miércoles, 13 de julio de 2011

El altar, las Escrituras y los evangélicos.

En primer lugar es necesario aclarar que en la iglesia no existe ningún altar. ¿Qué es un altar? Altar es un monumento dispuesto para inmolar una víctima y ofrecerla en sacrificio.

En el catolicismo romano introdujeron ese termino en sus iglesias debido a que dicen ellos, allí repiten en cada misa el sacrificio de Cristo, por esta razón la llaman "el sacrificio de la misa", aunque también esa expresión es inapropiada, porque allí nunca se realiza ningún sacrificio cruento, es decir, con derramamiento de sangre.

Para poder entendernos los seres humanos, necesitamos comprender y darle el mismo significado a las palabras que empleamos, sino estaríamos intentando lo imposible, de querer comunicarnos en idiomas diferentes. Lo que ocurrió en Babel fue precisamente eso, el juicio de Dios que confundió las lenguas y no pudieron entender el habla de su compañero.

El Señor nos manda que nuestro hablar sea conforme a Su Palabra, y no conforme a las modas y costumbres que los hombres han impuesto, por muy sinceras u honestas que nos parezcan. 1Pd.4: 11 "Si alguno habla, hable conforme a las palabras de Dios".

Hasta aquí hemos establecido dos puntos indispensables para poder tener un dialogo normal e inteligente:

Primero, que hemos de utilizar las palabras con el verdadero sentido que cada una de ellas tiene, dentro del idioma que usamos. Si alguno tiene dudas sobre el significado de algún vocablo, lo más cuerdo es que consulte con un diccionario de la lengua castellana y verifique el sentido y verdadero alcance de esa palabra.

Segundo, si se trata de un tema bíblico, es imprescindible comprobar con la Biblia cual es el verdadero sentido en que Dios la utiliza, para que nuestro hablar sea realmente conforme a Su Palabra, y no necesariamente a la palabra de los hombres. Hoy, que tenemos a nuestro alcance con tanta facilidad una concordancia, busque esa palabra y compruebe a la luz de su contexto cómo la emplea Dios, y ese debe ser el valor y sentido que debemos darle para que nuestro hablar sea realmente conforme a Su Palabra.

Cualquier diccionario le dará el significado a la palabra "altar" como el lugar donde se realizan sacrificios cruentos, es decir, con derramamiento de sangre de una víctima que es derramada en libación. Y la Biblia la emplea en el mismo sentido.

En Ex.20, donde se encuentran los diez mandamientos que Dios le entregó a Moisés, dice Dios en el verso 24 "Altar de tierra harás para mí, y sacrificarás sobre él tus holocaustos". En el libro de Levítico, donde están las instrucciones para los sacerdotes levitas, dice por ejemplo en el cap. 1: 5 "Entonces degollará el becerro en la presencia de Jehová; y los sacerdotes hijos de Aarón ofrecerán la sangre, y la rociarán alrededor sobre el altar".

Las pocas referencias que encontramos en el Nuevo Testamento al altar, son alusiones al altar del templo judío. Y cuando en Apocalipsis menciona un altar, es dentro del simbolismo del libro, para indicar el verdadero símbolo que representaba el altar terrenal, señalando el lugar sagrado que corresponde en el cielo.

El tabernáculo fue ordenado por Dios construirlo, de acuerdo al modelo que le mostró a Moisés y que corresponde a símbolos terrenales, para representar cosas celestiales.

Pero jamás el Nuevo Testamento hace referencia que alguna iglesia tuviera altar ¿Por qué? La respuesta es obvia, porque la iglesia descansa sobre el único y perfecto sacrificio que realizó el Señor Jesucristo, el cual fue "consumado" por el verdadero Cordero de Dios.

Heb.9: 26 "se presentó una vez para siempre por el sacrificio de sí mismo para quitar de en medio el pecado".
Heb.9: 27 "Cristo fue ofrecido una sola vez para llevar los pecados de muchos".
Heb.10: 10 "mediante la ofrenda del cuerpo de Jesucristo hecha una vez para siempre".
Heb.10: 14 "porque con una sola ofrenda hizo perfectos para siempre a los santificados".
Heb.10: 11-12 "ciertamente todo sacerdote está día tras día ministrando y ofreciendo muchas veces los mismos sacrificios (en el templo), que nunca pueden quitar los pecados; pero Cristo, habiendo ofrecido una vez para siempre un solo sacrificio por los pecados, se ha sentado a la diestra de Dios".

Una iglesia evangélica, que dice creer y aceptar ese único y perfecto sacrificio que realizó el Señor Jesucristo una sola vez para siempre, y que dice basarse en el modelo bíblico de acuerdo a las enseñanzas de Su Palabra, no tiene justificación alguna para seguir hablando que allí continúa existiendo un altar ¿Qué sacrificio están repitiendo?

En la iglesia cristiana no existe altar, porque no existe más sacrificio, debido a que el Cordero de Dios se ofreció en sacrificio una sola vez para siempre, jamás se volverá a repetir, debido a su perfección la cual fue consumada en la cruz del Calvario.Es errado seguir hablando de un altar dentro de la iglesia cristiana, porque se estaría menospreciando el sacrificio único y perfecto que realizó el Señor Jesucristo para siempre. Si no hay otro sacrificio, no debe existir otro altar.

Hemos de ser muy cuidadosos con los términos que empleamos para referirnos a las cosas del Señor, porque es hasta blasfemo hablar de un altar dentro de la iglesia y no corresponde a lo que Dios dice en Su Palabra. Que nuestro hablar sea conforme a Su Palabra.

Ahora que he aclarado esta parte que considero la más importante de la pregunta, me referiré a continuación a esa gimnasia que se realiza en muchas iglesias, de llamar adelante a los que quieran ser salvos, como si allí van a estar más cerca del cielo o del Señor.El mismo Señor que está adelante, también está en la banca donde cada uno se sienta y lo que es más importante, en el corazón de cada pecador que se arrepiente de sus pecados.

Es lamentable el triste espectáculo que presentan las iglesias con esas prácticas antiescriturales, porque muchas personas viven cada semana pasando adelante, debido a que nunca han llegado a tener la seguridad de su salvación eterna.A ellos la salvación les dura unos pocos días y necesitan salvarse cada domingo. Aunque la Biblia dice que somos salvos eternamente. (Heb.7: 25) "por lo cual puede también salvar perpetuamente a los que por él se acercan a Dios". El regalo que ofrece el Señor es vida eterna, y no vida hasta el próximo Domingo. (Jn.10:28) " Yo les doy vida eterna; y no perecerán jamás, ni nadie las arrebatará de mi mano".

Siempre hemos de confrontar con las Escrituras para ver si esas cosas deben ser así. Eso era lo que hacían los hermanos fieles de Berea, (Hch.17: 10) "escudriñando cada día las Escrituras para ver si estas cosas eran así".

Hemos visto que en ninguna iglesia del Nuevo Testamento existió un altar, porque no existe otro sacrificio que presentar. Y ahora sobre la practica de pasar adelante, tampoco vemos que existió en la iglesia neotestamentaria.

Cuando Pedro predicó el evangelio el día de Pentecostés, la muchedumbre se compungió de corazón y preguntaron ¿qué haremos? No les dijo: "Pasen adelante, o levanten la mano los que quieran ser salvos". Simplemente les dijo (Hch.2: 37-38) "arrepentios". Porque la salvación es por creer de corazón, no por pasar adelante o levantar la mano.Allí no existía el emocionalismo, ni los "monitores" o acomodadores que "gentilmente" sacan a la gente de sus bancas para que pasen adelante, ni los coros que apelan a los sentimientos, ni ninguna estratagema de hombres. Solamente existía la poderosa Palabra de Dios y el poder del Espíritu Santo quebrantado los corazones, por eso llegó a ser una iglesia poderosa.

Si alguien considera que esa practica de hacer los llamados para que la gente pase a los pies del pastor es correcta, debe poder demostrarlo con la Biblia. ¿Dónde dice eso o aparece como ejemplo para seguir? ¿No están en el Nuevo Testamento todas las instrucciones para que sepamos como debemos conducirnos en la casa de Dios? (1Tm.3: 15).

Esto de hacer llamados para pasar al altar, no es otra cosa que llevar a la gente a los pies del pastor, debido a que efectivamente no existe ningún altar en la iglesia ¿o Ud. sabe cual es el altar? En una iglesia católica podemos ver el "altar" donde colocan a su dios de harina y lo parten en dos en sacrificio en cada misa. Pero en una iglesia evangélica ¿ha visto alguna vez un altar? Naturalmente que no, porque no existen allí.


La Biblia nos advierte que el corazón del hombre es idolátrico. (Hch.10: 25-26) Cuando Pedro visitó la casa de Cornelio: "Pedro entró, salió Cornelio a recibirle, y postrándose a sus pies adoró, mas Pedro le levantó, diciendo: Levántate, pues yo mismo también soy hombre". También lo vemos en el caso de Pablo en la ciudad de Listra (Hch.14: 11-15) cuando la multitud vio la sanidad que hicieron, gritaron: "Dioses bajo la semejanza de hombres han descendido a nosotros...Cuando lo oyeron los apóstoles, rasgaron sus ropas y se lanzaron entre la multitud, dando voces, y diciendo: Varones, ¿por qué hacéis esto? Nosotros también somos hombres semejantes a vosotros".

Los apóstoles siempre repudiaron toda clase de veneración al hombre, por esta razón cuando predicaban el evangelio, solamente hacían un llamado al arrepentimiento, pero jamás a pasar adelante a los pies de ellos, o pedirles que levantaran sus manos los que quisieran ser salvos, para satisfacer sus egos y ver "cuantos se habían convertido" con su predicación, como si la obra de la salvación fuera mérito de ellos.

Jack Fleming

martes, 12 de julio de 2011

El fermento.

Mateo 13, 24-43

Con una audacia desconocida, Jesús sorprendió a todos proclamando lo que ningún profeta de Israel se había atrevido a decir: "Ya está aquí Dios con su fuerza creadora de justicia abriéndose camino en el mundo para hacer la vida de sus hijos más humana y dichosa". Es necesario cambiar. Hemos de aprender a vivir creyendo en esta Buena Noticia: el reino de Dios está llegando.

Jesús hablaba con pasión. Muchos se sentían atraídos por sus palabras. En otros surgían no pocas dudas. ¿No era todo una locura? ¿Dónde se podía ver la fuerza de Dios transformando el mundo? ¿Quién podía cambiar el poderoso imperio de Roma?

Un día Jesús contó una parábola muy breve. Es tan pequeña y humilde que, mucha
s veces, ha pasado desapercibida para los cristianos. Dice así: «Con el reino de Dios sucede como con la levadura que tomó una mujer y la escondió en tres medidas de harina, hasta que todo quedó fermentado».

Aquella gente sencilla sabía de qué les estaba hablando Jesús. Todos habían visto a sus madres elaborar el pan en el patio de su casa. Sabían que la levadura queda "escondida", pero no permanece inactiva. De manera callada y oculta lo va fermentando todo desde dentro. Así está Dios actuando desde el interior de la vida.

Dios no se impone desde fuera, sino que transforma a las personas desde dentro. No domina con su poder, sino atrae con su amor hacia el bien. No fuerza la libertad de nadie sino que se ofrece para hacer más dichosa nuestra vida. Así hemos de actuar también nosotros si queremos abrir caminos a su reino.

Está comenzando un tiempo nuevo para la Iglesia. Los cristianos vamos a tener que aprender a vivir en minoría, dentro de una sociedad secularizada y plural. En muchos lugares, el futuro del cristianismo dependerá en buena parte del nacimiento de pequeños grupos de creyentes, atraídos por el evangelio y reunidos en torno a Jesús.

Poco a poco, aprenderemos a vivir la fe de manera humilde, sin hacer mucho ruido ni dar grandes espectáculos. Ya no cultivaremos tantos deseos de poder ni de prestigio. No gastaremos nuestras fuerzas en grandes operaciones de imagen. Buscaremos lo esencial. Caminaremos en la verdad de Jesús.

Siguiendo sus deseos, trataremos de vivir como "fermento" de vida sana en medio de la sociedad y como un poco de "sal" que se diluye humildemente para dar sabor evangélico a la vida moderna. Contagiaremos en nuestro entorno el estilo de vida de Jesús e irradiaremos la fuerza inspiradora y transformadora de su Evangelio. Pasaremos la vida haciendo el bien. Como Jesús.

José Antonio Pagola.

sábado, 9 de julio de 2011

Y el sembrador salió a sembrar.

Mt 13,1-23



Hoy no hay un contexto especial, porque Mt agrupa siete parábolas en un solo capítulo, el 13 que hoy comenzamos a leer. Es muy poco probable que Jesús haya dicho todas estas parábolas de una sentada. Seguramente tienen razón Mc y Lc al colocarlas en distintas circunstancias. Lo cierto es que la parábola es un género literario muy apropiado para hablar de realidades trascendentes. Al partir del conceptos simples, tomados de la vida cotidiana y que todo el mundo conoce, trata de proyectar nuestra conciencia hacia una realidad que va más allá de lo normal. La parábola por estar pegada a la vida misma, mantiene el frescor de lo genuino y auténtico a través del tiempo y las culturas.


Muchas veces hemos recordado que toda la Biblia es teología narrativa, pero en las parábolas descubrimos que no hay más que eso: una sencilla narración. El relato en sí no significa nada. A mí, si no soy labrador, nada me importa que la semilla nazca y de fruto. Pero ese relato, en sí anodino, se convierten en símbolo de un mundo distinto del que habito. Las imágenes desplegadas dan que pensar, cuestionan mi manera de ser, me dicen que otro mundo es posible y esperan de mí una respuesta vital. Esta propuesta sólo se puede hacer con un relato. El mensaje espiritual no se deja atrapar en conceptos. En toda parábola existe un punto de inflexión que rompe la lógica del relato. En esa quiebra se encuentra el verdadero mensaje. En la parábola del sembrador, la ruptura se produce al final. En la Palestina del tiempo de Jesús, el diez por uno, se consideraba una excelente cosecha. Pues bien, tu tierra puede llegar a producir el ciento por uno. ¡Una locura!



El objetivo de las parábolas es sustituir una manera de ver el mundo miope y torpe, por otra abierta a una nueva realidad llene da sentido y de futuro. Obliga a mirar a lo más profundo de sí mismo y a descubrir posibilidades insospechadas. La parábola es un método de enseñanza que permite no decir nada al que no está dispuesto a cambiar, y a decir más de lo que se puede decir con palabras, al que está dispuesto a escuchar. Quien la oye, tiene que hacer realidad la utopía del relato y empezar a vivir de acuerdo con lo narrado.



La explicación que los tres evangelistas ponen a continuación, no aporta nada al relato. Las parábolas no admiten explicación. Jesús no pudo caer en la trampa de intentar explicarlas. Para descubrir el sentido hay que dejarse empapar por las imágenes. La parábola exige una respuesta personal no retórica, sino vital; obliga a tomar postura ante la alternativa de vida que propone. Si no se toma una decisión, es que ya se ha definido la postura: continuar con la propia manera de ver y vivir la realidad.



Los exegetas apuntan a que, en un principio, los protagonistas de la parábola fueron el sembrador y la semilla. El objetivo habría sido animar a predicar sin calcular la respuesta de antemano. No; hay que sembrar a voleo, sin preocuparse de donde cae. La semilla debe llegar a todos. En línea con la primera lectura, pretende que se descubra la fuerza de la semilla en sí, aunque necesita unos mínimos para desarrollarse



No debemos dar ninguna importancia a la cantidad de respuestas. La intensidad de una sola respuesta puede da sentido a toda la siembra. La sinuosa y larga trayectoria de la existencia humana queda justificada con la aparición de un solo Francisco de Asís o de una Teresa de Calcuta. Por eso Jesús pudo decir: El Reino ya está aquí, yo lo hago presente. Tenemos que tratar de comprender que el Reino puede estar creciendo cuando el número de los cristianos está disminuyendo. La plena manifestación puede depender solo de mí.



Más tarde se dio a la parábola un cariz distinto, insistiendo en la disposición de los receptores, y dando demasiada importancia a las condiciones de la tierra. Esta alegorización no sería original de Jesús sino un intento de acomodarla a la nueva situación de los cristianos, cambiando el sentido original y haciéndola más moralizante. Aún en un sentido alegórico, no debemos pensar en unas personas como tierra buena y otras, mala. Más bien debemos descubrir en cada uno de nosotros la tierra dura, las zarzas, las piedras que impiden a la semilla fructificar. En el mismo terreno hay tierra buena, piedras y zarzas.



No debemos identificar la “semilla” con la Escritura. Lo que llamamos “Palabra de Dios”, es ya un fruto de la semilla. Es la manifestación de una presencia que ha fructificado en experiencia personal. La verdadera “semilla”, es lo que hay de Dios en nosotros. Lo importante no es la palabra, sino lo que la palabra expresa. Esa semilla lleva millones de años dando fruto, y seguirá cumpliendo su encargo. El Reino de Dios está ya aquí, y está en acción, pero su manera de actuar es paciente. Dios no actúa nunca violentando la creación.



En este sentido más profundo del concepto de “Palabra de Dios”, podemos recordar el prólogo de Jn. “En el principio ya existía La Palabra”; “y la palabra era Dios”; “y La Palabra (Logos) se ha hecho carne”, es decir, Dios es encarnación. Lo que Dios hace una vez, lo está haciendo siempre. Dios está en cada una de sus criaturas y se manifiesta en todas ellas como algo tan cercano que constituye la base de todo ser. No debemos dar a entender que nosotros los cristianos somos los privilegiados que hemos recibido la semilla (Escritura). Dios se derrama en todos y por todos de la misma manera. Pero Dios no se nos da como producto elaborado, sino como semilla, que cada uno tiene que dejar fructificar.


En esta parábola podemos descubrir el sentido dinámico de la existencia humana. El domingo pasado el evangelio nos había dicho que ni la sabiduría ni el poder ni la virtud eran el principal valor para Jesús. Generalmente caemos en la trampa de creer que dar fruto es hacer obras grandes. La tarea fundamental del ser humano no es hacer cosas, sino hacerse. “Dar fruto” sería dar sentido a mi existencia de modo que al final de ella la creación entera estuviera un poco más cerca de la meta, gracias a mi presencia en ella. Esa meta de la creación es la UNIDAD. Yo no tengo que dar sentido a la creación; se trataría de que por mi culpa no pierda el sentido que ya tiene. En el fondo, mi tarea sería no entorpecer la marcha de la creación entera hacia la consecución de su objetivo final.


Teilhard de Chardin desarrolló la intuición de Pablo y nos hizo ver con gran lucidez cual era esa meta del universo. La materia camina hacia la espiritualización. En toda la materia hay una chispa de Espíritu que es la que tiene que desplegarse hasta formar una inmensa hoguera que engulla toda la creación y consuma lo que es escoria. Ante esta visión grandiosa, resultan completamente ridículas nuestras raquíticas aspiraciones moralizantes. Jesús nunca puso el acento en el cumplimiento de normas y preceptos. Su tarea consistía en ofrecer a todo el que encontraba en su camino, una oferta de salvación que ya estaba en él mismo: Tomar conciencia de lo divino que nos habita y vivir en armonía con esa realidad.


Porque se trata de alcanzar la unidad en el Espíritu, esa plenitud de ser no la puedo encontrar encerrándome en mí mismo, sino descubriendo al otro y potenciando esa relación con el otro como persona. Y digo como persona, porque generalmente nos relacionamos con los demás como cosas, de las que nos podemos aprovechar. Cuando hago esto no me hago más humano, sino menos, porque me estoy deteriorando como ser humano. Descubriendo al otro y volcándome en él, despliego yo mis mejores posibilidades de ser. Hemos llegado a lo que tenía que ser la esencia de lo humano: el amor-entrega.



“El que tenga oídos que oiga”. Esa advertencia vale para nosotros hoy igual que para los que la oyeron de labios de Jesús. En aquel tiempo, era la doctrina oficial la que impedía comprender el mensaje de Jesús. Hoy siguen siendo los prejuicios religiosos, los que nos mantienen atados a falsas seguridades, que nos sigue ofreciendo una religión muy alejada de los orígenes. El aferrarnos a esas seguridades es lo que sigue impidiendo una respuesta al mensaje, adecuada a nuestra situación actual. El evangelio es fácil de oír, más difícil de escuchar y cada vez más complicado de vivir.



Descubrir cuál sería el fruto al que se refiere la parábola sería la clave de su comprensión. El fruto no es el éxito externo, sino el cambio de mentalidad del que escucha. Se trata de situarse en la vida con un sentido nuevo de pertenencia una vez superada la tentación del individualismo egocéntrico. El fruto sería una nueva manera de relacionarse con Dios, consigo mimos, con los demás y con las cosas.


Todos debemos hacer un cuidadoso análisis para descubrir lo que impide que la semilla dé fruto en mí. La dureza del camino, las piedras, las zarzas son ejemplos que nos deben guiar en la búsqueda de nuestros propios impedimentos. A mí el ansia de riquezas o poder no me dice nada; pero el afán de tener siempre razón puede arruinar mi vida espiritual. Debemos tener claro que si la semilla no da fruto, es porque algo se lo impide. La tierra es siempre buena sin no se interponen obstáculos para que la semilla germine.


José A. Pagola


domingo, 3 de julio de 2011

El cristiano y el suicidio: la Biblia como brújula.

Mateo 27: 3-5

El suicidio es el acto de quitarse la propia vida. Muchas religiones lo consideran un pecado y en algunas jurisdicciones se considera un delito. Por otra parte algunas culturas lo ven como una manera honorable de escapar de algunas situaciones humillantes.

Generalmente las actitudes suicidas ocurren como respuestas a situaciones personales abrumadoras tales como el envejecimiento, la muerte de un ser querido, un trauma emocional, sentimientos de culpa, enfermedades graves, aislamiento social y problemas financieros entre otros.

Durante los primeros años de la historia de Israel el suicidio era extremadamente raro. La vida era considerada demasiada preciosa como para terminarla por la propia voluntad. Sólo se mencionan seis casos de suicidio en el Antiguo Testamento. Y es que el pueblo judío comprendió que la vida era un regalo de Dios al hombre y por tanto sólo Dios tenía la potestad de quitarla.

Esta forma de pensar encontró eco en la manera de pronunciarse el cristianismo sobre el suicidio y declaró sin que le temblara la voz que Dios aborrecía y rechazaba a los suicidas. En el Nuevo Testamento existe un sólo caso de suicidio. Judas Iscariote no sólo se hace famoso por haber traicionado a Jesús, sino por llevar a cabo el suicidio.

La persona que aboga por el suicidio piensa que Dios es injusto por enfrentarlo a situaciones límites. Y que la muerte es la solución a tanto sufrimiento.

Una pregunta que nos llega a la mente en relación con el suicidio está vinculada en cuanto al destino del alma del suicida. Y cómo nuestro mundo es blanco y negro los destinos solo son dos: ¿Van al cielo o al infierno? Pero esta no es la pregunta que realmente nos aterra, en realidad el asunto se reduce a sí un creyente puede o no perder la salvación tras suicidarse.

Si miras la Biblia, verás que hay información en cuanto a que un creyente no puede perder su salvación puesto que todos sus pecados han sido ya juzgados en Cristo. Tampoco esto es un estímulo para que los cristianos opten por el suicidio como solución definitiva. Las Escrituras no lo aconsejan al menos. Pero tampoco el acto del suicidio condena a alguien al castigo eterno. Tanto la salvación como la vida eterna son regalos de Dios a todos aquellos que se reconocen pecadores y han confiado de manera personal en que la muerte de Jesús fue la paga justa por sus pecados. La salvación para toda persona descansa sobre la obra completa y perfecta de Jesús en la cruz.

Para los cristianos no hay ningún acto o pecado individual que pueda anular la salvación, cambiar el destino eterno o separar el creyente de Dios.

sábado, 2 de julio de 2011

La responsabilidad en adoración: una visión reforma.

En las Directrices para la adoración en la iglesia se escribe que la adoración cristiana contempla toda la alabanza, honor, gloria y poder a Dios. Cuando adoramos en nuestras celebraciones no estamos haciendo otra cosa que reconocer la presencia de Dios tanto en nuestro mundo como en nuestras vidas. Los reformados creemos que cuando la iglesia responde al llamado de Dios y se deja conducir por la acción renovadora del Espíritu Santo, los creyentes son transformados. Mediante la adoración nos ofrecemos a Dios y se nos dan las herramientas para servir al mundo.
En nuestra comunidad la adoración es una responsabilidad del Consejo de presbíteros y del pastor o la pastora; pero para ejercerla han de contar con la dirección del Espíritu Santo que se expresa en las Escrituras, en las tradiciones de los cristianos reformados y en las necesidades y circunstancias de cada congregación en particular.
En nuestra tradición presbiteriana nadie está excluido de la participación en la adoración, de hecho toda la iglesia tiene derecho a formar parte de ella, aunque algunas personas puedan, haciendo uso de sus dones, asumir acciones de liderazgo durante el servicio.
Es el Consejo de presbíteros quien tiene la responsabilidad de propiciar la adoración y hacer lo que esté a su alcance para que toda la iglesia participe en ella mediante el canto, así como velar porque la Palabra de Dios sea predicada, los sacramentos celebrados y la oración comunitaria sea practicada.
Es el Consejo quien decide cuándo, en que tiempo y en que lugar se reunirá la congregación para adorar. Es el Consejo quien determina la frecuencia para realizar los sacramentos y los responsables de su administración. Es el Consejo de presbíteros quien velará por el arreglo del local donde se adora, el mobiliario, el programa musical y quien da la autorización para el uso de otras artes en el culto.
El pastor o la pastora tiene responsabilidades especificas que no están sujetas a la dirección de los presbíteros, como es la selección de los textos bíblicos que han de ser leídos, la predicación, orientar en las oraciones publicas que sean de beneficio comunitario y seleccionar los himnos y cánticos que formarán parte de la liturgia.
La adoración verdadera, como la entendemos los reformados es un estilo de vida, no un evento semanal o una actividad únicamente que nos enajena de la dura realidad.