lucas ha resumido su mensaje con este grito tomado del profeta Isaías: "Preparad el camino del Señor". ¿Cómo escuchar ese grito en la Iglesia de hoy?  ¿Cómo
abrir caminos para que los hombres y mujeres de nuestro tiempo podamos encontrarnos con él? ¿Cómo acogerlo en nuestras comunidades?
Lo primero es tomar conciencia de que necesitamos un contacto mucho más vivo con su persona. No es posible alimentarse solo de doctrina religiosa. No es posible seguir a un Jesús convertido en una sublime abstracción. Necesitamos sintonizar vitalmente con él, dejarnos atraer por su estilo de vida, contagiarnos de su pasión por Dios y por el ser humano.
En medio del "desierto espiritual" de la sociedad moderna, hemos de entender y configurar la comunidad cristiana como un lugar donde se acoge el Evangelio de Jesús. Vivir la experiencia de reunirnos creyentes, menos creyentes, poco creyentes e, incluso, no creyentes, en torno al relato evangélico de Jesús. Darle a él la oportunidad de que penetre con su fuerza humanizadora en nuestros problemas, crisis, miedos y esperanzas.
No lo hemos de olvidar. En los evangelios no aprendemos doctrina académica sobre Jesús, destinada inevitablemente a envejecer a lo largo de los siglos. Aprendemos un estilo de vivir realizable en todos los tiempos y en todas las culturas: el estilo de vivir de Jesús. La doctrina no toca el corazón, no convierte ni enamora. Jesús sí.
La experiencia directa e inmediata con el relato evangélico nos hace nacer a una fe nueva, no por vía de "adoctrinamiento" o de "aprendizaje teórico", sino por el contacto vital con Jesús. Él nos enseña a vivir la fe, no por obligación sino por atracción. Nos hace vivir la vida cristiana, no como deber sino como contagio. En contacto con el evangelio recuperamos nuestra verdadera identidad de seguidores de Jesús.
Recorriendo los evangelios experimentamos que la presencia invisible y silenciosa del Resucitado adquiere rasgos humanos y recobra voz concreta. De pronto todo cambia: podemos vivir acompañados por Alguien que pone sentido, verdad y esperanza en nuestra existencia. El secreto de la "nueva evangelización" consiste en ponernos en contacto directo e inmediato con Jesús. Sin él no es posible engendrar una fe nueva.

José Antonio Pagola