viernes, 2 de septiembre de 2011

Reunidos por Jesús

Mateo 18, 15-20

Al parecer, el crecimiento del cristianismo en medio del imperio romano fue posible gracias al nacimiento incesante de grupos pequeños y casi insignificantes que se reunían en el nombre de Jesús para aprender juntos a vivir animados por su Espíritu y siguiendo sus pasos.

Sin duda, fue importante la intervención de Pablo, Pedro, Bernabé y otros misioneros y profetas. También las cartas y escritos que circulaban por diversas regiones. Sin embargo, el hecho decisivo fue la fe sencilla de creyentes cuyos nombres no conocemos, que se reunían para recordar a Jesús, escuchar su mensaje y celebrar la cena del Señor.

No hemos de pensar en grandes comunidades sino en grupos de vecinos, familiares o amigos, reunidos en casa de alguno de ellos. El evangelista Mateo los tiene presentes cuando recoge estas palabras de Jesús: «Donde dos o tres están reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos».

No pocos teólogos piensan que el futuro del cristianismo en occidente dependerá en buena parte del nacimiento y el vigor de pequeños grupos de creyentes que, atraídos por Jesús, se reúnan en torno al Evangelio para experimentar la fuerza real que tiene Cristo para engendrar nuevos seguidores.

La fe cristiana no podrá apoyarse en el ambiente sociocultural. Estructuras territoriales que hoy sostienen la fe de quienes no han abandonado la Iglesia quedarán desbordadas por el estilo de vida de la sociedad moderna, la movilidad de las gentes, la penetración de la cultura virtual y el modo de vivir el fin de semana.

Los sectores más lúcidos del cristianismo se irán concentrando en el Evangelio como el reducto o la fuerza decisiva para engendrar la fe. Ya el concilio Vaticano II hace esta afirmación: "El Evangelio... es para la Iglesia principio de vida para toda la duración de su tiempo". En cualquier época y en cualquier sociedad es el Evangelio el que engendra y funda la Iglesia, no nosotros.

Nadie conoce el futuro. Nadie tiene recetas para garantizar nada. Muchas de las iniciativas que hoy se impulsan pasarán rápidamente, pues no resistirán la fuerza de la sociedad secular, plural e indiferente. Dentro de pocos años sólo nos podremos ocupar de lo esencial.

Tal vez Jesús irrumpirá con una fuerza desconocida en esta sociedad descreída y satisfecha a través de pequeños grupos de cristianos sencillos, atraídos por su mensaje de un Dios Bueno, abiertos al sufrimiento de las gentes y dispuestos a trabajar por una vida más humana. Con Jesús todo es posible. Hemos de estar muy atentos a sus llamadas.

José Antonio Pagola

jueves, 1 de septiembre de 2011

Cruzando el Ebro: con miedo y con fe

Mateo 14:22-33

Este texto nos invita a reflexionar sobre el miedo y la fe. Una fe sacudida, amenazada, agitada, probada. Una fe comunitaria (barco) y también individual (Pedro).

Por un lado vemos una comunidad amenazada que rema desesperadamente en medio del temporal. Una comunidad que lucha por sobrevivir en medio de resistencia, oposición, desunión. Una comunidad que cree estar sola y teme desaparecer. Que se pregunta por las ventajas de acatar una orden y un envío.

Una comunidad que experimenta más tarde que alguien está allí para evitar que naufrague. Alguien que les acerca palabras de seguridad y confianza. ¿Qué bueno es cuando una comunidad se siente sacudida? ¿No les parece que la tranquilidad exagerada puede ser reflejo de que no pasa nada o que se ha acomodado a este mundo y es cómplice de tanta violencia y maldad?

Sabido es que una comunidad no se compone de personas imbatibles en la fe, de superhombres o super mujeres que a todo le hacen frente; sino de personas temerosas, llenas de dudas, contradicciones, inseguridades. Sin embargo estamos dentro del barco, estamos embarcados y sabemos que la otra orilla aún no fue alcanzada. O sea, el Reino de Dios aún no ha concluido. Por eso es necesario remar a pesar de las adversidades, de los vientos contrarios, de las críticas, resistencias, oposiciones. Incluso comparaciones que no ayudan en nada a mejorar. Cada ser humano es único, irrepetible y cada uno hace o da lo mejor de sí según el tiempo o tarea que le toque realizar.

Lo que nunca debemos olvidar es que la presencia de Cristo calma cualquier tormenta y es por eso que no debemos temer. Además la presencia de Cristo nos ayuda a seguir trabajando para alcanzar la perfección y ser auténticos ciudadanos del Reino. Si Uds. no se vuelven como niños.....Si Uds. no cambian su manera de pensar, de sentir y de actuar....

Por otro lado podemos hablar de una fe individual representada por Pedro, fiel retrato de nuestra propia fe: insegura, desconfiada. Creo que es el mejor ejemplo de nuestra caminada hacia Jesús; una caminada llena de dudas: "Si eres tú, ordena que vaya hacia ti..." Pero al mismo tiempo cuando comienza a hundirse puede con certeza decir : "Señor, sálvame". En nuestra vida de fe muchas veces atravesamos tiempos de pruebas, noches oscuras, vientos contrarios. Pero muchas veces son obstáculos necesarios para verificar la profundidad y la autenticidad de nuestra fe. Pero cuando las dudas y el miedo se apoderan de nosotros, y no vemos salida, corremos el riesgo de hundirnos o ahogarnos. ¡Qué bueno es también cuando en lo personal somos sacudíos!

Un cristiano o discípulo que no es sacudido, es porque seguramente está recluido en su casa. Porque no se está comprometiendo con nada. Es preferible arriesgarse como Pedro, aunque liguemos un reproche de Jesús, que quedarnos fuera solo criticando. Dice René Trossero "Una fe que no entra en crisis, permanece infantil"

Es cierto que Jesús nos envía para el medio del temporal (como ovejas en medio de lobos), pero no nos suelta la mano. En todo caso nos garantiza su presencia salvadora. Entonces las dificultades no deberían hacernos retroceder (ni como comunidad, ni como creyentes). Al contrario, más que nunca debemos arriesgarnos, jugarnos, comprometernos, sin especular: ¿Puedo? ¿Me conviene? ¿Me beneficia? ¿Soy capaz? Tal vez más tarde; cuando tenga tiempo, etc....

Las palabras de Jesús aún resuenan en nuestros oídos: "La cosecha es mucha y los trabajadores son pocos". Es decir, hay mucho por hacer, decir, modificar, revertir. No podemos, por miedo o comodidad, no hacer o no decir nada. Porque nos perdemos la posibilidad de dar testimonio y privamos a otros el poder conocer el Evangelio.

Este texto nos desafía con una orden: Vayan... Pero también nos tranquiliza con una promesa: Voy a estar con Uds. todos los días hasta el final.

viernes, 26 de agosto de 2011

Detrás de Jesús.

Mateo 16, 21-27

Jesús pasó algún tiempo recorriendo las aldeas de Galilea. Allí vivió los mejores momentos de su vida. La gente sencilla se conmovía ante su mensaje de un Dios bueno y perdonador. Los pobres se sentían defendidos. Los enfermos y desvalidos agradecían a Dios su poder de curar y aliviar su sufrimiento. Sin embargo no se quedó para siempre entre aquellas gentes que lo querían tanto.

Explicó a sus discípulos su decisión: «tenía que ir a Jerusalén», era necesario anunciar la Buena Noticia de Dios y su proyecto de un mundo más justo, en el centro mismo de la religión judía. Era peligroso. Sabía que «allí iba a padecer mucho». Los dirigentes religiosos y las autoridades del templo lo iban a ejecutar. Confiaba en el Padre: «resucitaría al tercer día».

Pedro se rebela ante lo que está oyendo. Le horroriza imaginar a Jesús clavado en una cruz. Sólo piensa en un Mesías triunfante. A Jesús todo le tiene que salir bien. Por eso, lo toma aparte y se pone a reprenderle: «No lo permita Dios, Señor. Eso no puede pasarte».

Jesús reacciona con una dureza inesperada. Este Pedro le resulta desconocido y extraño. No es el que poco antes lo ha reconocido como "Hijo del Dios vivo". Es muy peligroso lo que está insinuando. Por eso lo rechaza con toda su energía: «Apártate de mí Satanás». El texto dice literalmente: «Ponte detrás de mí». Ocupa tu lugar de discípulo y aprende a seguirme. No te pongas delante de mí desviándonos a todos de la voluntad del Padre.

Jesús quiere dejar las cosas muy claras. Ya no llama a Pedro «piedra» sobre la que edificará su Iglesia; ahora lo llama «piedra» que me hace tropezar y me obstaculiza el camino. Ya no le dice que habla así porque el Padre se lo ha revelado; le hace ver que su planteamiento viene de Satanás.

La gran tentación de los cristianos es siempre imitar a Pedro: confesar solemnemente a Jesús como "Hijo del Dios vivo" y luego pretender seguirle sin cargar con la cruz. Vivir el Evangelio sin renuncia ni coste alguno. Colaborar en el proyecto del reino de Dios y su justicia sin sentir el rechazo o la persecución. Queremos seguir a Jesús sin que nos pase lo que a él le pasó.

No es posible. Seguir los pasos de Jesús siempre es peligroso. Quien se decide a ir detrás de él, termina casi siempre envuelto en tensiones y conflictos. Será difícil que conozca la tranquilidad. Sin haberlo buscado, se encontrará cargando con su cruz. Pero se encontrará también con su paz y su amor inconfundible. Los cristianos no podemos ir delante de Jesús sino detrás de él.

José Antonio Pagola

martes, 16 de agosto de 2011

Nuestro único Señor

Mateo 16, 13-20

¿Quién decís que soy yo?". Lo mismo que los primeros discípulos, también los cristianos de hoy hemos de responder a Jesús para recordar de quién nos hemos fiado, a quién estamos siguiendo y qué podemos esperar de él. También nosotros vivimos animados por la misma fe.

Jesús, tú eres el Hijo de Dios vivo. Creemos que vienes de Dios. Tú nos puedes acercar como nadie a su Misterio. De ti podemos aprender a confiar siempre en él, a pesar de los interrogantes, dudas e incertidumbres que nacen en nuestro corazón. ¿Quién reavivará nuestra fe en un Dios Amigo si no eres tú? En medio de la noche que cae sobre tus seguidores, muéstranos al Padre.

Jesús, tú eres el Mesías, el gran regalo del Padre al mundo entero. Tú eres lo mejor que tenemos tus seguidores, lo más valioso y atractivo. ¿Por qué se apaga la alegría en tu Iglesia? ¿Por qué no acogemos, disfrutamos y celebramos tu presencia buena en medio de nosotros? Jesús, sálvanos de la tristeza y contágianos tu alegría.

Jesús, tú eres nuestro Salvador. Tú tienes fuerza para sanar nuestra vida y encaminar la historia humana hacia su salvación definitiva. Señor, la Iglesia que tú amas está enferma. Es débil y ha envejecido. Nos faltan fuerzas para caminar hacia el futuro anunciando con vigor tu Buena Noticia. Jesús, si tú quieres, puedes curarnos.

Jesús, tú eres la Palabra de Dios hecha carne. El gran Indignado que ha acampado entre nosotros para denunciar nuestro pecado y poner en marcha la renovación radical que necesitamos. Sacude la conciencia de tus seguidores. Despiértanos de una religión que nos tranquiliza y adormece. Recuérdanos nuestra vocación primera y envíanos de nuevo a anunciar tu reino y curar la vida.

Jesús, tú eres nuestro único Señor. No queremos sustituirte con nadie. La Iglesia es sólo tuya. No queremos otros señores. ¿Por qué no ocupas siempre el centro de nuestras comunidades? ¿Por qué te suplantamos con nuestro protagonismo? ¿Por qué ocultamos tu evangelio? ¿Por qué seguimos tan sordos a tus palabras si son espíritu y vida? Jesús, ¿a quién vamos a ir? Tú sólo tienes palabras de vida eterna.

Jesús, tú eres nuestro Amigo. Así nos llamas tú, aunque casi lo hemos olvidado. Tú has querido que tu Iglesia sea una comunidad de amigos y amigas. Nos has regalado tu amistad. Nos has dejado tu paz. Nos la has dado para siempre. Tú estás con nosotros hasta el final. ¿Por qué tanta discordia, recelo y enfrentamientos entre tus seguidores? Jesús, danos hoy tu paz. Nosotros no la sabemos encontrar.

Jose Antonio Pagola

martes, 2 de agosto de 2011

Miedo a Jesús.

Mateo 14, 22-33

Mateo ha recogido el recuerdo de una tempestad vivida por los discípulos en el mar de Galilea para invitar a sus lectores a escuchar, en medio de las crisis y conflictos que se viven en las comunidades cristianas, la llamada apremiante de Jesús a confiar en él.

El relato describe de manera gráfica la situación. La barca está literalmente «atormentada por las olas», en medio de una noche cerrada y muy lejos de tierra. Lo peor es ese «viento contrario» que les impide avanzar. Hay algo, sin embargo, más grave: los discípulos están solos; no está Jesús en la barca.

Cuando se les acerca caminando sobre las aguas, los discípulos no lo reconocen y, aterrados, comienzan a gritar llenos de miedo. El evangelista tiene buen cuidado en señalar que su miedo no está provocado por la tempestad, sino por su incapacidad para descubrir la presencia de Jesús en medio de aquella noche horrible.

La Iglesia puede atravesar situaciones muy críticas y oscuras a lo largo de la historia, pero su verdadero drama comienza cuando su corazón es incapaz de reconocer la presencia salvadora de Jesús en medio de la crisis, y de escuchar su grito: «iAnimo, soy yo, no tengáis miedo!».

La reacción de Pedro es admirable: «Si eres tú, mándame ir hacia ti andando sobre el agua». La crisis es el momento privilegiado para hacer la experiencia de la fuerza salvadora de Jesús. El tiempo privilegiado para sustentar la fe no sobre tradiciones humanas, apoyos sociales o devociones piadosas, sino sobre la adhesión vital a Jesús, el Hijo de Dios.

El narrador resume la respuesta de Jesús en una sola palabra: «Ven». No se habla aquí de la llamada a ser discípulos de Jesús. Es una llamada diferente y original, que hemos de escuchar todos en tiempos de tempestad: el sucesor de Pedro y los que estamos en la barca, zarandeados por las olas. La llamada a «caminar hacia Jesús», sin asustarnos por «el viento contrario», sino dejándonos guiar por su Espíritu favorable.

El verdadero problema de la Iglesia no es la secularización progresiva de la sociedad moderna, ni el final de la "sociedad de cristiandad" en la que se ha sustentado durante siglos, sino nuestro miedo secreto a fundamentar la fe sólo en la verdad de Jesucristo.

No nos atrevemos a escuchar los signos de estos tiempos a la luz del Evangelio, pues no estamos dispuestos a escuchar ninguna llamada a renovar nuestra manera de entender y de vivir nuestro seguimiento a Jesús. Sin embargo, también hoy es él nuestra única esperanza. Donde comienza el miedo a Jesús termina nuestra fe.

José Antonio Pagola.