Resurrección
Me gustaría comentaros algo acerca de la palabra RESURRECCIÓN. A mí me parece una palabra preciosa y que realmente pocas veces la utilizamos en nuestro vocabulario.
Por otro lado, comentaros en cuanto a la cantidad de decisiones que tomamos cada día, probablemente cientos de ellas, la mayoría de forma prácticamente inconsciente o mecánica. Me refiero a cosas como: ¿Voy en autobús o me voy andando? ¿Llamo yo por teléfono o, ya me llamará él?
Y lo cierto es que hay una gran diferencia entre ir caminando por nuestra ciudad o viajar sentados.
Si me lo permitís, me gustaría leeros una pequeña lista que he confeccionado intentando devolver a estas pequeñas decisiones cotidianas la importancia que merecen.
Por ejemplo: (y ahora entenderéis lo de la resurrección)
¿Hoy Cediste el paso en el supermercado o en la acera a alguien? hoy resucitó la amabilidad.
¿Hoy te ilusionaste con algo? Hoy resucitó la alegría
¿Hoy no te rendiste? Hoy resucitó la esperanza
¿Hoy te dieron un abrazo? Hoy resucitó tu fuerza, por si querías rendirte
¿Hoy le hiciste cosquillas a alguien? Hoy resucitó la risa
¿Hoy defendiste tus derechos sin perder los papeles? Hoy resucitó la inteligencia
¿Hoy decidiste bajar el arma y no disparar? Entonces hoy resucitaron dos personas
¿Hoy dedicaste tiempo a disfrutar de lo que te rodea? Hoy resucitó la sabiduría
¿Hoy te has enamorado? Hoy resucitó una canción
¿Hoy has podido mirarte en el espejo y sostener la mirada? Hoy ha resucitado nuestro bien más preciado… LA PAZ contigo mismo
HOY ESTAMOS VIVIENDO EN COMUNIÓN. HOY HA RESUCITADO LA PASCUA
Lola Sabroso.
miércoles, 11 de mayo de 2011
La puerta
La puerta
Jn. 10, 1-10
Jesús propone a un grupo de fariseos un relato metafórico en el que critica con dureza a los dirigentes religiosos de Israel. La escena está tomada de la vida pastoril. El rebaño está recogido dentro de un aprisco, rodeado por un vallado o un pequeño muro, mientras un guarda vigila el acceso. Jesús centra precisamente su atención sobre esa «puerta» que permite llegar hasta las ovejas.
Hay dos maneras de entrar en el redil. Todo depende de lo que uno pretenda hacer con el rebaño. Si alguien se acerca al redil y «no entra por la puerta», sino que salta «por otra parte», es evidente que no es el pastor. No viene a cuidar a su rebaño. Es «un extraño» que viene a «robar, matar y hacer daño».
La actuación del verdadero pastor es muy diferente. Cuando se acerca al redil, «entra por la puerta», va llamando a las ovejas por su nombre y ellas atienden su voz. Las saca fuera y, cuando las ha reunido a todas, se pone a la cabeza y va caminando delante de ellas hacia los pastos donde se podrán alimentar. Las ovejas lo siguen porque reconocen su voz.¿Qué secreto se encierra en esa "puerta" que legitima a los verdaderos pastores que pasan por ella y que desenmascara a los extraños que entran «por otra parte», no para cuidar del rebaño sino para hacerle daño? Los fariseos no entienden de qué les está hablando aquel Maestro.
Entonces Jesús les da la clave del relato: «Os aseguro que yo soy la puerta de las ovejas». Quienes entran por el camino abierto por Jesús y le siguen viviendo su evangelio, son verdaderos pastores: sabrán alimentar a la comunidad cristiana. Quienes entran en el redil dejando de lado a Jesús e ignorando su causa, son pastores extraños: harán daño al pueblo cristiano.
En no pocas Iglesias estamos sufriendo todos mucho: los pastores y el pueblo de Dios. Las relaciones entre la Jerarquía y el pueblo cristiano se viven con frecuencia de manera recelosa, crispada y conflictiva: hay obispos que se sienten rechazados; hay sectores cristianos que sienten marginados. Sería demasiado fácil atribuirlo todo al autoritarismo abusivo de la jerarquía o a la insumisión inaceptable de los fieles. La raíz es más profunda y compleja. Hemos creado una situación muy difícil. Hemos perdido la paz. Vamos a necesitar cada vez más a Jesús.
Hemos de hacer crecer entre nosotros el respeto mutuo y la comunicación, el diálogo y la búsqueda sincera de verdad evangélica. Necesitamos respirar cuanto antes un clima más amable en la Iglesia. No saldremos de esta crisis si no volvemos todos al espíritu de Jesús. El es la Puerta.
José Antonio Pagola
Jn. 10, 1-10
Jesús propone a un grupo de fariseos un relato metafórico en el que critica con dureza a los dirigentes religiosos de Israel. La escena está tomada de la vida pastoril. El rebaño está recogido dentro de un aprisco, rodeado por un vallado o un pequeño muro, mientras un guarda vigila el acceso. Jesús centra precisamente su atención sobre esa «puerta» que permite llegar hasta las ovejas.
Hay dos maneras de entrar en el redil. Todo depende de lo que uno pretenda hacer con el rebaño. Si alguien se acerca al redil y «no entra por la puerta», sino que salta «por otra parte», es evidente que no es el pastor. No viene a cuidar a su rebaño. Es «un extraño» que viene a «robar, matar y hacer daño».
La actuación del verdadero pastor es muy diferente. Cuando se acerca al redil, «entra por la puerta», va llamando a las ovejas por su nombre y ellas atienden su voz. Las saca fuera y, cuando las ha reunido a todas, se pone a la cabeza y va caminando delante de ellas hacia los pastos donde se podrán alimentar. Las ovejas lo siguen porque reconocen su voz.¿Qué secreto se encierra en esa "puerta" que legitima a los verdaderos pastores que pasan por ella y que desenmascara a los extraños que entran «por otra parte», no para cuidar del rebaño sino para hacerle daño? Los fariseos no entienden de qué les está hablando aquel Maestro.
Entonces Jesús les da la clave del relato: «Os aseguro que yo soy la puerta de las ovejas». Quienes entran por el camino abierto por Jesús y le siguen viviendo su evangelio, son verdaderos pastores: sabrán alimentar a la comunidad cristiana. Quienes entran en el redil dejando de lado a Jesús e ignorando su causa, son pastores extraños: harán daño al pueblo cristiano.
En no pocas Iglesias estamos sufriendo todos mucho: los pastores y el pueblo de Dios. Las relaciones entre la Jerarquía y el pueblo cristiano se viven con frecuencia de manera recelosa, crispada y conflictiva: hay obispos que se sienten rechazados; hay sectores cristianos que sienten marginados. Sería demasiado fácil atribuirlo todo al autoritarismo abusivo de la jerarquía o a la insumisión inaceptable de los fieles. La raíz es más profunda y compleja. Hemos creado una situación muy difícil. Hemos perdido la paz. Vamos a necesitar cada vez más a Jesús.
Hemos de hacer crecer entre nosotros el respeto mutuo y la comunicación, el diálogo y la búsqueda sincera de verdad evangélica. Necesitamos respirar cuanto antes un clima más amable en la Iglesia. No saldremos de esta crisis si no volvemos todos al espíritu de Jesús. El es la Puerta.
José Antonio Pagola
jueves, 5 de mayo de 2011
¿Cómo encontrar a Cristo hoy?
Lc 24,13-35
Por tercer domingo consecutivo se nos propone un relato enmarcado en el “primer día de la semana” (ya hemos dicho muchas veces que la experiencia pascual no es cuestión de un Día). Esta vez es Lc el que resalta la importancia que ya tenía para las primeras comunidades la reunión de cada domingo. Estos dos discípulos pasan, de creer en un Jesús profeta pero condenado a una muerte destructora, a descubrirlo vivo y dándoles Vida. De la desesperanza, pasan a vivir la presencia de Jesús. Se alejaban de Jerusalén tristes y decepcionados; vuelven a toda prisa, contentos e ilusionados. El pesimismo les hace abandonar el grupo, el optimismo les obliga a volver para contar la gran noticia.
La entrañable narración de los discípulos de Emaús, es un prodigio de teología narrativa. En ella podemos descubrir el verdadero sentido de los relatos de apariciones. El objetivo de todos ellos es llevarnos a participar de la experiencia pascual que los primeros cristianos tuvieron. En ningún caso intentan dar noticias de acontecimientos históricos. Los dos discípulos de Emaús no son personas concretas, sino personajes. No quiere informarnos de lo que pasó una vez, sino de lo que está pasando cada día a los seguidores de Jesús. La importancia del relato estriba en que en ellos estamos representados todas.
En primer lugar vemos que es Jesús quien toma la iniciativa, como siempre. Los dos discípulos se alejaban de Jerusalén. Sólo querían apartar de su cabeza aquella pesadilla de un ser querido, que había acabado tan desastrosamente. Pero a pesar del desengaño sufrido por su muerte y muy a pesar suyo, van hablando de Jesús. No iban en busca de Jesús; es él el que les sale al encuentro. Lo primero que hace Jesús es invitarles a desahogarse, les pide que manifiesten toda la decepción y amargura que acumulaban en su interior. La utopía que les había arrastrado a seguirlo, había dado paso a la más absoluta desesperanza. Pero su corazón todavía estaba con él, a pesar de la evidencia de su catastrófica muerte.
En este sutil matiz, podemos descubrir una pista para explicar lo que sucedió a los primeros seguidores de Jesús. La muerte les destrozó, y pensaron que todo había terminado; pero a nivel subconsciente, permaneció un rescoldo que terminó siendo más fuerte que las evidencias tangibles y pudo ser avivado sin saber muy bien como. En el relato de la conversión de Pablo, podemos descubrir algo parecido. Perseguía con ahínco a los cristianos, pero sin darse cuenta, estaba subyugado por la figura de ese mismo Jesús, a quien trataba de destruir. En un momento determinado, pudo más el sentimiento interno que la fanática racionalidad. Cuando llegó ese instante, cayó del burro.
La manera de reconocerlo (después de haber caminado y discutido durante tres kms.) y la instantánea desaparición, nos indican claramente que la presencia de Jesús, después de su muerte, no es la de una persona normal, que algo ha cambiado tan profundamente, que los sentidos ya no sirven para reconocer a Jesús. Estos detalles nos están advirtiendo contra la manera física de interpretar los relatos que nos hablan de Jesús después de su muerte.
“Nosotros esperábamos”... Esperaban que desde fuera, se cumplieran sus expectativas materialistas. No podían sospechar que aquello que debían esperar, se había cumplido ya con creces. Fijaros bien, como refleja esa frase nuestras propias decepciones. Esperábamos que la Iglesia... Esperábamos que el Obispo... esperábamos que el concilio... Esperábamos que el Papa... Esperamos lo que nadie puede darnos y surge la desilusión. Lo que Dios puede darnos ya lo tenemos, no hay que esperarlo. “Buscad el Reino de Dios, todo lo demás es añadidura”. El desengaño es fruto de una falsa esperanza. Si lo que esperamos no coincide con lo que Jesús da, la desilusión estará asegurada.
No es Jesús el que cambia para que le reconozcan, son los ojos de los discípulos los que se abren y ahora están capacitados para reconocerle. No se trata de ver algo nuevo, sino de ver con ojos nuevos lo que ya tenían delante. No es la realidad la que debe cambiar para que nosotros la aceptemos. No es Jesús el que tiene que hacer algún milagro para manifestarse de manera espectacular y evidente. Somos nosotros los que tenemos que descubrir la realidad de Jesús Vivo, que tenemos delante de los ojos, pero que no vemos.
En el relato que acabamos de leer, como en todos los que hacen referencia a apariciones, descubrimos la experiencia de la primera comunidad. Hay momentos y lugares donde se hace presente Jesús de manara especial, si de verdad sabemos mirar. ¿Dónde se hace presente el Señor, entonces y ahora?
1) En el camino de la vida. Después de su muerte, Jesús va siempre con nosotros en nuestro caminar. Pero el episodio también nos advierte que es posible caminar junto a él y no reconocerlo. Después de su muerte, habrá que estar mucho más atento si, de verdad, queremos entrar en contacto con él. Es también una crítica a nuestra religiosidad demasiado apoyada en lo externo. A Jesús vivo no lo vamos a encontrar en el templo ni en los rezos sino en la vida real, en el contacto con los demás que caminan junto a nosotros. Si no lo encontramos ahí, cualquier otra presencia será falsa. La dificultad que se nos presenta a la hora de llevar a la práctica este punto, estriba en la concepción dualista que tenemos del mundo y de Dios. Con la idea de un Dios creador que se queda fuera y deja al mundo abandonado a su suerte, no hay manera de verle en la realidad material. Pero Dios no es lo contrario del mundo, ni el Espíritu es lo contrario de la materia. La realidad es una y única, pero en la misma realidad podemos distinguir dos aspectos. Desde el deísmo que considera a Dios como un ser separado y paralelo de los otros seres, será imposible descubrir en las criaturas la presencia de la divinidad.
2) En la Escritura. En la experiencia de Jesús resucitado nos encontramos con la verdadera interpretación del AT. Si queremos encontrarnos con el Jesús que da Vida, tendremos en las Escrituras un eficaz instrumento de aproximación. El gran peligro está en buscar esa presencia en la literalidad de lo escrito. El mensaje de la Escritura no está en la letra sino en la vivencia espiritual que hizo posible el relato. La letra, los conceptos no son más que el soporte en el que se ha querido expresar la experiencia de Dios de un ser humano. Dios habla únicamente desde el interior de cada persona, porque el único Dios que existe, es el fundamenta cada ser. No hay un Dios fuera de la creación, sino que cada criatura es la manifestación del único Dios. La experiencia interior es la única palabra que Dios puede pronunciar. Esa experiencia, expresada en conceptos, es ya palabra humana. Volverá a ser palabra de Dios, cuando surja la vivencia en quien escucha o lee.
3) Al partir el pan: No se trata de una eucaristía, sino de una manera muy personal de partir y repartir el pan. Referencia a tantas comidas en común, a la multiplicación de los panes, etc. Jesús había dicho: “Donde dos o más estén reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos”. Sin duda el gesto narrado hace también referencia a la eucaristía. Cuando se escribió este relato ya había una larga tradición de su celebración por la comunidad. Los cristianos tenían ya ese sacramento como el rito fundamental de la fe. Al ver los signos, se les abren los ojos y le reconocen. Fijaos, un gesto es más eficaz que toda una perorata sobre la Escritura. Jesús se hace presente al partir el pan, no al oír misa. Celebrar la eucaristía es repetir el gesto y las palabras de Jesús y descubrir lo que quieren decirnos. Jesús no se hace presente materialmente, sino vivencialmete en el interior de cada uno.
4) En la comunidad reunida. En el narrar y compartir las experiencias de cada uno. Ahí está presente Jesús después de su muerte. Cristo resucitado sólo se hace presente en la experiencia de cada uno. Al compartir con los demás esa experiencia, él se hace presente en la comunidad. La comunidad (aunque sea de dos) es imprescindible para provocar la vivencia. La experiencia de uno compartida, empuja al otro en la misma dirección. El ser humano sólo desarrolla sus posibilidades de ser, en la relación con los demás. Jesús hizo presente a Dios amando, es decir, dándose a los demás. Esto es imposible si el ser humano se encuentra aislado y sin contacto alguno con el otro.
El mayor obstáculo para encontrar a Cristo hoy, es creer que ya lo tenemos. Los discípulos creían haber conocido a Jesús cuando vivieron con él; pero aquel Jesús que creían ver, no era el auténtico. “Os conviene que yo me vaya...” Sólo cuando el falso Jesús desaparece, se ven obligados a buscar al verdadero. A nosotros nos pasa lo mismo. Conocemos a Jesús desde la primera comunión, por eso no necesitamos buscarle. El verdadero Jesús sigue estando entre nosotros. Es nuestro compañero de viaje, aunque es muy difícil reconocerlo en todo aquel que se cruza en mi camino. Unas veces seremos caminantes decepcionados y otras el “Jesús” que anima, explicando las Escrituras y partiendo y repartiendo el pan. En ambos casos hacemos comunidad.
José Antonio Pagola
Por tercer domingo consecutivo se nos propone un relato enmarcado en el “primer día de la semana” (ya hemos dicho muchas veces que la experiencia pascual no es cuestión de un Día). Esta vez es Lc el que resalta la importancia que ya tenía para las primeras comunidades la reunión de cada domingo. Estos dos discípulos pasan, de creer en un Jesús profeta pero condenado a una muerte destructora, a descubrirlo vivo y dándoles Vida. De la desesperanza, pasan a vivir la presencia de Jesús. Se alejaban de Jerusalén tristes y decepcionados; vuelven a toda prisa, contentos e ilusionados. El pesimismo les hace abandonar el grupo, el optimismo les obliga a volver para contar la gran noticia.
La entrañable narración de los discípulos de Emaús, es un prodigio de teología narrativa. En ella podemos descubrir el verdadero sentido de los relatos de apariciones. El objetivo de todos ellos es llevarnos a participar de la experiencia pascual que los primeros cristianos tuvieron. En ningún caso intentan dar noticias de acontecimientos históricos. Los dos discípulos de Emaús no son personas concretas, sino personajes. No quiere informarnos de lo que pasó una vez, sino de lo que está pasando cada día a los seguidores de Jesús. La importancia del relato estriba en que en ellos estamos representados todas.
En primer lugar vemos que es Jesús quien toma la iniciativa, como siempre. Los dos discípulos se alejaban de Jerusalén. Sólo querían apartar de su cabeza aquella pesadilla de un ser querido, que había acabado tan desastrosamente. Pero a pesar del desengaño sufrido por su muerte y muy a pesar suyo, van hablando de Jesús. No iban en busca de Jesús; es él el que les sale al encuentro. Lo primero que hace Jesús es invitarles a desahogarse, les pide que manifiesten toda la decepción y amargura que acumulaban en su interior. La utopía que les había arrastrado a seguirlo, había dado paso a la más absoluta desesperanza. Pero su corazón todavía estaba con él, a pesar de la evidencia de su catastrófica muerte.
En este sutil matiz, podemos descubrir una pista para explicar lo que sucedió a los primeros seguidores de Jesús. La muerte les destrozó, y pensaron que todo había terminado; pero a nivel subconsciente, permaneció un rescoldo que terminó siendo más fuerte que las evidencias tangibles y pudo ser avivado sin saber muy bien como. En el relato de la conversión de Pablo, podemos descubrir algo parecido. Perseguía con ahínco a los cristianos, pero sin darse cuenta, estaba subyugado por la figura de ese mismo Jesús, a quien trataba de destruir. En un momento determinado, pudo más el sentimiento interno que la fanática racionalidad. Cuando llegó ese instante, cayó del burro.
La manera de reconocerlo (después de haber caminado y discutido durante tres kms.) y la instantánea desaparición, nos indican claramente que la presencia de Jesús, después de su muerte, no es la de una persona normal, que algo ha cambiado tan profundamente, que los sentidos ya no sirven para reconocer a Jesús. Estos detalles nos están advirtiendo contra la manera física de interpretar los relatos que nos hablan de Jesús después de su muerte.
“Nosotros esperábamos”... Esperaban que desde fuera, se cumplieran sus expectativas materialistas. No podían sospechar que aquello que debían esperar, se había cumplido ya con creces. Fijaros bien, como refleja esa frase nuestras propias decepciones. Esperábamos que la Iglesia... Esperábamos que el Obispo... esperábamos que el concilio... Esperábamos que el Papa... Esperamos lo que nadie puede darnos y surge la desilusión. Lo que Dios puede darnos ya lo tenemos, no hay que esperarlo. “Buscad el Reino de Dios, todo lo demás es añadidura”. El desengaño es fruto de una falsa esperanza. Si lo que esperamos no coincide con lo que Jesús da, la desilusión estará asegurada.
No es Jesús el que cambia para que le reconozcan, son los ojos de los discípulos los que se abren y ahora están capacitados para reconocerle. No se trata de ver algo nuevo, sino de ver con ojos nuevos lo que ya tenían delante. No es la realidad la que debe cambiar para que nosotros la aceptemos. No es Jesús el que tiene que hacer algún milagro para manifestarse de manera espectacular y evidente. Somos nosotros los que tenemos que descubrir la realidad de Jesús Vivo, que tenemos delante de los ojos, pero que no vemos.
En el relato que acabamos de leer, como en todos los que hacen referencia a apariciones, descubrimos la experiencia de la primera comunidad. Hay momentos y lugares donde se hace presente Jesús de manara especial, si de verdad sabemos mirar. ¿Dónde se hace presente el Señor, entonces y ahora?
1) En el camino de la vida. Después de su muerte, Jesús va siempre con nosotros en nuestro caminar. Pero el episodio también nos advierte que es posible caminar junto a él y no reconocerlo. Después de su muerte, habrá que estar mucho más atento si, de verdad, queremos entrar en contacto con él. Es también una crítica a nuestra religiosidad demasiado apoyada en lo externo. A Jesús vivo no lo vamos a encontrar en el templo ni en los rezos sino en la vida real, en el contacto con los demás que caminan junto a nosotros. Si no lo encontramos ahí, cualquier otra presencia será falsa. La dificultad que se nos presenta a la hora de llevar a la práctica este punto, estriba en la concepción dualista que tenemos del mundo y de Dios. Con la idea de un Dios creador que se queda fuera y deja al mundo abandonado a su suerte, no hay manera de verle en la realidad material. Pero Dios no es lo contrario del mundo, ni el Espíritu es lo contrario de la materia. La realidad es una y única, pero en la misma realidad podemos distinguir dos aspectos. Desde el deísmo que considera a Dios como un ser separado y paralelo de los otros seres, será imposible descubrir en las criaturas la presencia de la divinidad.
2) En la Escritura. En la experiencia de Jesús resucitado nos encontramos con la verdadera interpretación del AT. Si queremos encontrarnos con el Jesús que da Vida, tendremos en las Escrituras un eficaz instrumento de aproximación. El gran peligro está en buscar esa presencia en la literalidad de lo escrito. El mensaje de la Escritura no está en la letra sino en la vivencia espiritual que hizo posible el relato. La letra, los conceptos no son más que el soporte en el que se ha querido expresar la experiencia de Dios de un ser humano. Dios habla únicamente desde el interior de cada persona, porque el único Dios que existe, es el fundamenta cada ser. No hay un Dios fuera de la creación, sino que cada criatura es la manifestación del único Dios. La experiencia interior es la única palabra que Dios puede pronunciar. Esa experiencia, expresada en conceptos, es ya palabra humana. Volverá a ser palabra de Dios, cuando surja la vivencia en quien escucha o lee.
3) Al partir el pan: No se trata de una eucaristía, sino de una manera muy personal de partir y repartir el pan. Referencia a tantas comidas en común, a la multiplicación de los panes, etc. Jesús había dicho: “Donde dos o más estén reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos”. Sin duda el gesto narrado hace también referencia a la eucaristía. Cuando se escribió este relato ya había una larga tradición de su celebración por la comunidad. Los cristianos tenían ya ese sacramento como el rito fundamental de la fe. Al ver los signos, se les abren los ojos y le reconocen. Fijaos, un gesto es más eficaz que toda una perorata sobre la Escritura. Jesús se hace presente al partir el pan, no al oír misa. Celebrar la eucaristía es repetir el gesto y las palabras de Jesús y descubrir lo que quieren decirnos. Jesús no se hace presente materialmente, sino vivencialmete en el interior de cada uno.
4) En la comunidad reunida. En el narrar y compartir las experiencias de cada uno. Ahí está presente Jesús después de su muerte. Cristo resucitado sólo se hace presente en la experiencia de cada uno. Al compartir con los demás esa experiencia, él se hace presente en la comunidad. La comunidad (aunque sea de dos) es imprescindible para provocar la vivencia. La experiencia de uno compartida, empuja al otro en la misma dirección. El ser humano sólo desarrolla sus posibilidades de ser, en la relación con los demás. Jesús hizo presente a Dios amando, es decir, dándose a los demás. Esto es imposible si el ser humano se encuentra aislado y sin contacto alguno con el otro.
El mayor obstáculo para encontrar a Cristo hoy, es creer que ya lo tenemos. Los discípulos creían haber conocido a Jesús cuando vivieron con él; pero aquel Jesús que creían ver, no era el auténtico. “Os conviene que yo me vaya...” Sólo cuando el falso Jesús desaparece, se ven obligados a buscar al verdadero. A nosotros nos pasa lo mismo. Conocemos a Jesús desde la primera comunión, por eso no necesitamos buscarle. El verdadero Jesús sigue estando entre nosotros. Es nuestro compañero de viaje, aunque es muy difícil reconocerlo en todo aquel que se cruza en mi camino. Unas veces seremos caminantes decepcionados y otras el “Jesús” que anima, explicando las Escrituras y partiendo y repartiendo el pan. En ambos casos hacemos comunidad.
José Antonio Pagola
martes, 3 de mayo de 2011
Miriam o los caminos hacia la aceptación
Taller de Antiguo Testamento y
el arte de la resiliencia
Miércoles 4 Mayo 2011
I. Introducción
No, no podemos cambiar aquellas cosas que no aceptamos. Por lo tanto parte de nuestro progreso en la vida estará marcado por las veces en que nos mostramos como personas con aceptación. Y una persona con aceptación es aquella que muestra paciencia, es aquella que entiende que la vida está llena de etapas, es aquella que sabe que todo a nuestro alrededor cambia, es aquella que ve las asperezas de los demás y no intenta cambiarlas, es aquella que sabe que sus asuntos son los asuntos de Dios y viceversa, es aquella que desarrolla la pasividad para ver como se desarrolla su mundo interior sin nerviosismos, es aquella que en nuestra existencia muchas cosas van unidas: la oscuridad y la luz, la vida y la muerte, la fiesta y el funeral, el canto y las lágrimas.
II. Miriam
María o Miriam, hermana de Moisés. Profetisa y cantora de Israel, hermanastra de Moisés y hermana de Aarón, nacida en Egipto. Hija de Amram y Yokebed, ambos de la tribu de Leví. Según el relato bíblico fue ella quien, a pesar de su edad avanzada, inició las danzas y los cantos para dar gracias a Dios por el milagroso paso del Mar Rojo que permitió al pueblo de Israel escapar de Egipto.
María era bastante más mayor que Aarón y que Moisés, tal y como se desprende del hecho de que su madre Yokebed, le encargarse cuidar de su hermanastro Moisés. La primera aparición de María en el relato bíblico quizá aparezca en Éxodo 2:3,4, cuando se narra como Yokebed deja a Moisés en el Nilo para salvarle de las iras del faraón. Pese a que fue Miriam quien salvó la vida de Moisés, parece ser que estuvo más unida a su hermano Aarón, probablemente debido a que ambos se criaron juntos mientras Moisés permanecía en el exilio forzoso de Madián. La figura de María no vuelve a aparecer hasta que el pueblo de Israel se encuentra en su largo peregrinaje por el desierto.
Ya en el desierto, María, junto con su hermano Aarón criticaron a Moisés por la forma en que éste había dirigido al pueblo en la travesía por el desierto y por el hecho de haber contraído matrimonio con una etíope. Parece ser, así lo han interpretado los estudiosos bíblicos, que fue María la que instó a su hermano Aarón para enfrentarse con Moisés y que fue ella la que tomó la palabra y la que llevó el peso de dicho enfrentamiento.
El enfrentamiento entre los hermanos se saldó con la expulsión temporal del campamento y, según la Biblia, con el castigo divino de la lepra para María por la deslealtad hacia su hermano. Al cabo de siete días, y al parecer por intercesión del Moisés, María fue perdonada y regresó al campamento, no obstante, el don de la profecía la había abandonado definitivamente. Desde este momento María desapareció por completo del relato bíblico y tan sólo se la vuelve a citar para decir que falleció en Cadés, en el desierto de Sin, poco antes de que los israelitas lograsen alcanzar la Tierra Prometida. Aparece citada en los pasajes bíblicos del Éxodo 15:20,21 y de Números 12,20
III. La aceptación como camino
En los últimos años la aceptación se ha convertido en uno de los grandes remedios terapéuticos. Desde distintos frentes recibimos mensajes sobre los beneficios que podemos obtener de la aceptación y cómo cultivarla: mímate, quiérete sin condiciones, sé benevolente contigo mismo. Querernos y valorarnos es necesario para no estar en conflicto permanente, pero la resignación no nos ayudará a solucionar nuestros problemas. Si queremos conseguir unos resultados distintos a los que obtenemos en la actualidad tenemos que estar dispuestos a cambiar hábitos, creencias y comportamientos ineficaces. El cambio, bien gestionado, puede convertirse en un gran aliado.
¿Cuántas veces hemos oído la frase “acéptate tal y como eres”? Desde distintos frentes recibimos mensajes sobre los beneficios que podemos obtener de la aceptación y cómo cultivarla. Todos estos eslóganes me parecen peligrosos por lo que tienen de reaccionarios.
Están en sintonía con los sofismas descontextualizados de ciertas religiones orientales y corrientes estoicas que proclaman la solución de los problemas mediante su disolución.
La aceptación acostumbra a ir acompañada de otros métodos terapéuticos como la autoafirmación o el pensamiento positivo; un arma de doble filo, que puede causar auténticos estragos al hacernos minimizar los problemas reales a los que tenemos que hacer frente.
La solución a nuestros problemas no pasa por autoengañarse, resignarse, o comportarse imitando la estrategia del avestruz: enterrando la cabeza bajo tierra. Está muy bien reconocer todo lo bueno que hay en nosotros, pero si queremos cambiar hábitos, creencias y comportamiento ineficaces, tenemos que empezar a reconocer nuestros puntos débiles y áreas de mejora.
el arte de la resiliencia
Miércoles 4 Mayo 2011
I. Introducción
No, no podemos cambiar aquellas cosas que no aceptamos. Por lo tanto parte de nuestro progreso en la vida estará marcado por las veces en que nos mostramos como personas con aceptación. Y una persona con aceptación es aquella que muestra paciencia, es aquella que entiende que la vida está llena de etapas, es aquella que sabe que todo a nuestro alrededor cambia, es aquella que ve las asperezas de los demás y no intenta cambiarlas, es aquella que sabe que sus asuntos son los asuntos de Dios y viceversa, es aquella que desarrolla la pasividad para ver como se desarrolla su mundo interior sin nerviosismos, es aquella que en nuestra existencia muchas cosas van unidas: la oscuridad y la luz, la vida y la muerte, la fiesta y el funeral, el canto y las lágrimas.
II. Miriam
María o Miriam, hermana de Moisés. Profetisa y cantora de Israel, hermanastra de Moisés y hermana de Aarón, nacida en Egipto. Hija de Amram y Yokebed, ambos de la tribu de Leví. Según el relato bíblico fue ella quien, a pesar de su edad avanzada, inició las danzas y los cantos para dar gracias a Dios por el milagroso paso del Mar Rojo que permitió al pueblo de Israel escapar de Egipto.
María era bastante más mayor que Aarón y que Moisés, tal y como se desprende del hecho de que su madre Yokebed, le encargarse cuidar de su hermanastro Moisés. La primera aparición de María en el relato bíblico quizá aparezca en Éxodo 2:3,4, cuando se narra como Yokebed deja a Moisés en el Nilo para salvarle de las iras del faraón. Pese a que fue Miriam quien salvó la vida de Moisés, parece ser que estuvo más unida a su hermano Aarón, probablemente debido a que ambos se criaron juntos mientras Moisés permanecía en el exilio forzoso de Madián. La figura de María no vuelve a aparecer hasta que el pueblo de Israel se encuentra en su largo peregrinaje por el desierto.
Ya en el desierto, María, junto con su hermano Aarón criticaron a Moisés por la forma en que éste había dirigido al pueblo en la travesía por el desierto y por el hecho de haber contraído matrimonio con una etíope. Parece ser, así lo han interpretado los estudiosos bíblicos, que fue María la que instó a su hermano Aarón para enfrentarse con Moisés y que fue ella la que tomó la palabra y la que llevó el peso de dicho enfrentamiento.
El enfrentamiento entre los hermanos se saldó con la expulsión temporal del campamento y, según la Biblia, con el castigo divino de la lepra para María por la deslealtad hacia su hermano. Al cabo de siete días, y al parecer por intercesión del Moisés, María fue perdonada y regresó al campamento, no obstante, el don de la profecía la había abandonado definitivamente. Desde este momento María desapareció por completo del relato bíblico y tan sólo se la vuelve a citar para decir que falleció en Cadés, en el desierto de Sin, poco antes de que los israelitas lograsen alcanzar la Tierra Prometida. Aparece citada en los pasajes bíblicos del Éxodo 15:20,21 y de Números 12,20
III. La aceptación como camino
En los últimos años la aceptación se ha convertido en uno de los grandes remedios terapéuticos. Desde distintos frentes recibimos mensajes sobre los beneficios que podemos obtener de la aceptación y cómo cultivarla: mímate, quiérete sin condiciones, sé benevolente contigo mismo. Querernos y valorarnos es necesario para no estar en conflicto permanente, pero la resignación no nos ayudará a solucionar nuestros problemas. Si queremos conseguir unos resultados distintos a los que obtenemos en la actualidad tenemos que estar dispuestos a cambiar hábitos, creencias y comportamientos ineficaces. El cambio, bien gestionado, puede convertirse en un gran aliado.
¿Cuántas veces hemos oído la frase “acéptate tal y como eres”? Desde distintos frentes recibimos mensajes sobre los beneficios que podemos obtener de la aceptación y cómo cultivarla. Todos estos eslóganes me parecen peligrosos por lo que tienen de reaccionarios.
Están en sintonía con los sofismas descontextualizados de ciertas religiones orientales y corrientes estoicas que proclaman la solución de los problemas mediante su disolución.
La aceptación acostumbra a ir acompañada de otros métodos terapéuticos como la autoafirmación o el pensamiento positivo; un arma de doble filo, que puede causar auténticos estragos al hacernos minimizar los problemas reales a los que tenemos que hacer frente.
La solución a nuestros problemas no pasa por autoengañarse, resignarse, o comportarse imitando la estrategia del avestruz: enterrando la cabeza bajo tierra. Está muy bien reconocer todo lo bueno que hay en nosotros, pero si queremos cambiar hábitos, creencias y comportamiento ineficaces, tenemos que empezar a reconocer nuestros puntos débiles y áreas de mejora.
Recordar más a Jesús.
El relato de los discípulos de Emaús nos describe la experiencia vivida por dos seguidores de Jesús mientras caminan desde Jerusalén hacia la pequeña aldea de Emaús, a ocho kilómetros de distancia de la capital. El narrador lo hace con tal maestría que nos ayuda a reavivar también hoy nuestra fe en Cristo resucitado.
Dos discípulos de Jesús se alejan de Jerusalén abandonando el grupo de seguidores que se ha ido formando en torno a él. Muerto Jesús, el grupo se va deshaciendo. Sin él, no tiene sentido seguir reunidos. El sueño se ha desvanecido. Al morir Jesús, muere también la esperanza que había despertado en sus corazones. ¿No está sucediendo algo de esto en nuestras comunidades? ¿No estamos dejando morir la fe en Jesús?
Sin embargo, estos discípulos siguen hablando de Jesús. No lo pueden olvidar. Comentan lo sucedido. Tratan de buscarle algún sentido a lo que han vivido junto a él. Mientras conversan, Jesús se acerca y se pone a caminar con ellos. Es el primer gesto del Resucitado. Los discípulos no son capaces de reconocerlo, pero Jesús ya está presente caminando junto a ellos, ¿No camina hoy Jesús veladamente junto a tantos creyentes que abandonan la Iglesia pero lo siguen recordando?
La intención del narrador es clara: Jesús se acerca cuando los discípulos lo recuerdan y hablan de él. Se hace presente allí donde se comenta su evangelio, donde hay interés por su mensaje, donde se conversa sobre su estilo de vida y su proyecto. ¿No está Jesús tan ausente entre nosotros porque hablamos poco de él?
Jesús está interesado en conversar con ellos: ¿Qué conversación es ésa que traéis mientras vais de camino? No se impone revelándoles su identidad. Les pide que sigan contando su experiencia. Conversando con él, irán descubriendo su ceguera. Se les abrirán los ojos cuando, guiados por su palabra, hagan un recorrido interior. Es así. Si en la Iglesia hablamos más de Jesús y conversamos más con él, nuestra fe revivirá.
Los discípulos le hablan de sus expectativas y decepciones; Jesús les ayuda a ahondar en la identidad del Mesías crucificado. El corazón de los discípulos comienza a arder; sienten necesidad de que aquel "desconocido" se quede con ellos. Al celebrar la cena eucarística, se les abren los ojos y lo reconocen: ¡Jesús está con ellos!
Los cristianos hemos de recordar más a Jesús: citar sus palabras, comentar su estilo de vida, ahondar en su proyecto. Hemos de abrir más los ojos de nuestra fe y descubrirlo lleno de vida en nuestras eucaristías. Nadie ha de estar más presente. Jesús camina junto a nosotros.
José Antonio Pagola
Dos discípulos de Jesús se alejan de Jerusalén abandonando el grupo de seguidores que se ha ido formando en torno a él. Muerto Jesús, el grupo se va deshaciendo. Sin él, no tiene sentido seguir reunidos. El sueño se ha desvanecido. Al morir Jesús, muere también la esperanza que había despertado en sus corazones. ¿No está sucediendo algo de esto en nuestras comunidades? ¿No estamos dejando morir la fe en Jesús?
Sin embargo, estos discípulos siguen hablando de Jesús. No lo pueden olvidar. Comentan lo sucedido. Tratan de buscarle algún sentido a lo que han vivido junto a él. Mientras conversan, Jesús se acerca y se pone a caminar con ellos. Es el primer gesto del Resucitado. Los discípulos no son capaces de reconocerlo, pero Jesús ya está presente caminando junto a ellos, ¿No camina hoy Jesús veladamente junto a tantos creyentes que abandonan la Iglesia pero lo siguen recordando?
La intención del narrador es clara: Jesús se acerca cuando los discípulos lo recuerdan y hablan de él. Se hace presente allí donde se comenta su evangelio, donde hay interés por su mensaje, donde se conversa sobre su estilo de vida y su proyecto. ¿No está Jesús tan ausente entre nosotros porque hablamos poco de él?
Jesús está interesado en conversar con ellos: ¿Qué conversación es ésa que traéis mientras vais de camino? No se impone revelándoles su identidad. Les pide que sigan contando su experiencia. Conversando con él, irán descubriendo su ceguera. Se les abrirán los ojos cuando, guiados por su palabra, hagan un recorrido interior. Es así. Si en la Iglesia hablamos más de Jesús y conversamos más con él, nuestra fe revivirá.
Los discípulos le hablan de sus expectativas y decepciones; Jesús les ayuda a ahondar en la identidad del Mesías crucificado. El corazón de los discípulos comienza a arder; sienten necesidad de que aquel "desconocido" se quede con ellos. Al celebrar la cena eucarística, se les abren los ojos y lo reconocen: ¡Jesús está con ellos!
Los cristianos hemos de recordar más a Jesús: citar sus palabras, comentar su estilo de vida, ahondar en su proyecto. Hemos de abrir más los ojos de nuestra fe y descubrirlo lleno de vida en nuestras eucaristías. Nadie ha de estar más presente. Jesús camina junto a nosotros.
José Antonio Pagola
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