martes, 14 de junio de 2011

El cristiano ante Dios

Juan 3: 16-18

No siempre se nos hace fácil a los cristianos relacionarnos de manera concreta y viva con el misterio de Dios confesado como Trinidad. Sin embargo, la crisis religiosa nos está invitando a cuidar más que nunca una relación personal, sana y gratificante con él. Jesús, el Misterio de Dios hecho carne en el Profeta de Galilea, es el mejor punto de partida para reavivar una fe sencilla.

¿Cómo vivir ante el Padre? Jesús nos enseña dos actitudes básicas. En primer lugar, una confianza total. El Padre es bueno. Nos quiere sin fin. Nada le importa más que nuestro bien. Podemos confiar en él sin miedos, recelos, cálculos o estrategias. Vivir es confiar en el Amor como misterio último de todo.

En segundo lugar, una docilidad incondicional. Es bueno vivir atentos a la voluntad de ese Padre, pues sólo quiere una vida más digna para todos. No hay una manera de vivir más sana y acertada. Esta es la motivación secreta de quien vive ante el misterio de la realidad desde la fe en un Dios Padre.

¿Qué es vivir con el Hijo de Dios encarnado? En primer lugar, seguir a Jesús: conocerlo, creerle, sintonizar con él, aprender a vivir siguiendo sus pasos. Mirar la vida como la miraba él; tratar a las personas como él las trataba; sembrar signos de bondad y de libertad creadora como hacía él. Vivir haciendo la vida más humana. Así vive Dios cuando se encarna. Para un cristiano no hay otro modo de vivir más apasionante.En segundo lugar, colaborar en el Proyecto de Dios que Jesús pone en marcha siguiendo la voluntad del Padre. No podemos permanecer pasivos. A los que lloran Dios los quiere ver riendo, a los que tienen hambre los quiere ver comiendo. Hemos de cambiar las cosas para que la vida sea vida para todos. Este Proyecto que Jesús llama "reino de Dios" es el marco, la orientación y el horizonte que se nos propone desde el misterio último de Dios para hacer la vida más humana.

¿Qué es vivir animados por el Espíritu Santo? En primer lugar, vivir animados por el amor. Así se desprende de toda la trayectoria de Jesús. Lo esencial es vivirlo todo con amor y desde el amor. Nada hay más importante. El amor es la fuerza que pone sentido, verdad y esperanza en nuestra existencia. Es el amor el que nos salva de tantas torpezas, errores y miserias.

Por último, quien vive "ungido por el Espíritu de Dios" se siente enviado de manera especial a anunciar a los pobres la Buena Noticia. Su vida tiene fuerza liberadora para los cautivos; pone luz en quienes viven ciegos; es un regalo para quienes se sienten desgraciados.

José Antonio Pagola

jueves, 9 de junio de 2011

Pentecostés

Juan 20,19-23

Los textos que leemos este domingo hacen referencia al Espíritu, pero de muy diversa manera. El relato de Lc no debemos entenderlo como una crónica periodística. Es teología que debemos descubrir más allá de la literalidad del discurso. Pablo aporta una idea genial al hablar de los órganos al servicio del cuerpo. Hoy podemos apreciar mejor la profundidad del ejemplo porque sabemos que la vida mantiene organizadas y da unidad a billones de células que vibran con la misma vida. Cuando un número relativamente pequeño de células se empeña en desarrollarse al margen de esa integración, ocasionan la muerte de todas las demás y la suya propia (cáncer). Un ejemplo de lo que el Espíritu hace con todos los seres humanos, todos formamos una unidad mayor y más fuerte aún que la que expresa cualquier forma de vida biológica. El evangelio de Jn escenifica también otra venida del Espíritu, pero mucho más sencilla que la de Lc. Esas distintas “venidas” nos advierte de que en realidad, Dios-Espíritu-Vida no tiene que venir de ninguna parte. Está siempre en nosotros sin posible separación.

No estamos celebrando una fiesta en honor del Espíritu Santo ni recordando un hecho que aconteció en el pasado. Estamos tratando de descubrir y vivir una realidad que está tan presente hoy como hace dos mil años. La fiesta de Pentecostés es la expresión última de la experiencia pascual. Los primeros cristianos tenían muy claro que todo lo que estaba pasando en ellos era obra del Espíritu-Jesús-Dios. Vivieron la presencia de Jesús de una manera más real que su misma presencia física. Ahora, era cuando Jesús estaba de verdad realizando su obra de salvación en cada uno de los fieles y en la comunidad. Recordemos que una vez muerto, Jesús Dios y el Espíritu son una única realidad.

De acuerdo con la teología más tradicional, la distinción entre las tres personas de la Trinidad sólo tiene efecto en sus relaciones “ad intra” es decir, en sus relaciones entre ellas mismas. Cuando se relacionan “ad extra”, es decir, con el resto de la creación, se comportan siempre como UNO, Dios. Lo que los escolásticos no llegaron a vislumbrar es que no puede existir nada “extra” Dios, porque nada de lo que existe puede estar fuera de Él. Cuando decimos ‘Espíritu Santo’, debemos entender Dios-Espíritu, no una entidad que anda por ahí haciendo de las suyas separada del Padre y del Hijo. Esta simple consideración evitaría la mayoría de los errores que arrastramos sobre el Espíritu Santo. Mi relación con Dios no es la relación de un yo con un . Se trata más bien, de la relación de mi yo con el YO, que es la quintaesencia de mi propio yo. Ésta es la experiencia de todos los místicos.

El Espíritu es una realidad tan importante en nuestra vida espiritual, que nada podemos hacer ni decir si no es por él. Ni siquiera decir: “Jesús es el Señor” Ni decir “Abba”, si no es movidos desde Él. Pero con la misma rotundidad hay que decir que nunca podrá faltarnos la acción del Espíritu, porque no puede faltarnos Dios en ningún momento. El Espíritu no es un privilegio ni siquiera para los que creen. Todos tenemos como fundamento de nuestro ser a Dios-Espíritu, aunque no seamos conscientes de ello. El Espíritu no tiene dones que darme. Es Dios mismo el que se da, para que yo pueda ser.

Cada uno de los fieles está impregnado de ese Espíritu-Dios que Jesús prometió a los discípulos. Sólo la persona es sujeto de inhabitación. Los entes de razón como instituciones y comunidades, participan del Espíritu en la medida en que lo tienen los seres humanos que las forman. Por eso vamos a tratar de esa presencia del Espíritu en las personas. Por fortuna estamos volviendo a descubrir la presencia del Espíritu en todos y cada uno de los cristianos. Volvemos a ser conscientes de que, sin él, nada somos.

Ser cristiano no consiste en aceptar una serie de verdades teórica, ni en cumplir una serie de normas morales, ni siquiera en llevar a cabo unos cuantos ritos sagrados. Todo eso no sirve de nada si no llegamos a una vivencia personal de la realidad de Dios-Espíritu que nos empuja desde dentro a la plenitud de ser. Es lo que Jesús vivió. El evangelio no deja ninguna duda sobre la relación de Jesús con Dios-Espíritu: fue una relación “personal”; Se atreve a llamarlo papá, cosa inusitada en su época y aún en la nuestra; hace su voluntad; le escucha siempre, etc. Todo el mensaje de Jesús se reduce a manifestar su experiencia de Dios como Espíritu. El único objetivo de su predica­ción fue que también nosotros lleguemos a esa misma experiencia.

El Espíritu nos hace libres. “No habéis recibido un espíritu de esclavos, sino de hijos que os hace clamar Abba, Padre”. El Espíritu tiene como misión hacernos ser nosotros mismos. Eso supone el no dejarnos atrapar por cualquier clase de esclavitud alienante. El Espíritu es la energía que tiene que luchar contra las fuerzas desintegradoras de la persona humana: “demonios”, pecado, ley, ritos, teologías, interese de un "yo" fenoménico, miedos. A veces hemos entendido la acción del Espíritu como coacción externa que podría privarnos de libertad. Hay que tener en cuente que estamos hablando de Dios que obra desde lo hondo del ser y acomodán­dose totalmente a la manera de ser de cada uno, por lo tanto esa acción no se puede equiparar ni sumar ni contraponer a nuestra acción, ser trata de una moción que en ningún caso violenta ni el ser ni la voluntad del hombre.

Si Dios-Espíritu está en lo más íntimo de todos y cada uno de nosotros, no puede haber privilegiados en la donación del Espíritu. Dios no se parte. Si tenemos claro que todos los miembros de la comunidad son una cosa con Dios-Espíritu, ninguna estructura de poder o dominio puede justificarse apelando Él. Por el contrario, Jesús dejó bien claro que la única autoridad que quedaba sancionada por él, era la de servicio. "El que quiera ser primero sea el servidor de todos." O, "no llaméis a nadie padre, no llaméis a nadie Señor, no llaméis a nadie maestro, porque uno sólo es vuestro Padre, Maestro y Señor."

El Espíritu es la fuerza de unión de la comunidad. En Pentecos­tés, las personas de distinta lengua se entienden, porque la lengua del Espíritu es el amor, que todo el mundo puede comprender; lo contrario de lo que pasó en Babel. Este es el mensaje teológico. Dios-Jesús-Espíritu hace de todos los pueblos uno, “destruyendo el muro que los separaba, el odio”. Durante los primeros siglos fue el Dios-Jesús-Espíritu el alma de la comunidad. Se sentían guiados por él y se daba por supuesto que todo el mundo tenía experiencia de su acción. Jesús promueve una fraternidad cuyo lazo de unidad es el Espíritu-Jesús-Dios. Para las primeras comunidades, Pentecostés es el fundamento de la Iglesia naciente. Está claro que para ellas la única fuerza de cohesión era la fe en Jesús, que seguía presente en ellos por el Espíritu. La pérdida de la tensión escatológica y el abandono de la vivencia, lleva a una reinterpreta­ción de lo cristiano, en términos tomados de la ética greco-romana. A partir de la paz de Constantino, el marco de la acción cristiana queda reducido y encerrado en el espacio de la Iglesia jerarquizada. Ésta deja de ser comunidad de Espíritu para convertirse en estructura jurídica.

Es muy difícil armonizar esta presencia del Espíritu en cada miembro de la comunidad con la obediencia tal como se ha interpretado y se sigue interpretando con demasiada frecuencia. En nombre de esa falsa obediencia, se ha utilizado la autoridad para hacer personas sin voluntad propia y completa­mente dóciles a los caprichos del superior de turno. Lo que se ha pretendido con esa obediencia es sometimientos aberrantes en provecho de la institución o de personalidades autoritarias que utilizan a Dios como instrumento de dominio de los demás. En estos casos, no es la voluntad de Dios la que se busca, sino someter a los demás a la propia voluntad. La verdadera autoridad no se justifica por el Espíritu, sino por la necesidad de la comunidad humana. Pablo propone una comunidad enriquecida por la diversidad de sus miembros.“Obediencia” fue la palabra escogida por la primera comunidad para caracterizar la vida y obra de Jesús en su totalidad. Pero cuando nos acercamos a la persona de Jesús con el concepto equivocado de obediencia, quedamos desconcertados porque descubrimos que no fue obediente en absoluto, ni a sus familia ni a los sacerdotes ni a la Ley ni a las autoridades civiles. Pero se atrevió a decir: “mi alimento es hacer la voluntad del Padre.”

El único camino para salir del peligro de una falsa obediencia es que entremos en la dinámica de la escucha del Dios-Espíritu que todos poseemos y nos posee por igual. Tanto los superiores como los inferiores, tenemos que abrirnos a la trascendencia y tratar cada día de escuchar al Espíritu y dejarnos guiar por él. Conscientes de nuestras limitaciones, no solo debemos experimentar la presencia en nosotros de Dios-Espíritu, sino que tenemos que estar también atentos a las experiencias pasadas, presentes y pretéritas de los demás. Creernos por encima de los demás anulará toda escucha del Espíritu.

José A. Pagola

martes, 7 de junio de 2011

¿Somos creyentes o ateos?

Tema 4
Curso Entre la duda y la fe.
Miércoles 8 Junio

I. Las creencias de Jesús.

Los testimonios de los que afirmaron conocer a Jesús fue que en él había una asombrosa congruencia. Lo que el decía y lo que él pensaba estaba en armonía con lo que hacia. Jesús fue un maestro. Y cómo maestro quiso cambiar las convicciones o creencias de sus oyentes. ¿Qué tipo de creencias crees que estaba interesado en cambiar: las públicas, las privadas o las básicas?

Como todo buen maestro Jesús estaba interesado en las creencias básicas de sus discípulos. Estaba interesado en mostrarnos como eran las cosas en verdad. Cuando la realidad que vivimos nos importa entonces nuestra fe tiene que servir para algo. Nuestra fe se convierte en el motor de cambio.

Pero no basta con saber que tipo de creencia tenemos para cambiar las cosas. Tampoco podemos saber que le pasaba a Jesús por su mente cuando decía lo que decía o hacía lo que hacia. Intentar hacer ese ejercicio es especular.

Pero los discípulos sabían algo sobre Jesús: vivía la realidad de Dios y anunciaba lo que creía. Por ejemplo, él creía que Dios siempre estaba a su lado y le amaba. Para Jesús esto era una creencia básica. Jesús creía tanto esto como nosotros creemos en la ley de gravedad.

Los discípulos veían a Jesús y pensaban: Me gusta ese tipo. Me gustaría poder vivir así. Y cuando ellos comenzaron a tratar de reproducir los actos de Jesús entonces entendieron que sus enseñanzas tenían sentido cuando las ponían en práctica. La generosidad funcionaba mejor que el acaparar. El perdón funcionaba mejor que la venganza.

El crecimiento de los discípulos tuvo el siguiente gráfico:

Primero tuvieron fe en Jesús------------después empezaron a tener la fe de Jesús

II. ¿Qué significa tener fe?

Tener fe incluye entre otras cosas albergar algunas creencias. La fe incluye una actitud de esperanza y confianza. No obstante, en su misma esencia, la fe significa confiar en una persona.

El cristianismo, en general, con sus enseñanzas dominicales y encuentros durante la semana intenta que la gente confié en Jesús para la eternidad; sin que primero aprendan a confiar en él en sus vidas diarias. Si nos remitimos a la sicología, entonces este método no funciona. Y es que este método produce creyentes que dicen confiar en Jesús y que hasta a lo mejor creen en él; pero que su vida diaria no refleja esta confianza ni creencia. Por tanto tenemos cristianos que no están viviendo como Jesús lo haría.

Ya sabemos que es arduo vivir como Jesús si no tenemos algunas creencias básicas en la manera de confiar y de vivir. A gente así Santiago le escribe: Hermanos míos, ¿de qué sirve alegar que tenemos fe, si no tiene obras? ¿Acaso podrá salvarlo esa fe?...Pues bien, muéstrame tu fe sin las obras, y yo te mostraré la fe por mis obras? Stgo. 2: 14, 18.

III. El problema de las obras.

Nuestra realidad esta saturada de personas que se dicen cristianas, pero que resultan comportarse como egoístas, como codiciosos, como jueces. Otros cristianos se comportan con humildad y generosidad. Y si los vemos con el envoltorio no hay mucha diferencia entre ambos grupos. Es más, ambos grupos dicen confiar en Jesús. Pero sus mapas mentales, sus creencias básicas, las que les permiten ver la vida tal como es, están tan separados como la noche y el día. Y por tanto producen dos tipos diferentes de personas, dos tipos diferentes de almas, aunque digan el mismo credo.

Hay personas con un credo muy público, muy ortodoxo. Hay personas con convicciones privadas que son ciento por ciento ortodoxas; pero que en su mapa mental les conduce a la avaricia, al egoísmo, a la arrogancia, a la falta de amor. Como veremos hay buenos credos que te llevan por el camino equivocado.

Hay otras personas con un credo poco ortodoxo. Su teología está llena de dudas e incertidumbres, sin embargo su mapa mental en cuestiones de generosidad, perdón, gracia y amor está mucho más cerca de las creencias básicas de Jesús que el del grupo anterior.

¿Qué grupo de persona tu crees que tiene más fe? ¿Cuál de los dos grupos muestra más señales de ser creyentes? Parece ser que muchos ateos son creyentes sin saberlo, así como muchos creyentes son ateos sin saberlo. Y es que podemos creer sinceramente en la existencia de Dios; pero vivir como si no lo hubiera.

Jesús nunca le dijo a sus discípulos: Crean en mis argumentos, sino que les dijo: Síganme. Pero seguir a Jesús implica correr riesgos. Podemos seguir a Jesús y decidir construir nuestra casa con paja, o con ramas, o con ladrillos. Hacer un camino siempre tiene sus sorpresas. Construir una casa también. Y es que no sabemos como soportará las tormentas. Pero el hecho es que todos construimos algo: una casa, una familia, una profesión, una relación. ¿Pero, tendremos alguna vez un hogar?

viernes, 3 de junio de 2011

¿De verdad queremos ser cristianos?

Mt 28,16-20

Si hemos vislumbrado en alguna medida lo que nos decía Jn los dos domingos pasados, en esa medida, se nos hará muy cuesta arriba entender la fiesta de hoy y la de los tres domingos siguientes. La subida de Jesús al cielo, la venida del Espíritu, la Trinidad, la Eucaristía están presentadas por los textos litúrgicos como realidades externas que se dieron en otro tiempo. Mal orientados por los textos, la inmensa mayoría de los cristianos las entendemos mal. No podemos seguir utilizando un lenguaje que responde a una visión mítica de la realidad. Cuando se creía que Dios estaba en lo más alto, que el hombre estaba en el medio y que el demonio estaba en lo más bajo, el lenguaje utilizado se entendía perfectamente. De Jesús se dice expresamente: Bajó del cielo, se hizo hombre, descendió a los infiernos y volvió a subir. Nuestra manera de entender la realidad ha cambiado drásticamente. Hoy no nos dice nada un cielo o un infierno como lugares de referencia.

Debemos entender la ascensión como parte del misterio pascual que es una única realidad. Ni la resurrección, ni la ascensión, ni el sentarse a la derecha del Padre, ni la glorificación, ni la venida del Espíritu, son hechos separados. Se trata de una realidad única que está sucediendo en este mismo instante. Los conceptos que le aplicamos son los que utilizamos en esta vida para determinar realidades temporales. La realidad trascendente a la que los aplicamos no tiene lugar ni tiempo; se queda fuera del alcance de los sentidos. Decir de Jesús después de muerto: a los tres días, a los ocho días, a los cuarenta días, a los cincuenta días, no tiene sentido ninguno. Hablar de Galilea o de Jerusalén, o decir que está sentado a la derecha de Dios. Entendido literalmente es absurdo.

Esto no quiere decir que sea una realidad inventada. Todo lo contrario, esa es la ÚNICA REALIDAD. Es la realidad sujeta al tiempo y al espacio la que no tiene consistencia alguna. Esa realidad intangible ha tenido una repercusión real en la vida de los cristianos, y eso sí se puede descubrir a través de los sentidos y constatar históricamente. Esa realidad no temporal, no localizable es la que hay que tratar de descubrir para que tenga también en nosotros la misma eficacia transformadora. Si seguimos creyendo que es un acontecimiento que sucedió a una hora determinada, en un día determinado, en un lugar determi¬nado, ¿Qué puede significar para nosotros hoy? ¿Es simplemente un recuerdo, una celebración como la celebración de un cumpleaños? Esta es la clave que yo quiero resaltar hoy. Es un tema importante porque puede marcar la diferencia entre recordar y vivir.

Las realidades espirituales, por ser atemporales, pertenecen al hoy como al ayer, son tan nuestras como de Pedro o Juan. No han sucedido hace dos mil años, sino que están sucediendo en este instante. Son realidades que están afectando a nuestra propia vida. Puedo vivirlas yo como las vivieron los apóstoles. Es más, el único objetivo del mensaje evangélico, es que todos lleguemos a vivirlas como las vivieron ellos. La ascensión del hombre Jesús, empezó en el pesebre y terminó en la cruz cuando exclamó: “Todo está cumplido”. Ahí terminó la trayectoria humana de Jesús y sus posibilidades de crecer como criatura, de elevarse sobre sí mismo. Después de ese paso no existe el tiempo, por lo tanto, no puede suceder nada para él. Es todo como un chispazo instantáneo que dura toda la eternidad. Él había llegado a la meta, a la plenitud total en Dios. Precisamen¬te por haberse despegado de todo lo que en él era caduco, transitorio, terreno, sólo permaneció de él lo que había de Dios, y por tanto se identificó con Dios totalmente, absolutamente. Esa es también nuestra meta. El camino también es el mismo; por el descubrimiento de lo divino, llegar al don total de sí mismo.

¿De verdad queremos ser cristianos? ¿Tenemos la intención de recorrer la misma senda, de alcanzar la misma plenitud, la misma meta? ¿Estamos dispuestos a dejarnos aniquilar en esa empresa, a aceptar que no quedará nada de lo que creo ser? Es duro, pero no puede haber otro camino. Si renuncio al don total de mí mismo, renuncio a alcanzar la meta. Como en Jesús, ese don total sólo será posible cuando descubra que Dios Espíritu se me ha dado totalmente, y está en mí para llevar a cabo esa obra de amor.Tal vez nos conformemos con quedarnos pasmados mirando al cielo y esperando que él vuelva por nosotros. Esa es la mejor manera de hacer polvo todo el quehacer de Jesús en esta tierra. La idea de que Dios o Jesús o el Espíritu pueden hacer en un momento determinado algo por mí, ha desvirtuado la religiosidad cristiana. Dios, Jesús y el Espíritu lo están haciendo todo por mí en todo instante. Yo soy el que tengo que hacer algo en un momento determinado para descubrir esa realidad y hacerla mía viviéndola.

El relato de Mt que acabamos de leer, es un prodigio de síntesis teológica. No hay en él ninguna alusión a la subida al cielo, ni a dejar de verlo. Consta simplemente, de una localización dada, una proclamación de poder y tres ideas básicas. Situar la escena en un monte sin nombre, es una indicación suficiente de que lo que le interesa no es el lugar, sino el simbolismo. El monte significa el ámbito de lo divino, donde está Dios y donde quiere situar también a Jesús. Que Mt lo sitúe en Galilea, tiene también un significado muy importante. En Galilea había comenzado Jesús su predicación. Es allí donde Mt quiere localizar el comienzo de la predicación de la Iglesia naciente. Quiere resaltar que Judea había rechazado a Jesús y no era ya el lugar donde debía uno encontrarse con Dios.

La primera idea que resalta es la de la glorificación de Jesús. “Se me ha dado todo poder en el cielo y en la tierra”. Jesús no pudo decir que se le ha dado todo poder, porque lo primero que hizo después del bautismo fue rechazar todo poder como la mayor de las tentaciones. Esta ambivalencia del lenguaje nos ha despistado de tal manera que es muy difícil aclararse. No puede haber un poder bueno y otro malo. Todos son perversos sobre todo el religioso. Quiere indicar la máxima exaltación posible. No podemos entenderlo en sentido de poder coercitivo o glorificación externa. Se trata de expresar que ha alcanzado la plenitud absoluta por haberse identificado con Dios en el don total de sí mismo. Debemos tener en cuenta que la primera interpretación del misterio pascual, que ha llegado hasta nosotros, está formulada en términos de exaltación y glorificación; antes incluso de hablar de resurrección. Los textos quieren dejar muy claro que mientras mayor ha sido la humillación, más resaltará la gloria.

La segunda es el envío a predicar. También tiene un carácter absoluto “todos los pueblos”. El tema de la misión es crucial en todos los relatos pascuales. La primera comunidad intentan justificar lo que era ya práctica generalizada de los cristianos. El predicar el “Reino de Dios”, no es un capricho de unos iluminados, sino mandato expreso de Jesús. Todo cristiano tiene como primera obligación, llevar a los demás el mensaje de su Maestro. Sin embargo, en los Hechos se plantean muy seriamente si se debía aceptar a los gentiles a la fe o se les tenía que obligar primero a ser judíos. Si hubieran recibido de Jesús un encargo tan claro y directo, no hubieran tenido motivos para la duda.

La formula: “En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo”, nos está hablando de una larga andadura en teología pascual. Es impensable que se utilizara desde el principio. La primera fórmula del bautismo fue: “En el nombre del Señor Jesús”.Más importante es la particularidad de la enseñanza. No se trata de enseñar doctrinas ni ritos ni normas morales sino de instar a una manera de proceder. Esto está muy de acuerdo con la insistencia de los evangelios en las obras como manifestación de la presencia de Dios en Jesús, y como consecuencia de la adhesión a Jesús. Si tenemos en cuenta que el núcleo del evangelio es el amor, comprenderemos que en la práctica, lo primero que tiene que manifestarse en un cristiano, es ese amor.

La tercera idea es también clave en la comprensión del misterio pascual. “Yo estaré con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo”. Fue el tema del evangelio de los dos domingos pasados: “no os dejaré desamparados”. Sin esta presencia sería imposible llevar a cabo la tarea encomendada. Ya los evangelios habían dejado claro que todo lo que hizo Jesús era obra del Padre o que era el Espíritu el que actuaba en él. Ahora sigue siendo Dios en sus tres dimensiones el que va a continuar la obra de salvación a través de sus seguidores. Hay que resaltar que el final del evangelio de Mt, sea precisamente la promesa de Jesús de estar siempre con nosotros. Recordar que Jesús habla de enviar al Espíritu, de quedarse él con nosotros, de que el Padre vendrá a cada uno. Son maneras de hablar que no deben confundirnos. Los tres “vendrán” a mi conciencia cuando me dé cuenta de que están ahí. En realidad no tienen que venir de ninguna parte porque la realidad trascendente ni está aquí ni está allí.


José A. Pagola

miércoles, 1 de junio de 2011

La escuela de Jesús.

Mateo, 28,16-20

La situación que se vive hoy en nuestras comunidades cristianas no es nada fácil. En nuestro corazón de seguidores de Jesús surgen no pocas preguntas: ¿Dónde reafirmar nuestra fe en estos tiempos de crisis religiosa? ¿Qué es lo importante en estos momentos? ¿Qué hemos de hacer en las comunidades de Jesús? ¿Hacia dónde hemos de orientar nuestros esfuerzos?

Mateo concluye su relato evangélico con una escena de importancia excepcional. Jesús convoca por última vez a sus discípulos para confiarles su misión. Son las últimas palabras que escucharán de Jesús: las que han de orientar su tarea y sostener su fe a lo largo de los siglos. Siguiendo las indicaciones de las mujeres, los discípulos se reúnen en Galilea. Allí había comenzado su amistad con Jesús. Allí se habían comprometido a seguirlo colaborando en su proyecto del reino de Dios. Ahora vienen sin saber con qué se pueden encontrar. ¿Volverán a verse con Jesús después de su ejecución?

El encuentro con el Resucitado no es fácil. Al verlo llegar, los discípulos «se postran» ante él; reconocen en Jesús algo nuevo; quieren creer, pero «algunos vacilan». El grupo se mueve entre la confianza y la tristeza. Lo adoran pero no están libres de dudas e inseguridad. Los cristianos de hoy los entendemos. A nosotros nos sucede lo mismo. Lo admirable es que Jesús no les reprocha nada. Los conoce desde que los llamó a seguirlo. Su fe sigue siendo pequeña, pero a pesar de sus dudas y vacilaciones, confía en ellos. Desde esa fe pequeña y frágil anunciarán su mensaje en el mundo entero. Así sabrán acoger y comprender a quienes a lo largo de los siglos vivirán una fe vacilante. Jesús los sostendrá a todos.

La tarea fundamental que les confía es clara: «hacer discípulos» suyos en todos los pueblos. No les manda propiamente a exponer doctrina, sino a trabajar para que el mundo haya hombres y mujeres que vivan como discípulos y discípulas de Jesús. Seguidores que aprendan a vivir como él. Que lo acojan como Maestro y no dejen nunca de aprender a ser libres, justos, solidarios, constructores de un mundo más humano.

Mateo entiende la comunidad cristiana como una "escuela de Jesús". Seremos muchos o pocos. Entre nosotros habrá creyentes convencidos y creyentes vacilantes. Cada vez será más difícil atender a todo como quisiéramos. Lo importante será que entre nosotros se pueda aprender a vivir con el estilo de Jesús. El es nuestro único Maestro. Los demás somos todos hermanos que nos ayudamos y animamos mutuamente a ser sus discípulos.

José Antonio Pagola