Si los discípulos viven las bienaventuranzas, su vida tendrá una proyección social. Es Jesús mismo quien se lo dice empleando dos metáforas inolvidables. Aunque parecen un grupo insignificante en medio de aquel poderoso imperio controlado por Roma, serán «sal de la tierra» y «luz del mundo».
¿No es una pretensión ridícula? Jesús les explica cómo será posible. La sal no parece gran cosa, pero comienza a producir sus efectos, precisamente, cuando se mezcla con los alimentos y parece que ha desaparecido. Lo mismo sucede cuando se enciende una luz: sólo puede iluminar cuando la ponemos en medio de las tinieblas.
Jesús no está pensando en una Iglesia separada del mundo, escondida tras sus ritos y doctrinas, encerrada en sí misma y en sus problemas. Jesús quiere introducir en la historia humana un grupo de seguidores, capaces de transformar la vida viviendo las bienaventuranzas.
Todos sabemos para qué sirve la sal. Por una parte, no deja que los alimentos se corrompan. Por otra, les da sabor y permite que los podamos saborear mejor. Los alimentos son buenos, pero se pueden corromper; tienen sabor, pero nos pueden resultar insípidos. Es necesaria la sal.
El mundo no es malo, pero lo podemos echar a perder. La vida tiene sabor, pero nos puede resultar insulsa y desabrida. Una Iglesia que vive las bienaventuranzas contribuye a que la sociedad no se corrompa y deshumanice más. Unos discípulos de Jesús que viven su evangelio ayudan a descubrir el verdadero sentido de la vida.
Hay un problema y Jesús se lo advierte a sus seguidores. Si la sal se vuelve sosa, ya no sirve para nada. Si los discípulos pierden su identidad evangélica, ya no producen los efectos queridos por Jesús. El cristianismo se echa a perder. La Iglesia queda anulada. Los cristianos están de sobra en la sociedad.
Lo mismo sucede con la luz. Todos sabemos que sirve para dar claridad. Los discípulos iluminan el sentido más hondo de la vida, si la gente puede ver en ellos «las obras» de las bienaventuranzas. Por eso, no han de esconderse. Tampoco han de actuar para ser vistos. Con su vida han de aportar claridad para que en la sociedad se pueda descubrir el verdadero rostro del Padre del cielo.
No nos está permitido servirnos de la Iglesia para satisfacer nuestros gustos y preferencias. Jesús la ha querido para ser sal y luz. Evangelizar no es combatir la secularización moderna con estrategias mundanas. Menos aún hacer de la Iglesia una "contra-sociedad". Sólo una Iglesia que vive el Evangelio puede responder al deseo original de Jesús.
José A. Pagola
miércoles, 2 de febrero de 2011
Criterios Ecuménicos: mundo evangélico
En el contexto de sus relaciones inter-eclesiales, las iglesias evangélicas (protestantes) de hoy, se rigen más por su “doctrina”, (sus opiniones), que por el amor fraterno. Son estas opiniones las que muchas veces impiden que se acerquen al «otro».
En primer lugar, habría que tratar de las relaciones con las iglesias que consideramos hermanas y, que según nuestra opinión, siguen nuestra misma doctrina. Aquí entrarían las iglesias de nuestra «denominación». Algunas “familias de iglesias” se atribuyen una sinodalidad (caminar juntas), y otras subrayan su libertad (iglesias libres) para ejercer su misión. Aunque en esta fase de relación todo parecería más sencillo, muchas veces no es así, y las relaciones entre estos “hermanos” son más bien tensas.
En segundo lugar están las relaciones «inter-denominacionales», que desde el final del franquismo, han ido perdiendo la fuerza que las mantenía juntas: el “enemigo común”. En este nivel de relación la tensión es tan evidente que existen más propuestas de aislamiento que de unidad. Hay situaciones escandalosas en las que se le niega el derecho de la palabra al “otro” porque su doctrina no es la ortodoxa, (no es la sana doctrina)!
En tercer lugar están las relaciones con las otras iglesias cristianas, que son las relaciones ecuménicas propiamente dichas. A este nivel, las relaciones “institucionales” no pasan por un buen momento, pero a nivel de las “iglesias de base” las relaciones siguen siendo posibles y enriquecedoras.
En cuarto lugar estarían las relaciones inter-religiosas, con las otras confesiones religiosas y en quinto lugar, las relaciones inter-culturales con aquellos movimientos de solidaridad humana.
Como conviene a un cristiano, (y a un protestante), recurro a la Palabra para aproximarme a lo que nos dice el Maestro. He escogido un texto del evangelio de Marcos.
Y cuando estuvo en casa, Jesús les preguntó: --¿Qué disputabais entre vosotros en el camino? Pero ellos callaron, porque lo que habían disputado los unos con los otros en el camino era sobre quién era el más importante. Entonces se sentó, llamó a los doce y les dijo: --Si alguno quiere ser el primero, deberá ser el último de todos y el siervo de todos. Y tomó a un niño y lo puso en medio de ellos; y tomándole en sus brazos, les dijo: --El que en mi nombre recibe a alguien como este niño, a mí me recibe; y el que a mí me recibe no me recibe a mí, sino al que me envió. Juan le dijo: --Maestro, vimos a alguien que echaba fuera demonios en tu nombre, y se lo prohibimos, porque no nos seguía. Pero Jesús dijo: --No se lo prohibáis, porque nadie que haga milagros en mi nombre podrá después hablar mal de mí. Porque el que no es contra nosotros, por nosotros es. Cualquiera que os dé un vaso de agua en mi nombre, porque sois de Cristo, de cierto os digo que jamás perderá su recompensa. Y a cualquiera que haga tropezar a uno de estos pequeños que creen en mí, mejor le fuera que se le atase una gran piedra de molino al cuello y que fuese echado al mar. Mc 9,33-42
Hoy en día, el mundo evangélico está muy preocupado por el “discipulado”. Y en este texto encontramos una lección para los verdaderos discípulos. Los discípulos prohíben, no por lo que hacen los otros (echar fuera demonios en nombre de Jesús) sino porque no les siguen a ellos. Estaban preocupados por el “seguimiento” como hoy estamos preocupados por el “discipulado”. Jesús está en contra de esta prohibición. La actitud de los discípulos en este pasaje está relacionada con la disputa interna de quién es el primero, el más importante, es un tema de autoridad.
Creo que aquí tenemos un buen criterio para nuestras relaciones fraternales, sean estas inter-denominacionales, ecuménicas o de cualquier otro signo. No se trata de “doctrina”, ni de “seguimiento”, sino de «dar un vaso de agua en nombre de Cristo». Reconocer al hermano en lo que hace en nombre de Cristo, este es el mejor criterio que nos evitará hacer tropezar a los más pequeños que creen en El
Samuel Fabra
En primer lugar, habría que tratar de las relaciones con las iglesias que consideramos hermanas y, que según nuestra opinión, siguen nuestra misma doctrina. Aquí entrarían las iglesias de nuestra «denominación». Algunas “familias de iglesias” se atribuyen una sinodalidad (caminar juntas), y otras subrayan su libertad (iglesias libres) para ejercer su misión. Aunque en esta fase de relación todo parecería más sencillo, muchas veces no es así, y las relaciones entre estos “hermanos” son más bien tensas.
En segundo lugar están las relaciones «inter-denominacionales», que desde el final del franquismo, han ido perdiendo la fuerza que las mantenía juntas: el “enemigo común”. En este nivel de relación la tensión es tan evidente que existen más propuestas de aislamiento que de unidad. Hay situaciones escandalosas en las que se le niega el derecho de la palabra al “otro” porque su doctrina no es la ortodoxa, (no es la sana doctrina)!
En tercer lugar están las relaciones con las otras iglesias cristianas, que son las relaciones ecuménicas propiamente dichas. A este nivel, las relaciones “institucionales” no pasan por un buen momento, pero a nivel de las “iglesias de base” las relaciones siguen siendo posibles y enriquecedoras.
En cuarto lugar estarían las relaciones inter-religiosas, con las otras confesiones religiosas y en quinto lugar, las relaciones inter-culturales con aquellos movimientos de solidaridad humana.
Como conviene a un cristiano, (y a un protestante), recurro a la Palabra para aproximarme a lo que nos dice el Maestro. He escogido un texto del evangelio de Marcos.
Y cuando estuvo en casa, Jesús les preguntó: --¿Qué disputabais entre vosotros en el camino? Pero ellos callaron, porque lo que habían disputado los unos con los otros en el camino era sobre quién era el más importante. Entonces se sentó, llamó a los doce y les dijo: --Si alguno quiere ser el primero, deberá ser el último de todos y el siervo de todos. Y tomó a un niño y lo puso en medio de ellos; y tomándole en sus brazos, les dijo: --El que en mi nombre recibe a alguien como este niño, a mí me recibe; y el que a mí me recibe no me recibe a mí, sino al que me envió. Juan le dijo: --Maestro, vimos a alguien que echaba fuera demonios en tu nombre, y se lo prohibimos, porque no nos seguía. Pero Jesús dijo: --No se lo prohibáis, porque nadie que haga milagros en mi nombre podrá después hablar mal de mí. Porque el que no es contra nosotros, por nosotros es. Cualquiera que os dé un vaso de agua en mi nombre, porque sois de Cristo, de cierto os digo que jamás perderá su recompensa. Y a cualquiera que haga tropezar a uno de estos pequeños que creen en mí, mejor le fuera que se le atase una gran piedra de molino al cuello y que fuese echado al mar. Mc 9,33-42
Hoy en día, el mundo evangélico está muy preocupado por el “discipulado”. Y en este texto encontramos una lección para los verdaderos discípulos. Los discípulos prohíben, no por lo que hacen los otros (echar fuera demonios en nombre de Jesús) sino porque no les siguen a ellos. Estaban preocupados por el “seguimiento” como hoy estamos preocupados por el “discipulado”. Jesús está en contra de esta prohibición. La actitud de los discípulos en este pasaje está relacionada con la disputa interna de quién es el primero, el más importante, es un tema de autoridad.
Creo que aquí tenemos un buen criterio para nuestras relaciones fraternales, sean estas inter-denominacionales, ecuménicas o de cualquier otro signo. No se trata de “doctrina”, ni de “seguimiento”, sino de «dar un vaso de agua en nombre de Cristo». Reconocer al hermano en lo que hace en nombre de Cristo, este es el mejor criterio que nos evitará hacer tropezar a los más pequeños que creen en El
Samuel Fabra
No sabeís lo que pedís
Marcos 10:38
Lo que Juan y Santiago piden a Jesús, sentarse a su derecha y a su izquierda en el Reino de Dios, es infantil i lo es todavía más cuando, según Mateo, es su madre la que formula la petición. Es fácil presentar la escena de forma que nos haga reír. ¡Es tan cómico! Jesús tiene toda la razón cuando les dice que no saben lo que piden.
Pero la oración absurda no acaba allí con estos dos niños grandotes que tienen aspiraciones de poder. Corre a lo largo de la historia y, sin duda, hay oraciones nuestras, de las que Cristo debe escandalizarse. Tampoco estos –debe decir- no saben lo que piden.
Lo hemos visto muy a menudo y quizás lo hemos criticado. Se ora para ganar una guerra, o vencer en una competición, o ganar el oro en unas olimpiadas, o para aprobar una asignatura a la que no hemos dedicado el tiempo necesario. Se ora como una fórmula para obtener cosas, ganar oposiciones, tener una vida más fácil, resolver problemas. Se ora, muy a menudo, como si Dios estuviera a nuestro servicio y fuera una especie de genio salida de una jarra y estuviera a nuestra entera disposición.
Todo esto es absurdo y no lo es del todo. Puede ser algo que haga reír o puede ser tan serio que Dios mismo se mueve para responder a nuestra oración. Todo depende del tiempo y las circunstancias, o de las intenciones profundas del corazón. Y estas intenciones, sólo Jesús las conoce. Lo que ha de quedar bien claro es que Dios no está a nuestro servicio para darnos lo que, por otro lado, no podríamos conseguir.
Y si todo esto no es absurdo del todo es porque Dios quiere que le digamos todas nuestras cosas, que le abramos el corazón. Y dentro del corazón están todas estas cosas: también las de sentarse a la diestra y a la izquierdas del Cristo resucitado. No hay nada que deba quedar fuera, que no tenga cabida en la oración verdadera: tensiones, tentaciones, deseos, anhelos, penas, alegrías… Orar es abrirnos a Cristo, con todos nuestros pensamientos y sentimiento al descubierto: los más elevados y los más bajos, las luces y las sombras. Pero no como un mercantilismo en el que tratamos que Dios nos conceda nuestros deseos, sino como una consulta, una búsqueda de la voluntad de Dios en toda nuestra vida, un dejarnos poseer y orientar por El.
Orar, como se debe hacer, nos dirá el apóstol Pablo, no sabemos, pero el Espíritu “intercede por nosotros con gemidos indecibles” (Ro 8,26-27). Orar es ponernos en las manos del Espíritu en el silencio y la contemplación; repasar delante de El toda nuestra vida, explicando nuestras profundas necesidades. No es imponernos a Dios. Es respirar Dios, su Espíritu, su voluntad, su poder, su gloria. Lo más importante no es el resultado efectivo de nuestras peticiones, sino la renovación interior, la paz, la alegría, la fuerza del Espíritu… Ahora sí, podemos decir “todo lo puedo en Cristo que me fortalece”. Esta es la oración contestada, a pesar de que Dios, como en Getsemaní, haya dicho no a cada una de las peticiones concretas. No hemos salido derrotados. Hemos sido vencedores. Como El, el gran triunfador, que de la cruz hizo un trono; y de la muerte, el principio de una vida nueva.
Enric Capó
Lo que Juan y Santiago piden a Jesús, sentarse a su derecha y a su izquierda en el Reino de Dios, es infantil i lo es todavía más cuando, según Mateo, es su madre la que formula la petición. Es fácil presentar la escena de forma que nos haga reír. ¡Es tan cómico! Jesús tiene toda la razón cuando les dice que no saben lo que piden.
Pero la oración absurda no acaba allí con estos dos niños grandotes que tienen aspiraciones de poder. Corre a lo largo de la historia y, sin duda, hay oraciones nuestras, de las que Cristo debe escandalizarse. Tampoco estos –debe decir- no saben lo que piden.
Lo hemos visto muy a menudo y quizás lo hemos criticado. Se ora para ganar una guerra, o vencer en una competición, o ganar el oro en unas olimpiadas, o para aprobar una asignatura a la que no hemos dedicado el tiempo necesario. Se ora como una fórmula para obtener cosas, ganar oposiciones, tener una vida más fácil, resolver problemas. Se ora, muy a menudo, como si Dios estuviera a nuestro servicio y fuera una especie de genio salida de una jarra y estuviera a nuestra entera disposición.
Todo esto es absurdo y no lo es del todo. Puede ser algo que haga reír o puede ser tan serio que Dios mismo se mueve para responder a nuestra oración. Todo depende del tiempo y las circunstancias, o de las intenciones profundas del corazón. Y estas intenciones, sólo Jesús las conoce. Lo que ha de quedar bien claro es que Dios no está a nuestro servicio para darnos lo que, por otro lado, no podríamos conseguir.
Y si todo esto no es absurdo del todo es porque Dios quiere que le digamos todas nuestras cosas, que le abramos el corazón. Y dentro del corazón están todas estas cosas: también las de sentarse a la diestra y a la izquierdas del Cristo resucitado. No hay nada que deba quedar fuera, que no tenga cabida en la oración verdadera: tensiones, tentaciones, deseos, anhelos, penas, alegrías… Orar es abrirnos a Cristo, con todos nuestros pensamientos y sentimiento al descubierto: los más elevados y los más bajos, las luces y las sombras. Pero no como un mercantilismo en el que tratamos que Dios nos conceda nuestros deseos, sino como una consulta, una búsqueda de la voluntad de Dios en toda nuestra vida, un dejarnos poseer y orientar por El.
Orar, como se debe hacer, nos dirá el apóstol Pablo, no sabemos, pero el Espíritu “intercede por nosotros con gemidos indecibles” (Ro 8,26-27). Orar es ponernos en las manos del Espíritu en el silencio y la contemplación; repasar delante de El toda nuestra vida, explicando nuestras profundas necesidades. No es imponernos a Dios. Es respirar Dios, su Espíritu, su voluntad, su poder, su gloria. Lo más importante no es el resultado efectivo de nuestras peticiones, sino la renovación interior, la paz, la alegría, la fuerza del Espíritu… Ahora sí, podemos decir “todo lo puedo en Cristo que me fortalece”. Esta es la oración contestada, a pesar de que Dios, como en Getsemaní, haya dicho no a cada una de las peticiones concretas. No hemos salido derrotados. Hemos sido vencedores. Como El, el gran triunfador, que de la cruz hizo un trono; y de la muerte, el principio de una vida nueva.
Enric Capó
martes, 1 de febrero de 2011
¿Es Job un hombre optimista?
Tema 2
Taller El Antiguo Testamento y el arte de la resiliencia.
I. Introducción
Job es, tal vez, el libro más antiguo de la Biblia. Habla de un hombre que vivió después de Noé y antes de Abraham. Job era un ganadero muy rico, con 7 hijos y 3 hijas y numerosos amigos y criados. Vivía en "la tierra de Uz", la cual es una ciudad mencionada como parte del reino de Edom.
Satanás reta a Dios argumentando que el amor perfecto de Job es por causa de sus bendiciones y no por que realmente Job ame a Dios. Dios concede a Satanás el probar la integridad de Job.
Lucifer entonces lo acecha y se ensaña causándole múltiples desgracias como enfermedades, sarna, ataque de caldeos y sabeos a sus criados, muerte de su ganado, pobreza, el repudio de su mujer e incluso la muerte de sus hijos.
Así Dios demuestra a Lucifer que la fe y amor de Job era más fuerte que todas las bendiciones que poseía, porque a pesar de perderlo todo sin causa propia aparente, siguió amando a Dios. Job en medio de las terribles pruebas, yace desnudo y cubierto de ceniza en medio del campo, a pesar de que flaquea maldiciendo el día de su nacimiento (Job 3), lamenta su estado de probación (Job 10) y defiende su integridad y perfección de amor a Dios (Job 13), se queja de la prueba (Job 16), es acusado de maldad por uno de sus amigos, no reniega de Dios y Él le enseña más humildad a Job mostrando sus hechos acerca de su poder y obras (Job 38), donde Job sale aún más fortalecido.
Terminada la prueba, Job sale triunfante (Job 42) y le es restituida su felicidad anterior aún con más del doble de lo que tenía.
II. Optimismo: la visión positiva del mundo.
Cuando tenemos delante de nosotros una tarea difícil, ¿hacía donde dirigimos automáticamente nuestra atención? ¿Te abrumas a ti mismo con pensamientos malos? La diferencia entre el pesimista y el optimista radica en la manera en que se ven las cosas, en la manera que se experimentan, en la manera que se viven. Cuando se desencadena la crisis, los optimistas activan los mecanismos para gestionar y buscar soluciones. Los pesimistas se centran en los aspectos desoladores de la situación y en las dificultades que están por venir.
Decía Marco Aurelio tu vida es lo que tus pensamientos hacen de ella. Las personas que se sobreponen a las crisis y a las pérdidas, las resilientes, ven su entorno, a sus semejantes y a sus circunstancias bajo la luz del optimismo. Para estas personas las situaciones son oportunidades para crecer.
III. El problema del sufrimiento.
¿Cómo asume Job sus pérdidas? ¿Qué actitud desarrolla? ¿Qué visión tiene Job de su mundo? ¿Qué visión tiene Job de sí mismo? ¿Cómo ve el futuro?
Cuando leemos este libro podemos apreciar con claridad que Job se desenvolvió siempre en el ámbito terrenal; él no sabía cuales eran los planes de Dios. El prólogo y el epílogo del libro narran hechos que Job nunca conoció, en tanto que el diálogo intermedio describe su sentir ante lo que le había sucedido. En efecto, el lector termina por saber más de Job que el propio personaje, porque se adentra en el terreno de Dios y se entera de hechos que determinan la suerte de aquel.
El tema es el problema del sufrimiento hace que el ser humano se plantee porque Dios, permite el mal y el sufrimiento y este es el punto de articulación entre religión y moral. Y así, sin saber lo que sucedía en el cielo, Job se resignó a pasar el tiempo sentado en un montón de cenizas rascándose las llagas del cuerpo. Su esposa lo incitó a maldecir a Dios y morir pero “no pecó Job con sus labios”. Luego sus tres amigos: Elifaz, Bildad y Sofar permanecieron en silencio con él durante siete días y siete noches esperando que se desahogara. Sus primeras palabras fueron desgarradoras, una invocación indirecta a Dios: Job maldice el día en que nació y se lamenta de no haber perecido al nacer para luego concluir: “Lo que temo, eso me viene”.
Dios no le reveló a Job la razón y de ahí su desasosiego interior, pero éste no le llega a maldecir y apela a él para ir en contra de sus acusadores, de ahí le nace la confianza y la serenidad. La fe implica confianza. La pregunta que se abre en este Libro ya no es ¿porqué sufro?, sino ¿con qué actitud debo sufrir?
IV. El optimismo y la fe.
Una de las enseñanzas que aporta este libro es la de que Job no tuvo una fe ciega, propia del libreto masoquista, ya que ni eliminó sus preguntas ni se sometió sin comprender nada. Otra, es la de que sólo inquirir sobre la causa le aportó consuelo ante las penalidades, ya que a Job ningún amigo lo tranquilizó. Así que, el lugar de la pregunta abre el lugar del sujeto, ya que el sujeto del deseo de saber es sujeto del deseo y produce un nuevo saber. Ante sus preguntas va más allá del Padre y puede salir de su fantasía alienante. Lo cual nos permite pensar en un cierto pasaje desde el amor entregado a Dios al amor al saber y a la búsqueda de la razón, aunque no todo pase por la razón.
Hemos visto en este libro que es falso ligar el sufrimiento al pecado. El sufrimiento aparece como un medio de enseñanza, y no se sale de una prueba de este estilo tal y como se entró.
Taller El Antiguo Testamento y el arte de la resiliencia.
I. Introducción
Job es, tal vez, el libro más antiguo de la Biblia. Habla de un hombre que vivió después de Noé y antes de Abraham. Job era un ganadero muy rico, con 7 hijos y 3 hijas y numerosos amigos y criados. Vivía en "la tierra de Uz", la cual es una ciudad mencionada como parte del reino de Edom.
Satanás reta a Dios argumentando que el amor perfecto de Job es por causa de sus bendiciones y no por que realmente Job ame a Dios. Dios concede a Satanás el probar la integridad de Job.
Lucifer entonces lo acecha y se ensaña causándole múltiples desgracias como enfermedades, sarna, ataque de caldeos y sabeos a sus criados, muerte de su ganado, pobreza, el repudio de su mujer e incluso la muerte de sus hijos.
Así Dios demuestra a Lucifer que la fe y amor de Job era más fuerte que todas las bendiciones que poseía, porque a pesar de perderlo todo sin causa propia aparente, siguió amando a Dios. Job en medio de las terribles pruebas, yace desnudo y cubierto de ceniza en medio del campo, a pesar de que flaquea maldiciendo el día de su nacimiento (Job 3), lamenta su estado de probación (Job 10) y defiende su integridad y perfección de amor a Dios (Job 13), se queja de la prueba (Job 16), es acusado de maldad por uno de sus amigos, no reniega de Dios y Él le enseña más humildad a Job mostrando sus hechos acerca de su poder y obras (Job 38), donde Job sale aún más fortalecido.
Terminada la prueba, Job sale triunfante (Job 42) y le es restituida su felicidad anterior aún con más del doble de lo que tenía.
II. Optimismo: la visión positiva del mundo.
Cuando tenemos delante de nosotros una tarea difícil, ¿hacía donde dirigimos automáticamente nuestra atención? ¿Te abrumas a ti mismo con pensamientos malos? La diferencia entre el pesimista y el optimista radica en la manera en que se ven las cosas, en la manera que se experimentan, en la manera que se viven. Cuando se desencadena la crisis, los optimistas activan los mecanismos para gestionar y buscar soluciones. Los pesimistas se centran en los aspectos desoladores de la situación y en las dificultades que están por venir.
Decía Marco Aurelio tu vida es lo que tus pensamientos hacen de ella. Las personas que se sobreponen a las crisis y a las pérdidas, las resilientes, ven su entorno, a sus semejantes y a sus circunstancias bajo la luz del optimismo. Para estas personas las situaciones son oportunidades para crecer.
III. El problema del sufrimiento.
¿Cómo asume Job sus pérdidas? ¿Qué actitud desarrolla? ¿Qué visión tiene Job de su mundo? ¿Qué visión tiene Job de sí mismo? ¿Cómo ve el futuro?
Cuando leemos este libro podemos apreciar con claridad que Job se desenvolvió siempre en el ámbito terrenal; él no sabía cuales eran los planes de Dios. El prólogo y el epílogo del libro narran hechos que Job nunca conoció, en tanto que el diálogo intermedio describe su sentir ante lo que le había sucedido. En efecto, el lector termina por saber más de Job que el propio personaje, porque se adentra en el terreno de Dios y se entera de hechos que determinan la suerte de aquel.
El tema es el problema del sufrimiento hace que el ser humano se plantee porque Dios, permite el mal y el sufrimiento y este es el punto de articulación entre religión y moral. Y así, sin saber lo que sucedía en el cielo, Job se resignó a pasar el tiempo sentado en un montón de cenizas rascándose las llagas del cuerpo. Su esposa lo incitó a maldecir a Dios y morir pero “no pecó Job con sus labios”. Luego sus tres amigos: Elifaz, Bildad y Sofar permanecieron en silencio con él durante siete días y siete noches esperando que se desahogara. Sus primeras palabras fueron desgarradoras, una invocación indirecta a Dios: Job maldice el día en que nació y se lamenta de no haber perecido al nacer para luego concluir: “Lo que temo, eso me viene”.
Dios no le reveló a Job la razón y de ahí su desasosiego interior, pero éste no le llega a maldecir y apela a él para ir en contra de sus acusadores, de ahí le nace la confianza y la serenidad. La fe implica confianza. La pregunta que se abre en este Libro ya no es ¿porqué sufro?, sino ¿con qué actitud debo sufrir?
IV. El optimismo y la fe.
Una de las enseñanzas que aporta este libro es la de que Job no tuvo una fe ciega, propia del libreto masoquista, ya que ni eliminó sus preguntas ni se sometió sin comprender nada. Otra, es la de que sólo inquirir sobre la causa le aportó consuelo ante las penalidades, ya que a Job ningún amigo lo tranquilizó. Así que, el lugar de la pregunta abre el lugar del sujeto, ya que el sujeto del deseo de saber es sujeto del deseo y produce un nuevo saber. Ante sus preguntas va más allá del Padre y puede salir de su fantasía alienante. Lo cual nos permite pensar en un cierto pasaje desde el amor entregado a Dios al amor al saber y a la búsqueda de la razón, aunque no todo pase por la razón.
Hemos visto en este libro que es falso ligar el sufrimiento al pecado. El sufrimiento aparece como un medio de enseñanza, y no se sale de una prueba de este estilo tal y como se entró.
El tiempo de desolación.
Desolaciones hay muchas en la vida y causadas por muchos motivos: fracasos y pecado personal, situaciones de baja moral, de hondas decepciones eclesiásticas.
La desolación, dice Ignacio de Loyola, aparta de Dios, de los demás y de la misma creación, además de vivir replegados sobre nuestra pobre realidad.
La situación puede ser semejante: quedaban once discípulos, pocos, como nosotros, encerrados y con miedo. Hoy en día nuestra diócesis es una Iglesia débil, envejecida, con nostalgias profundas del Reino de Dios, que es quien nos salva. En esta situación eclesiástica en la que nos vemos sumidos, me resulta difícil hacer mía aquella actitud de los primeros creyentes: se alegraron de ver al Señor, (Jn 20,20). El momento eclesiástico puede ser brillante, nuestro momento eclesial muy triste.
La desolación esclaviza nuestra libertad, bloquea la ilusión, la creatividad, y termina por sacar lo peor de nosotros mismos, lo cual no es ni sano, ni bueno.
La desolación desquicia, es decir: nos saca de nuestro quicio, de nuestro eje vital. Dentro de todas las limitaciones y pecado en la vida, sé cuál es mi eje, seré pecador, pero la eterna referencia nostálgica del Padre y su casa, está presente en mí, en nosotros. Y no quiero salir de ese quicio, de tal eje.
Tan fácil como superficialmente se barajan argumentos manidos tales como comunión eclesial y diocesana, obediencia, fidelidad, etc., y se hace caso omiso de realidades anteriores e infinitamente más esenciales a los protocolos episcopales y eclesiásticos. Hay cuestiones como la misma persona humana, la libertad, la justicia, la razón, el pensamiento, la fe, el respeto, la creatividad cultural y eclesial que son muy -muy- anteriores a toda configuración eclesiástico-ideológica coyuntural. En una comunidad e Iglesia de Jesucristo hemos de amar y cuidar todas esas perspectivas primarias y esenciales.
Además, hay también y al mismo tiempo dimensiones evangélicas muy -muy- anteriores a los momentos eclesiásticos; sobre todo la misericordia, la libertad de los hijos de Dios, la gracia, el amor, el perdón.
Misericordia. El Padre, Dios y Jesús sienten lástima, se conmueven ante el sufrimiento de la vida. ¿Los mecanismos eclesiásticos vigentes actualmente sienten, padecen y se compadecen con nuestras búsquedas, crisis y problemas?
La misericordia y la bondad son infinitamente más esenciales que el orden y la disciplina, que la búsqueda (y captura) de una precisión o supuesta inexactitud dogmática o “incorrección” litúrgica.
Estando así las cosas, se presenta el problema, al menos a mí, ¿cómo continuar en nuestra iglesia, en nuestra diócesis?
No es razonable vivir siempre en tensión y a bofetadas. No sería lo más mínimo cristiano entrar en una dialéctica de “vencedores y vencidos”. Tampoco es sano el quedarse en una actitud de sometimiento al orden eclesiástico invocando la obediencia. Recuerdo aquello que decía Rahner: es una barbaridad pensar que la verdad viene exclusivamente por boca de la Jerarquía. Me quedo en lo de santo Tomás, la verdad –venga de donde venga- viene del Espíritu Santo.
Sería igualmente triste una comunión por sometimiento y dominación. No seáis como los príncipes de este mundo que tiranizan y oprimen a los suyos…. (Mt 20,25s), que todos vosotros sois hermanos, (Mt 23,8). En la Iglesia no somos súbditos, ni reos: somos hermanos.
Tampoco considero sana una postura “sanchopancesca” de asegurar el puesto de trabajo, el prestigio, “a mí que me dejen en paz”… El espíritu y la elegancia evangélica no permiten tal posición.
Me vienen a la mente y al corazón algunas consideraciones existenciales. En tiempo de desolación no hacer mudanza, dice nuestro paisano Ignacio de Loyola
Siguiendo la tradición de Juan: Permaneced (Jn 15,4.9; 1Jn 2,28). Permaneced en lo que os enseñé desde el comienzo, (1Jn 2,24).
Permanezco en el Evangelio del Señor, en lo que me enseñaron mis mayores, en lo que aprendí y disfruté en los tiempos, teología y gracia conciliares, en la humilde síntesis eclesial crítica que he ido construyendo y elaborando en la vida en comunión con mi iglesia local, con el testimonio y ayuda de mis compañeros, amigos y de muchos creyentes.
Permanezco en la gracia (gratuidad) de la vida, en la libertad y respeto a fondo perdido que me enseñó a leer en Pablo. Permanezco en el sentido de justicia e igualdad de los seres humanos que me transmitió mi padre y más tarde “daría forma académica” Ricardo Alberdi. Permanezco en la libertad del espíritu que me enseñó el buen profesor de moral, Múgica. Permanezco en la espiritualidad abierta a la que me inició Juan M Lekuona. Permanezco en la compasión evangélica que algunas personas cristianas y no cristianas, me han hecho percibir en la vida para conmigo mismo y para con los demás: en momentos de enfermedad y de soledad pastoral. Recuerdo con gratitud al médico Carlos García del Río. Permanezco en el espíritu evangélico de muchos misioneros y misioneras que “quemando las naves”, dan lo mejor de sí, sus vidas por el Evangelio.
Permanezco en lo que aprendí en aquellos años liberadores del Vaticano II: en su eclesiología, en la recuperación bíblica, en las formulaciones teológicas de aquellos grandes creyentes.
Permanezco en lo que me enseñaron desde el principio
Todo eso lo vivo agradecidamente, como gracia. No defiendo violentamente mi fe contra nadie: la vivo amablemente y aquella gratitud alivia y potencia las noches del alma e inviernos eclesiales (K. Rahner) en que estamos sumidos. La gratuidad cura, sana.
Parece que con la nueva situación eclesiástica se nos está diciendo que todo lo hemos hecho mal. Se nos está diciendo que hemos traicionado el evangelio, hemos perdido el tiempo, litúrgicamente somos un desastre, hemos traicionado a la iglesia, al Reino de Dios, la secularización nos invade…
¡No es verdad! Como Pablo, no me avergüenzo, en nuestra diócesis no nos hemos avergonzado del Evangelio, (Rom 1,16). También como Pablo, el evangelio que hemos predicado no es de ningún hombre, sino del Señor (Gál 6,11). Aunque no recibamos parabienes ni beneplácitos intramundanos, Dios bendice nuestro trabajo, hemos hecho lo que hemos podido. No hemos trabajado por el éxito, sino por el mérito y la gracia del Señor.
Permanezco y, al mismo tiempo, me remonto con gratitud al Dios que alegró, que ilusionó mi opción y mis decisiones en la juventud. Dice también Ignacio que, en la desolación hay que hacer memoria de nuestro principio y fundamento. No modificar las opciones y elecciones de nuestra existencia tomadas antes de la experiencia de desolación.
Me remonto al Salmo 42. Me remonto al Dios que impulsó con ilusión las opciones de mi juventud Si hoy encontramos tristeza, vuelvo a las fuentes originales. Hago mío el salmo 70: Tú fuiste mi esperanza y confianza desde mi juventud, no me abandones ni rechaces ahora en la vejez.
Salí de aquel Egipto, salí de aquel “dios” que era más un faraón que el padre de Jesús, salí de aquellas esclavitudes morales condenatorias y represivas, salí de aquellas disciplinas y cilicios, salí de la inquisición en pos de la Verdad. Yo “allí” no vuelvo. Seguiré viviendo el salmo 113.
No modifico la opción fundamental y decisiones que tomé. Recuerdo con gozo y gratitud mi humilde pasado creyente y el habitat de mis opciones.
Mala y frecuente tendencia eclesiástica es la de invadir los ámbitos más íntimos y profundos de la persona y su libertad. Por pudor y entereza humana habrá que proteger la libertad honda para que no quede todavía más empobrecida. Somos libres, que para ser libres nos ha liberado Cristo (Gál 5,1).
Por otra parte por ser cristiano e hijo de unos tiempos culturales en los que amamos a fondo perdido la libertad, no renuncio a pensar, buscar y respirar libremente. La desolación conlleva tribulación, lo cual hará activar la paciencia. La tribulación produce paciencia y la paciencia, carácter probado; y el carácter probado, esperanza. (Rom 5,3-4).
La paciencia y la esperanza no se afincan en lo intramundano, sino en Dios. Esto significa que, más que nunca, hay que dirigir la mirada hacia el horizonte infinito (Rahner), por encima de todas las mediaciones. Mejor es fiarse del Señor que fiarse de los jefes (Salmo 117,9) Y sé de quién me he fiado, (2Tim 1,12).
Habremos de vivir nuestra propia vida y nuestro “pequeño pero denso mundo pastoral” con gozo, con gratitud, con hondura y libertad.
No hemos perdido el tiempo en la vida, no somos arrianos, no somos santos, pero no necesitamos una sanatio in radice. Somos trabajadores en la mies del Señor, algunos de primera hora, otros de última hora, (Mt 20), unos con más talentos otros con menos, pero todos hemos trabajado y el buen Dios nos bendice a todos por igual, también a los que no han podido trabajar por las razones que sean.
Habremos de vivir la profundidad de nuestros pequeños mundos y universos de sentido, culturales, pastorales, teológicos. Quizás habremos de vivir con la experiencia de la profundidad el Salmo 138
1Señor, tú me sondeas y me conoces;
2me conoces cuando me siento o me levanto,
de lejos penetras mis pensamientos;
3distingues mi camino y mi descanso,
todas mis sendas te son familiares.
23Señor, sondéame y conoce mi corazón,
ponme a prueba y conoce mis sentimientos,
24mira si mi camino se desvía,
guíame por el camino eterno.
Una catequesis bien preparada, una Eucaristía celebrada lo mejor posible, una reflexión ofrecida con bondad y hondura es infinitamente más profunda que un activismo desenfrenado o mil planes pastorales.
Siempre ha habido y habrá diversidad y pluralismo en la iglesia (y en todos los ámbitos). En nuestra iglesia local vivimos la fe en diversidad, en pluralismo. Esto no solamente no es negativo, sino positivo. En el fondo es la eclesiología carismática de san Pablo.
Me parece a mí que los curas, -especialmente los curas-, habremos de ayudarnos, acompañarnos, animarnos sobre todo cuando no coincidamos con la línea episcopal de la diócesis. Incluso las Unidades Pastorales tendrán algún sentido cuando partan no “desde arriba”, sino desde la ayuda fraterna.
A ciertas alturas de la vida y cuando uno ya está más cerca del requiem aeternam que del puer natus es nobis, el peso de la vida y de lo vivido confieren una altura de vuelo (no por méritos propios, sino por la misma densidad de la existencia) y desde esa altura de los años, uno ve que el fundamento no está en la coreografía, menos en el poder; la piedra angular es el ser, Dios. Nada te turbe, nada te espante, solo Dios basta.
Por otra parte, me acerco a las consideraciones, a la oración de Teilhard, que hubo de vivir en su propia persona tiempos y penas más que recias.
Vive en paz.
Que nadie te altere.
Que nada sea capaz de quitarte tu paz.
Ni la fatiga psíquica,
Ni tus fallos morales.
Haz que brote, y conserva siempre en tu rostro una dulce sonrisa,
reflejo de la que el Señor continuamente te dirige.
Y en el fondo de tu alma coloca, antes que nada,
como fuente de energía y criterio de verdad
todo aquello que te llene de la paz de Dios.
Recuerda: cuanto te reprima e inquiete es falso.
Te lo aseguro en nombre de las leyes de la vida
y de la promesa de Dios.
Por eso, cuando te sientas apesadumbrado y triste,
Adora y confía.
Tomás Muro Ugalde
La desolación, dice Ignacio de Loyola, aparta de Dios, de los demás y de la misma creación, además de vivir replegados sobre nuestra pobre realidad.
La situación puede ser semejante: quedaban once discípulos, pocos, como nosotros, encerrados y con miedo. Hoy en día nuestra diócesis es una Iglesia débil, envejecida, con nostalgias profundas del Reino de Dios, que es quien nos salva. En esta situación eclesiástica en la que nos vemos sumidos, me resulta difícil hacer mía aquella actitud de los primeros creyentes: se alegraron de ver al Señor, (Jn 20,20). El momento eclesiástico puede ser brillante, nuestro momento eclesial muy triste.
La desolación esclaviza nuestra libertad, bloquea la ilusión, la creatividad, y termina por sacar lo peor de nosotros mismos, lo cual no es ni sano, ni bueno.
La desolación desquicia, es decir: nos saca de nuestro quicio, de nuestro eje vital. Dentro de todas las limitaciones y pecado en la vida, sé cuál es mi eje, seré pecador, pero la eterna referencia nostálgica del Padre y su casa, está presente en mí, en nosotros. Y no quiero salir de ese quicio, de tal eje.
Tan fácil como superficialmente se barajan argumentos manidos tales como comunión eclesial y diocesana, obediencia, fidelidad, etc., y se hace caso omiso de realidades anteriores e infinitamente más esenciales a los protocolos episcopales y eclesiásticos. Hay cuestiones como la misma persona humana, la libertad, la justicia, la razón, el pensamiento, la fe, el respeto, la creatividad cultural y eclesial que son muy -muy- anteriores a toda configuración eclesiástico-ideológica coyuntural. En una comunidad e Iglesia de Jesucristo hemos de amar y cuidar todas esas perspectivas primarias y esenciales.
Además, hay también y al mismo tiempo dimensiones evangélicas muy -muy- anteriores a los momentos eclesiásticos; sobre todo la misericordia, la libertad de los hijos de Dios, la gracia, el amor, el perdón.
Misericordia. El Padre, Dios y Jesús sienten lástima, se conmueven ante el sufrimiento de la vida. ¿Los mecanismos eclesiásticos vigentes actualmente sienten, padecen y se compadecen con nuestras búsquedas, crisis y problemas?
La misericordia y la bondad son infinitamente más esenciales que el orden y la disciplina, que la búsqueda (y captura) de una precisión o supuesta inexactitud dogmática o “incorrección” litúrgica.
Estando así las cosas, se presenta el problema, al menos a mí, ¿cómo continuar en nuestra iglesia, en nuestra diócesis?
No es razonable vivir siempre en tensión y a bofetadas. No sería lo más mínimo cristiano entrar en una dialéctica de “vencedores y vencidos”. Tampoco es sano el quedarse en una actitud de sometimiento al orden eclesiástico invocando la obediencia. Recuerdo aquello que decía Rahner: es una barbaridad pensar que la verdad viene exclusivamente por boca de la Jerarquía. Me quedo en lo de santo Tomás, la verdad –venga de donde venga- viene del Espíritu Santo.
Sería igualmente triste una comunión por sometimiento y dominación. No seáis como los príncipes de este mundo que tiranizan y oprimen a los suyos…. (Mt 20,25s), que todos vosotros sois hermanos, (Mt 23,8). En la Iglesia no somos súbditos, ni reos: somos hermanos.
Tampoco considero sana una postura “sanchopancesca” de asegurar el puesto de trabajo, el prestigio, “a mí que me dejen en paz”… El espíritu y la elegancia evangélica no permiten tal posición.
Me vienen a la mente y al corazón algunas consideraciones existenciales. En tiempo de desolación no hacer mudanza, dice nuestro paisano Ignacio de Loyola
Siguiendo la tradición de Juan: Permaneced (Jn 15,4.9; 1Jn 2,28). Permaneced en lo que os enseñé desde el comienzo, (1Jn 2,24).
Permanezco en el Evangelio del Señor, en lo que me enseñaron mis mayores, en lo que aprendí y disfruté en los tiempos, teología y gracia conciliares, en la humilde síntesis eclesial crítica que he ido construyendo y elaborando en la vida en comunión con mi iglesia local, con el testimonio y ayuda de mis compañeros, amigos y de muchos creyentes.
Permanezco en la gracia (gratuidad) de la vida, en la libertad y respeto a fondo perdido que me enseñó a leer en Pablo. Permanezco en el sentido de justicia e igualdad de los seres humanos que me transmitió mi padre y más tarde “daría forma académica” Ricardo Alberdi. Permanezco en la libertad del espíritu que me enseñó el buen profesor de moral, Múgica. Permanezco en la espiritualidad abierta a la que me inició Juan M Lekuona. Permanezco en la compasión evangélica que algunas personas cristianas y no cristianas, me han hecho percibir en la vida para conmigo mismo y para con los demás: en momentos de enfermedad y de soledad pastoral. Recuerdo con gratitud al médico Carlos García del Río. Permanezco en el espíritu evangélico de muchos misioneros y misioneras que “quemando las naves”, dan lo mejor de sí, sus vidas por el Evangelio.
Permanezco en lo que aprendí en aquellos años liberadores del Vaticano II: en su eclesiología, en la recuperación bíblica, en las formulaciones teológicas de aquellos grandes creyentes.
Permanezco en lo que me enseñaron desde el principio
Todo eso lo vivo agradecidamente, como gracia. No defiendo violentamente mi fe contra nadie: la vivo amablemente y aquella gratitud alivia y potencia las noches del alma e inviernos eclesiales (K. Rahner) en que estamos sumidos. La gratuidad cura, sana.
Parece que con la nueva situación eclesiástica se nos está diciendo que todo lo hemos hecho mal. Se nos está diciendo que hemos traicionado el evangelio, hemos perdido el tiempo, litúrgicamente somos un desastre, hemos traicionado a la iglesia, al Reino de Dios, la secularización nos invade…
¡No es verdad! Como Pablo, no me avergüenzo, en nuestra diócesis no nos hemos avergonzado del Evangelio, (Rom 1,16). También como Pablo, el evangelio que hemos predicado no es de ningún hombre, sino del Señor (Gál 6,11). Aunque no recibamos parabienes ni beneplácitos intramundanos, Dios bendice nuestro trabajo, hemos hecho lo que hemos podido. No hemos trabajado por el éxito, sino por el mérito y la gracia del Señor.
Permanezco y, al mismo tiempo, me remonto con gratitud al Dios que alegró, que ilusionó mi opción y mis decisiones en la juventud. Dice también Ignacio que, en la desolación hay que hacer memoria de nuestro principio y fundamento. No modificar las opciones y elecciones de nuestra existencia tomadas antes de la experiencia de desolación.
Me remonto al Salmo 42. Me remonto al Dios que impulsó con ilusión las opciones de mi juventud Si hoy encontramos tristeza, vuelvo a las fuentes originales. Hago mío el salmo 70: Tú fuiste mi esperanza y confianza desde mi juventud, no me abandones ni rechaces ahora en la vejez.
Salí de aquel Egipto, salí de aquel “dios” que era más un faraón que el padre de Jesús, salí de aquellas esclavitudes morales condenatorias y represivas, salí de aquellas disciplinas y cilicios, salí de la inquisición en pos de la Verdad. Yo “allí” no vuelvo. Seguiré viviendo el salmo 113.
No modifico la opción fundamental y decisiones que tomé. Recuerdo con gozo y gratitud mi humilde pasado creyente y el habitat de mis opciones.
Mala y frecuente tendencia eclesiástica es la de invadir los ámbitos más íntimos y profundos de la persona y su libertad. Por pudor y entereza humana habrá que proteger la libertad honda para que no quede todavía más empobrecida. Somos libres, que para ser libres nos ha liberado Cristo (Gál 5,1).
Por otra parte por ser cristiano e hijo de unos tiempos culturales en los que amamos a fondo perdido la libertad, no renuncio a pensar, buscar y respirar libremente. La desolación conlleva tribulación, lo cual hará activar la paciencia. La tribulación produce paciencia y la paciencia, carácter probado; y el carácter probado, esperanza. (Rom 5,3-4).
La paciencia y la esperanza no se afincan en lo intramundano, sino en Dios. Esto significa que, más que nunca, hay que dirigir la mirada hacia el horizonte infinito (Rahner), por encima de todas las mediaciones. Mejor es fiarse del Señor que fiarse de los jefes (Salmo 117,9) Y sé de quién me he fiado, (2Tim 1,12).
Habremos de vivir nuestra propia vida y nuestro “pequeño pero denso mundo pastoral” con gozo, con gratitud, con hondura y libertad.
No hemos perdido el tiempo en la vida, no somos arrianos, no somos santos, pero no necesitamos una sanatio in radice. Somos trabajadores en la mies del Señor, algunos de primera hora, otros de última hora, (Mt 20), unos con más talentos otros con menos, pero todos hemos trabajado y el buen Dios nos bendice a todos por igual, también a los que no han podido trabajar por las razones que sean.
Habremos de vivir la profundidad de nuestros pequeños mundos y universos de sentido, culturales, pastorales, teológicos. Quizás habremos de vivir con la experiencia de la profundidad el Salmo 138
1Señor, tú me sondeas y me conoces;
2me conoces cuando me siento o me levanto,
de lejos penetras mis pensamientos;
3distingues mi camino y mi descanso,
todas mis sendas te son familiares.
23Señor, sondéame y conoce mi corazón,
ponme a prueba y conoce mis sentimientos,
24mira si mi camino se desvía,
guíame por el camino eterno.
Una catequesis bien preparada, una Eucaristía celebrada lo mejor posible, una reflexión ofrecida con bondad y hondura es infinitamente más profunda que un activismo desenfrenado o mil planes pastorales.
Siempre ha habido y habrá diversidad y pluralismo en la iglesia (y en todos los ámbitos). En nuestra iglesia local vivimos la fe en diversidad, en pluralismo. Esto no solamente no es negativo, sino positivo. En el fondo es la eclesiología carismática de san Pablo.
Me parece a mí que los curas, -especialmente los curas-, habremos de ayudarnos, acompañarnos, animarnos sobre todo cuando no coincidamos con la línea episcopal de la diócesis. Incluso las Unidades Pastorales tendrán algún sentido cuando partan no “desde arriba”, sino desde la ayuda fraterna.
A ciertas alturas de la vida y cuando uno ya está más cerca del requiem aeternam que del puer natus es nobis, el peso de la vida y de lo vivido confieren una altura de vuelo (no por méritos propios, sino por la misma densidad de la existencia) y desde esa altura de los años, uno ve que el fundamento no está en la coreografía, menos en el poder; la piedra angular es el ser, Dios. Nada te turbe, nada te espante, solo Dios basta.
Por otra parte, me acerco a las consideraciones, a la oración de Teilhard, que hubo de vivir en su propia persona tiempos y penas más que recias.
Vive en paz.
Que nadie te altere.
Que nada sea capaz de quitarte tu paz.
Ni la fatiga psíquica,
Ni tus fallos morales.
Haz que brote, y conserva siempre en tu rostro una dulce sonrisa,
reflejo de la que el Señor continuamente te dirige.
Y en el fondo de tu alma coloca, antes que nada,
como fuente de energía y criterio de verdad
todo aquello que te llene de la paz de Dios.
Recuerda: cuanto te reprima e inquiete es falso.
Te lo aseguro en nombre de las leyes de la vida
y de la promesa de Dios.
Por eso, cuando te sientas apesadumbrado y triste,
Adora y confía.
Tomás Muro Ugalde
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